Lo que importa de verdad

A menudo padezco un tipo de conversación donde mi interlocutor (tan bienintencionado como condescendiente y paternalista) me insinúa que no debería volcar tanto tiempo y energía en mi hijo y dedicar más de ambas cosas a mí misma.

Lo que más me sorprende, es que esta escena se reproduce con mayor frecuencia a medida que Antón va cumpliendo años. Quizás, porque se entienda que una madre dedique tiempo a su hijo en los primeros años de vida pero que, llegado a un punto, esa faceta hay que dejarla atrás. Así que, intuyo también que se entiende que a los hijos que no han conseguido encajarse en la sociedad llegados a cierta edad, hay que dejarlos por imposible. Imagino que en la ideología de esas personas, lo correcto sería buscar un lugar donde sus necesidades básicas estén cubiertas y a otra cosa mariposa.

Me llama la atención que la sociedad se deshaga en elogios cuando una persona se dedica en cuerpo y alma a sacar adelante una empresa, pero no a otro ser humano. Y que esta última opción se considere como “tiempo perdido”.

Las horas de desvelo y preocupación de Amancio Ortega se interpretan como un signo de fortaleza y perseverancia. Las nuestras, de debilidad y desequilibrio. Lo que en uno se ve como el cumplimiento de un sueño, en otras se convierte en no-asumir-la-realidad.

Y, sin embargo, yo jamás he participado en un proyecto más ilusionante, satisfactorio y trascendental no sólo para mí y mi familia, sino para el conjunto de la sociedad.

Aquí el balance de resultados de Paula y Héctor. A mí, personalmente, me impresiona más que las cuentas de Inditex 😊

«Hoy de boca de una madre escuchaba: “Es que estoy completamente segura que no va a pasar de curso, no puede, si a día de hoy hay una diferencia enorme con sus compañeros”.

Llevo todo el día pensando en esas palabras, pensaba en que el curso acaba casi de empezar, pensaba en la confianza en nuestros hijos, pensaba en todas las dificultades que tienen cada día por adaptarse, por ser uno más, en lo injusto que es que los limiten, en que ya bastantes barreras tienen como para ponerles nosotros una más…

Y de postre me encuentro a mi hijo, que apenas habla, intentando redactar o componer un cuento, o microcuento (que no es la primera vez).

Quien lo conoce creerá que realmente hay cosas que son un milagro, pero lo son porque creemos en él por encima de todas las cosas y no seré yo quien le ponga límites, creo que éste es por lo menos un buen punto de partida, sin más pretensiones.»

(Paula Verde Francisco)

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