Quererla es Crearla

Hoy se cumple un año del lanzamiento de la campaña Quererla es crearla.

Seguimos empeñados en crear algo que no existe, pero que sabemos sería posible si lo queremos: una Escuela que acoga a todas las niñas y los niños, a todos los chicos y las chicas.

La campaña sigue viva y sigue avanzando. Es por ello que hoy compartimos un anuncio muy especial: La cineasta y creadora audiovisual Cecilia Barriga anuncia su colaboración con Quererla es crearla a través de la creación de un documental sobre el movimiento por la educación inclusiva. Un trabajo que desarrollamos desde hace meses, y en el que tenemos grandes expectativas.

Muchas de las familias que formamos parte de Quererla es crearla hemos compartido tiempo con Cecilia Barriga a lo largo de este año. Cecilia está rodando un documental sobre la inclusión y, muy en especial, sobre cómo se desarrolla en la escuelas.

La recibimos en nuestras casas y en nuestras vidas con una mezcla de incertidumbre, inseguridad y recelo al principio. Pero Cecilia consiguió que nos olvidáramos de su cámara y de sus micrófonos y hemos acabado por sentirla como alguien muy cercano que ya forma parte de nuestras vidas.

Esperamos con mucha emoción e ilusión el resultado de esa enorme cantidad de horas de grabación que ha ido atesorando.

Yo soy parte de Quererla es crearla. ¿Y tú?

#QuererlaEsCrearla

#YoTambienSoyQuererlaEsCrearla

Estudiantes por la inclusión (por Antón F.S.)

De verdad, no puedo ser más feliz con mi vida. No tiene ni punto de comparación con lo malo. No sé si va a ser bueno lo que me espera, cosa que no deseo más en el mundo. Quiero ser muy feliz. Ahora también lo soy. Quiero que mi discapacidad no influya en mi futuro. O sea, a la hora de hacer castings, de coger un bebé (sea mío o de otrx) en brazos por ejemplo, etc. Yo primero tengo que conseguir lo que quiero tener.

No puedo estar más feliz con la gente que conozco. Tan maravillosas personas. Supongo que la gente que no vale la pena se irá alejando de mí, y cuando sea mayor al contrario.

Yo, por decirlo de alguna manera, no viví como se debería vivir (como viven todxs o prácticamente todxs) la adolescencia. Y quiero por lo menos vivir de mayor como quiero o algo parecido. Ya digo que no viví la adolescencia como debería vivirla porque de pequeño, me gustaba mucho, pero en el parque yo estaba todo el rato con los mayores, y ahora supongo que me acostumbré. Un día que quedé con una amiga mía un momento fuimos junto a sus amigxs y yo tengo que reconocer que sentí un poco de envidia. Yo tengo amigxs (me refiero a tres amigxs), pero no es lo mismo que tener un grupo de amigxs. Lo tenía, pero por circustancias de la vida ese grupo se rompió, y nada más deseo en el mundo (además de lo de ser actor) que ese grupo se volviera a unir. Es que ellxs tienen un grupo o varios y, por decirlo de alguna manera, se lo pueden permitir, pero yo no.

Por eso, cuando fui a Madrid y conocí a todxs lxs “Estudiantes por la inclusión” me llenó tanto de felicidad porque me sentía genial. La verdad es que por los días que fue y por unos compañeros que faltaban me supo a poco. Esos días los viví con adrenalina, intensidad y felicidad. Allí me sentí puro fuego con todo mi grupo de “Estudiantes por la inclusión”.

El día que quedamos con la ministra de educación estuvimos un rato fuera, delante del ministerio, y lo digo por todxs, pero más por mí, estábamos con una inmensa responsabilidad encima. Yo, a punto estuve de los nervios que tenía, de que me reaminaran con los desfibriladores, y lo digo casi literal.

Allí dentro le contamos todas nuestras experiencias a la ministra , y, Malena lloró, Indira lloró, Zulaica lloró, Alberto lloró, y yo casi lloro también. La madre de Alberto le comentó a mi madre que él nunca llora, y me alegra porque quiero que sepáis lo emotivo que fue lo que vivimos allí dentro. Yo tampoco lloro de emoción, y cuando me emociono es por dentro, así que si yo casi lloro también os podéis hacer una idea de lo que fue aquello.

Nosotrxs luchamos por una escuela inclusiva, pero no solo para los que tenemos discapacidad, sino, porque, aunque no lo crean, todxs los demás que no tienen discapacidad, gitanos, etc, también están mal en la escuela. Aunque también lo hacemos por nosotrxs.

Ojalá presentara yo la guía a mi ex instituto que falta les hace, que la ministra la haga pública y que se la enseñemos a todos los institutos de este país.

Autor: Antón F. S.

Nos vamos

Llevamos casi dos semanas de no-curso. Nos hemos ido. Hemos abandonado el sistema. Y no soy capaz de describir la liberación que sentimos.
 
Es mi primer septiembre en paz y libre de la angustia que he sentido en esta época del año durante demasiado tiempo.
 
Cuando comento estos días con algunas personas esto, que casi se podría llamar felicidad, que estoy sintiendo ante esta nueva vida, me miran pensando que he debido iniciar una especie de vacaciones perpetuas. Y es porque ni se imaginan lo que ha sido mi vida, nuestra vida, durante los últimos años. Especialmente los cuatro últimos de instituto.
 
No se imaginan que cuando tu hijo baja del bus escolar, lo primero que le preguntes sea qué deberes tiene para ese día. El agobio y la angustia cuando te informa que le han añadido un nuevo examen para esa semana en la que ya tenía seis, que en dos horas debe mandar un trabajo del que se había olvidado… No saben que durante los últimos años no hemos tenido fines de semana, ni puentes, ni nada que se pudiera llamar vida… Que las pocas salidas que hemos hecho, ha sido a base de pensarlas mucho y siempre con el remordimiento de que no deberíamos estar allí, sino anclados al escritorio de Antón. No imaginan lo que ha sido no poder desconectar jamás. Porque la mayoría de sus hijos e hijas no han tenido que hacer el esfuerzo tan colosal que el sistema exigía a Antón, ni esos padres y madres han tenido que vivir pegados a ellos cada tarde de cada semana de cada mes de cada año.
 
Hemos vivido esclavos de algo que cada vez tenía menos sentido. Que no aportaba absolutamente nada más que la angustia de sentir siempre que no llegábamos por más horas que le dedicásemos. Que aquello era cualquier cosa menos adquisición de conocimientos… Pero nos tienen tan ocupados en hacer que la rueda siga girando, que no somos ni conscientes de que en realidad estamos metidos en una jaula que nunca avanza.
Y un día del curso pasado Antón no pudo más.
 
Y el caso es que no pudo más, no por culpa de los deberes, los trabajos, las lecturas obligatorias, los exámenes o la carga lectiva. No pudo más por tanta soledad. Porque llevaba cuatro años completamente solo. Uno detrás de otro. En cada recreo, en cada clase, en cada pasillo. Solo. Invisible. Siempre.
 
Era tal el estado de desánimo y tristeza en que se encontraba (de lo que cualquier profesional catalogaría cercano a la depresión) que su padre y yo nos planteamos que había que hacer algo. Ese algo fue, en un principio, una ausencia a clase de varias semanas, con la excusa del coronavirus y de un contancto estrecho que en realidad nunca existió. Y durante esos días, aquel chico empezó a ser otro. Hasta que llegó el momento de volver a clase. Y el dolor con el que regresó fue todavía más intenso que aquel con el que se había ido. Porque nadie parecía haber sido siquiera consciente de su ausencia.
 
Y también un día quedé para tomar unas cañas con mi amiga Marta y llorar todo esto con ella. Me escuchó en silencio y cuando acabé me cuestionó el sentido de lo que estaba haciendo Antón y yo con él. Entonces me habló de su hermana, también maltratada por la escuela, que había abandonado el sistema con 16 años y había sido autónoma y completamente independiente desde entonces. Y, sobre todo, más feliz. O menos desgraciada.
 
En aquel momento me pareció un despropósito la salida que me proponía Marta. Pensé que ésa no era una solución para Antón, porque en nada se parecían tampoco sus circunstancias a las de su hermana. Pero no dejé de darle vueltas a la opción, que acabó materializándose tras varias reuniones con la orientadora y el tutor de Antón, a quienes no puedo dejar de agradecerles su empatía y su ayuda en aquella situación.
 
Y decidimos que nos íbamos. Antón ya había hecho todos los esfuerzos que estaba en su mano hacer y durante cuatro años nada había cambiado.
 
Antón seguirá estudiando a distancia por las mañanas, pero al menos dispondrá de las tardes y los fines de semana para vivir, con todo ese tiempo que hasta ahora le robaba la escuela. De todos modos, yo me pregunto cómo es posible que con treinta horas semanales de clases presenciales, puedan hacer falta otras tantas de trabajo en casa para poder aprobar. Si hace ya décadas que los adultos conquistaron la semana laboral de cuarenta horas, ¿para cuándo los niños y las niñas?
 
Nuestra familia ha decidido abandonar el sistema de forma presencial (y ojalá temporal), porque el dolor era ya insostenible. Me decía estos días una compañera de trinchera: «Vuestra “solución” aparte de injusta, no es exportable a otras familias. El desarrollo social y ciudadano de Antón está a salvo por su contexto cultural y familiar» Y lo sé. Sé que somos unos privilegiados hasta por haber podido permitirnos abandonar el sistema sin que eso signifique “abandonar” a Antón. Así que seguiremos luchando para que ninguno de los niños y niñas que están por nacer acudan cada día con el corazón encogido a un espacio que se supone debería acogerles, cuidarles y enseñarles pero que les maltrata, invisibiliza y niega oportunidades por su diferencia. Este curso vamos a tomarnos un descanso en ese proceso de resistencia que se hace tan duro, pero seguiremos detrás de las barricadas hasta el fin de nuestras vidas.
 
Pero no nos engañemos, el sistema no sólo lo conforman los profesionales, sino también las familias. Familias que muchas veces (demasiadas) educan, educamos, a nuestros hijos e hijas para que desprecien, ignoren y aparten a quienes no pueden ayudarles a subir a la cima. Sea lo que sea la cima. La responsabilidad no es sólo de la administración o de los profesionales de la escuela, sino que es colectiva. Y colectiva debe ser la solución.
Nuestra familia estaba agotada por tanta carga académica sin sentido, pero lo que en realidad nos ha expulsado de la escuela ha sido la soledad, por lo que la responsabilidad va mucho más allá de la escuela como institución. De hecho, me consta que ha habido profesionales en el instituto que han hecho esfuerzos en ese sentido y no sólo no ha funcionado, sino que ha sido contraproducente y ha generado más rechazo por parte de esos compañeros y compañeras a quienes han tratado de sensibilizar sobre la situación de Antón.
 
Nos vamos, pero con la esperanza de que en un par de años los compañeros y compañeras que Antón se encuentre en las aulas (y no él) hayan madurado lo suficiente para entender la suerte y el privilegio que es poder tenerle como amigo. Tengo claro que Antón ha estado en el mejor lugar que podría haber estado, teniendo en cuenta cómo funcionan la mayoría de centros de secundaria y muy especialmente el que le tocaba por zona. Volvería a recomendarlo con los ojos cerrados a cualquiera que me pregunte. Pero nada pueden hacer los profesores si las familias no enseñan a acoger a todo el mundo, a no aislar e invisibilizar al diferente.
 
Aprovecho para dar las gracias a los profesores y profesoras que sé que también habéis sufrido con esta situación y habéis tratado de darle solución: gracias Brais, gracias Juanlu, gracias Xoán, gracias Raquel, gracias Chus, gracias Milagros ❤️
puesta de sol sobre el mar con el cielo de color rojizo. A la derecha se recorta la silueta de un chico que está de espaldas y a la izquierda la de una isla

[📸 Descripción de la imagen: puesta de sol sobre el mar con el cielo de color rojizo. A la derecha se recorta la silueta de un chico que está de espaldas y a la izquierda la de una isla]

Estudiantes por la inclusión

Hoy he recibido mensajes de un par de personas que me han escrito emocionadas al descubrir esta mañana en su bandeja de correo una nota de prensa del Ministerio de Educación donde aparecía Antón.

La ministra Pilar Alegría recibió ayer a un grupo de estudiantes de diferentes partes del estado. Son chicas y chicos que durante el curso pasado estuvieron manteniendo encuentros semales por zoom para pensar y debatir sobre la escuela. Esas conversaciones han dado origen a una guía de la que hicieron entrega a la ministra sobre cómo hacer inclusiva la escuela.

Durante el encuentro de más de una hora, también pudieron trasladarle a Pilar Alegría sus experiencias personales dentro de la escuela. La mayoría cargadas de mucho dolor pero también de esperanza porque, a pesar del sufrimiento que llevan a cuestas, siguen creyendo en la escuela y confiando en que la transformación es posible. La guía recoge posibles caminos para hacerlo que han nacido de ellos y ellas.

Quiero dar las gracias a la ministra por escucharles y al personal del ministerio, especialmente a Mar y Arturo, por haber sido tan maravillosos con nuestro grupo, tan raro y diverso como la vida.

Nuestra familia ha decidido abandonar el sistema de forma presencial (y ojalá temporal), porque el dolor era ya insostenible. Seguiremos luchando para que ninguno de los niños y niñas que están por nacer acudan cada día con el corazón encogido a un espacio que se supone debería acogerles, cuidarles y enseñarles pero que les maltrata, invisibiliza y niega oportunidades por su diferencia. Este curso vamos a tomarnos un descanso en ese proceso de resistencia que se hace tan duro, pero seguiremos detrás de las barricadas hasta el fin de nuestras vidas.

Pero no nos engañemos, el sistema no sólo lo conforman los profesionales, sino también las familias. Familias que muchas veces (demasiadas) educan, educamos, a nuestros hijos e hijas para que desprecien, ignoren y aparten a quienes no pueden ayudarles a subir a la cima. Sea lo que sea la cima. La responsabilidad no es sólo de un ministerio, sino colectiva. Como colectiva debe ser la solución.

Entre las actividades que se han organizado este fin de semana se ha incluido un encuentro con Sara Solomando y Javier Gómez, guionistas de “La casa de papel”, una serie que es para ellos un referente. Seguramente porque la banda de El Profesor está compuesta por personas tan abandonadas y expulsadas del sistema como ellos mismos. A ese encuentro han entrado unos emocionados Raúl, Zulaica, Indira, Malena, Leo, Alberto, Darío y Antón. Y de él han salido unos igualmente emocionados Sara y Javier, porque han sabido reconocer en esos chicos y chicas a la verdadera resistencia.

No dispongo de palabras para darles las gracias a Ignacio Calderón, Luz Mojtar y Teresa Rascón, que son quienes han acompañado a nuestros hijos e hijas en esta experiencia. Nacho, Luz y Tere no sólo son los profesionales más maravillosos e implicados que puedan existir, sino los mejores seres humanos que hemos encontrado en nuestro camino y que formarán parte de nuestra familia para siempre.

GRACIAS ❤️

#QuererlaEsCrearla

Parecía imposible poder contar, ni de forma aproximada, el vértigo y la emoción de ese momento, los nervios de los chicos y las chicas, el peso de la responsabilidad que sentían, la camaradería y la unión que han construido entre ellos, apoyándose y cuidándose los unos de los otros… pero Nacho Calderón lo ha conseguido en este maravilloso post que describe lo excepcional del encuentro: “Conversar sin reservas”.

Escribía también Nacho estos días:

La escuela no puede ser la que pone a la infancia a competir, obsesionada por lo que pedirá el mercado. No puede ser la que pasa por encima de sus tiempos, intereses y demandas. La verdadera escuela, la de la vida, es la que nos ayuda a apoyarnos humanamente.

[En la fotografía, Indira y Malena se agarran de la mano mientras están sentadas en momentos de nerviosismo y emoción].

Escribiendo por el otro lado

Hace algunos años Antón asistía a una actividad deportiva específica para niñas y niños con diversidad funcional. Yo mataba el tiempo de espera en la cafetería y, al cabo de algunas semanas, cinco de aquellas madres acabamos por conformar un grupo estable que se reunía entorno a tazas de café e infusiones varias. Éramos más diversas que la propia diversidad de nuestros hijos. Pero, increíblemente, encajamos. Como encajan las piezas de los puzzles siendo tan completamente singulares como desiguales entre sí.

Ni qué decir tiene, que nuestras hijas e hijos monopolizaban los temas de conversación. Tanto, que un día la madre de A. advirtió: “Hoy no se habla de los niños”. Y nos quedamos en silencio. Completamente desnortadas.

Así que fue la única vez que lo intentamos. En nuestro monotema común, había un apartado que acaparaba un tanto por ciento enorme: La Escuela. Y allí fui consciente de que, a pesar de mi desesperación casi diaria porque la escuela no se adaptaba a mi hijo en la forma en que él lo necesitaba, comparados con aquellas otras familias, casi que nos podíamos considerar unos privilegiados.

Una tarde la madre de G. sacó del bolso la libreta de su hija. Las instrucciones del colegio habían sido muy precisas: debía tener una pauta de 5 milímetros. Ella pensaba, con una lógica aplastante, que G. debía escribir en el espacio donde la separación entre las líneas era mayor. 

Adaptaciones alumnado discapacidad

Pero no, y explicaba asombrada que la profesora le había llamado la atención sobre el asunto y que G. tenía que escribir en el lugar donde el espacio entre líneas era más estrecho.

Adaptaciones alumnado con discapacidad

Aquella madre estaba asombrada y yo me quedé ojiplática. Porque G. era una niña con unas dificultades enormes respecto a la motricidad fina y obligarla a escribir a mano ya era una aberración suficiente, como para además añadir el esfuerzo de que aquellos trazos no superasen los 5 mm.

Y me encontré una vez más con alumnos a los que el sistema no respeta sus características, ni las limitaciones en su funcionalidad. Me encontré de nuevo con un sistema que concede mayor importancia a la grafomotricidad y a la perfección de la caligrafía que al propio aprendizaje lecto-escritor. Un sistema que frustra de tal manera a determinado alumnado, que les quita las ganas de aprender.

Un sistema que pretende que todas las niñas y niños aprendan a escribir en los mismos tiempos y que, además, lo hagan con letras del mismo tamaño y que sigan el mismo trazo, copiando todos el mismo texto. 

Un sistema que pone el foco en la rapidez en lugar de la comprensión lectora, y en la caligrafía en vez de la redacción o la capacidad de crear historias.

Y no hablo sólo del alumnado etiquetado por la discapacidad, sino de todo el alumnado. Así nos lo ha demostrado nuestra propia experiencia. Mi hija era una lectora voraz en Primaria (en Secundaria el sistema hizo todo lo posible por quitarle las ganas de leer por placer y lo consiguió durante toda esa etapa). El caso es que, como casi todas las niñas y niños lectores, esa pasión suele conducir también a la vocación escritora. Y ya en 1º de Primaria escribía unas historias que nos dejaban pasmados a su padre y a mí. Recuerdo el día en que acudíamos a la primera tutoría de 2º de Primaria con una nueva profesora. Iba convencida de que compartiría nuestro asombro y admiración. Pero no, llegamos allí y resulta que nos describió a una niña desastrosa por su caligrafía fuera-de-la-norma y los tachones en sus libretas. Me quedé pasmada. Entendí que hablábamos idiomas distintos y ya nunca más volví a pedir una tutoría con esa persona, porque no me iba a aportar nada y lo que ella valoraba de mi hija era diametralmente opuesto a lo que valoraba y cuidaba yo.

Como digo, esta perversión del sistema es una aberración pedagógica para todos (misma letra, mismo trazo, mismo tamaño, mismo texto, mismos tiempos), pero resulta incalificable cuando se le exige a un alumno con dificultades motrices. Olvidan que esa forma de funcionar suya no responde a su voluntad, sino que es consecuencia de la forma caprichosa en que los genes heredados se han combinado en su cuerpo. 

De la misma forma que yo, por más que me esfuerce y entrene, nunca podré correr los 100 metros lisos en los 9,58 segundos que los hace Usain Bolt, ni por más práctica o empeño que le ponga podré pintar como Miguel Ángel.

Aquel día en la cafetería de la piscina intenté transmitirle a la madre de G. que aquello no era bueno para su hija. Que lo importante es que aprendiera a leer y a escribir y no las herramientas que utilizara para lograrlo y que, además, si no eran las adecuadas le iba a crear tal frustración y rechazo que convertiría ese aprendizaje en una tortura y le quitaría las ganas de aprender.

Le hablé de nuestra experiencia y de cómo el uso del iPad había sido clave para que Antón consiguiese escribir. Y le hablé de la frustración tan enorme que sufrió cuando empezó a trabajar operaciones aritméticas, porque era algo que no podía ejecutar en un archivo de texto sino sobre papel o la pizarra que utilizábamos en casa. Y que aquellos trazos irreconocibles le provocaban tales enfados que resolver una suma nos llevaba media tarde y se convertía en una tortura para los dos. Que estaba tan pendiente de ejecutar bien ese 5, que lo borraba y volvía a escribir tantas veces y al final ya no se acordaba de cuánto se llevaba ni si se llevaba algo y el fin de aquellos ejercicios (aprender a sumar) perdía todo el sentido. Le conté lo que significó encontrar la app de Rubio que resolvió aquel horror y le permitió aprender a sumar, restar, multiplicar y dividir centrándose sólo en el aprendizaje y práctica del cálculo.

Su respuesta fue: “Pero también le viene bien para mejorar la motricidad, ¿no?”. Porque eso es en lo que le insistían machaconamente los docentes de su hija, los “pedagogos”, los “profesionales”, los “expertos”. Y evidentemente, su palabra por fuerza tenía que tener más peso sobre ella que la de una simple madre. ¿A quién iba a escuchar? ¿A quién iba a hacer caso?

Y ese es el problema de nuestros hijos: los profesionales que olvidan que lograr el objetivo (leer, sumar) es más importante que la forma de llegar a él. Y que los experimentos, con gaseosa. Hay millones de formas de trabajar la motricidad fina sin tener que poner en riesgo el que un niño logre aprender a escribir. Ser analfabeto es un hecho tan limitante es nuestra sociedad que no se puede andar jugando con eso. 

En aquella época Antón practicaba la motricidad fina pero de otras formas: poniendo y sacándose los zapatos, manejando los cubiertos, en talleres de cocina o pintura, jugando con su pequeño zoo de animales… Y respetando sus tiempos. Precisamente, jugar con animales, algo que era habitual para mi hija con 3 ó 4 años, Antón no empezó a hacerlo hasta los 9 ó 10, porque hasta entonces su mente y su cuerpo no estaban preparados y, en lugar de divertirle, le generaba una enorme frustración. ¿Se le podía pedir entonces en un aula, lo mismo que a sus compañeros?

Actividades para trabajar la motricidad fina

Evidentemente que me encantaría que Antón pudiera escribir a mano pero, sinceramente, hay cientos de acciones relacionadas con la habilidad de sus manos más importantes y más urgentes que desearía que fuese capaz de ejecutar solo antes que los trazos a lápiz. Como, por ejemplo, actividades relacionadas con su cuidado e higiene personal para las que no tiene más alternativa que las manos de otra persona. En la escritura podemos sustituir un bolígrafo por un teclado pero, ¿cómo hacemos con situaciones como ir al baño, ducharse, vestirse, lavarse los dientes, manejar un cuchillo o ponerse un abrigo? Nunca antes había imaginado la habilidad y concentración que requiere ponerse un calcetín ni tantas otras acciones que la mayoría hacemos sin siquiera pensar en lo que estamos haciendo.

Lo dicho, los experimentos con gaseosa. Se puede funcionar en nuestra sociedad utilizando una silla de ruedas, pero es muy difícil hacerlo siendo analfabeto. Que se lo pregunten a esas ancianas que no tuvieron la oportunidad de pisar la escuela, que alguna vez se nos acercan en el supermercado en busca de ayuda. Cada vez que me ha ocurrido, me ha partido el alma.

Los avances tecnológicos están para usarse. De hecho, un bolígrafo no deja de ser una ayuda técnica que permitió al alumnado prescindir de la pizarra escolar y el pizarrín. ¿Por qué, entonces, obligar a una niña con dificultades motrices a utilizar un lápiz y rizar el rizo pidiéndole que lo haga en un espacio de 5 milímetros? Equivale a obligar a cualquiera de sus compañeros a escribir con el pie. Con esfuerzo, tenacidad y práctica podrían conseguirlo pero, ¿qué sentido tiene?

Yo odio dibujar, seguramente porque no se me puede dar peor. Si diera clases de dibujo y me obligaran a manejar el pincel con la boca, es decir, que en vez de facilitarme las cosas para disfrutar de esa actividad, añadieran más dificultades, el resultado sería que odiaría todavía más la pintura. ¿Cuál debería ser el objetivo de esas clases? ¿disfrutar del arte y crear? ¿o fortalecer la musculatura de la boca?

Para eso… mejor masticar chicle.

¿Os imagináis que alguien os dijera que en vez de utilizar una lavadora, fuerais a lavar la ropa al río o un lavadero público? Y que intentaran convenceros diciendo: sí, hombre, te va a llevar más tiempo y más esfuerzo, pero te vendrá genial para fortalecer los brazos, estar al aire libre y socializar. Pues bien, eso es lo que se está haciendo en muchas aulas respecto a la lectoescritura y los alumnos con dificultades motrices. Para estar al aire libre, mejor me doy paseos por el monte, para fortalecer los músculos, mejor me apunto a clases de zumba y para socializar, mejor me voy de cañas. ¿Acaso no es mejor utilizar el tiempo que hemos ganado con las lavadoras en ejercitar los brazos de forma más divertida y socializar en un bar? El objetivo es tener la ropa limpia. En la escuela el objetivo no debería ser otro que el dominio de la lectoescritura.

No estoy diciendo que haya que renunciar a trabajar y ejercitar la motricidad fina, pero mejor hacerlo en otros frentes, de otra forma y con otros estímulos. Pero no con la escritura, es demasiado seria e importante.

A mí siempre me ha gustado escribir, siempre lo había hecho a mano y el primer ordenador llegó a mi vida después de la universidad. Pensé que nunca podría acostumbrarme a ello y ahora no concibo volver a escribir a mano por lo mucho que un procesador de textos facilita el proceso de escritura (correcciones, añadidos, eliminaciones). ¿Alguien piensa que en las redacciones de los periódicos se redactan las noticias en folios y con pluma? ¿Por qué a la escuela le cuesta tanto adaptarse al mundo exterior? ¿Qué problema hay en utilizar un teclado? Se actúa justo al revés: en el proceso de aprendizaje lectoescritor se obliga a niñas y niños muy pequeños y aún en proceso de madurez a escribir a mano y, una vez tienen dominada la caligrafía, se les deja utilizar un ordenador. ¿Es esto lógico?

Jorge tiene una parálisis cerebral que también lleva asociada dificultades en su visión. Cuando estaba en Primaria, su madre intentó que una profesora le ampliara la letra en ejercicios y exámenes. Aquella “trabajadora de la enseñanza” se negó a ampliársela más allá de 10 puntos, ni a utilizar otra tipografía que no fuera Arial. Alegaba que así se iba a encontrar los textos a lo largo de su vida y que tenía que acostumbrarse. Creo que esta experiencia se comenta sola. Y que también queda patente que a la inflexibilidad, rigidez e inhumanidad de aquella profesora, se sumaba también su tremenda ignorancia si tenemos en cuenta la cantidad de dispositivos con los que leemos actualmente todo tipo de textos y que nos permiten personalizar tamaño, tipografía, brillo…

Si a alguien a quien nada de lo expuesto hasta aquí le ha convencido, le dejo imágenes de trabajos del Antón de la época de esa conversación en la piscina. El primero es el Antón a quien obligaban a escribir a mano. El segundo, el Antón que escribía utilizando un teclado.

Este es el Antón que escribía a mano:

 

 

Y este el Antón que utilizaba el teclado:

¿Os parece el mismo niño? ¿Creéis que lo que transmitía a sus compañeros era lo mismo? Y, lo más importante, ¿qué Antón se gustaría más a si mismo?

El primero es un niño de 5º de Primaria con una caligrafía propia de un alumno de Infantil. El segundo, refleja al Antón creativo e ingenioso que es y que sería imposible que asomara escribiendo a mano. Sus trabajos manuscritos sólo sirven para incidir en su torpeza motriz, para avergonzarle ante sus compañeros, para dañar su autoestima y para mostrar únicamente sus incapacidades, esas que todos tenemos pero que, evidentemente, intentamos ocultar. ¿Por qué nuestros hijos e hijas no merecen que se les respete su forma de ser y funcionar?

Si os dan papel pautado, escribid por el otro lado (Juan Ramón Jiménez)

 

 

 

Cómo afecta a la Escuela la falta de cultura inclusiva en la sociedad

Irene Tuset, desde su triple mirada como madre, profesora y formadora de docentes, nos ofrece este análisis tan lúcido sobre la educación del alumnado con diversidad funcional en las escuelas:

«Voy a aportar mi visión como madre de un niño con Síndrome de Down, como profesora de matemáticas de secundaria de un centro público de Madrid y como profesora de Didáctica de las Matemáticas a futuros maestros.

Por un lado, es completamente cierto que tenemos un sesgo social profundamente enraizado que tiende a renunciar a enseñar al individuo cuando no creemos que pueda llegar a la media estándar, porque lo consideramos un trabajo baldío. En el fondo, lo vemos como un proyecto fallido. No nos damos cuenta de que enseñar a ese niño para que llegue al 3, es muchísimo mejor que no enseñarle nada. Todo ese aprendizaje es un tesoro tan valioso como cualquier otro. Sin embargo, lo hacemos, renunciamos.

Cuando vemos que nunca va a aprender a hacer ecuaciones o un comentario de texto, nos parece que para qué le vamos a enseñar nada. No nos ocurre lo mismo en otros ámbitos como la medicina. No escuchamos decir a un médico: “No voy a curarle porque es muy difícil, no me han dado la suficiente formación y tengo muchos otros pacientes a los que sí puedo curar. Mejor que se lo lleven a otro sitio, donde no le curarán pero me quitarán el problema de encima”. No. Tampoco le escuchamos decir: “Yo, del bisturí láser nada! Es que yo y la tecnología… Soy analógico. Mejor opero con un cuchillo jamonero”. Porque lo cierto es que existen recursos tecnológicos maravillosos que pueden resolver muchísimos problemas de eliminación de barreras al aprendizaje y nadie se interesa en aprenderlas. Nunca es nuestra prioridad. Haría falta una profunda reflexión sobre los motivos causantes de esta inercia reconocida por muy pocos.

Además, los docentes somos fruto de la sociedad en la que vivimos, poco o nada inclusiva, por lo que no nos sentimos motivados a esforzarnos por los alumnos con mayores necesidades. Solemos dejar los grupos con alumnado con necesidades específicas de apoyo educativo a los profesores más novatos, a los que han llegado los últimos (que suelen ser, además, los que tiene menos recursos didácticos). Nos parece una tarea ardua y casi siempre frustrante porque no sabemos cómo hacerlo y no vemos resultados a corto plazo. Los equipos directivos no supervisan ni presionan con los resultados (cosa que sí ocurre con el resto del alumnado). La inspección no viene a visitarte si suspenden todos o sacan sobresaliente todos (poco les importa). Nadie evalúa el trabajo de los docentes y PTs con los alumnos con necesidades (si no aprenden es porque han tocado techo, porque ya no llegan a más, nunca porque los docentes no están realizando adecuadamente su trabajo, que digo yo que habrá de todo). 

La formación del profesorado es terriblemente deficiente, porque la formación de los profesores de facultad en este campo es también terriblemente deficiente. Tal cual lo digo. Porque para aprender hay que remangarse y ponerse manos a la obra, no sólo leer artículos. Hay que observar, probar, equivocarse, volver a probar, intercambiar ideas y experiencias, volver a probar… y finalmente aprender. Entonces ya estás listo para enseñar a otros docentes. 

Efectivamente, somos las familias las que finalmente nos remangamos, probamos, aprendemos y acabamos siendo los que enseñamos a los profesores de nuestros hijos. Si hay suerte se dejarán enseñar, pero no siempre ocurre. A las profesoras de Andrés les he enseñado yo cómo adaptar materiales, cómo trabajar con él, cómo comunicarse… Incluso les he mandado modelos de examen para que vieran cómo evaluar sus conocimientos de acuerdo a sus características cognitivas. Estoy encantada con las que han tenido la lucidez y humildad de darse cuenta de que esa información ha sido un verdadero tesoro que les ha servido a ellas para mejorar en su trabajo y a Andrés para aprender mucho más de lo que nunca hubiesen imaginado. Porque esa es otra cuestión: si no se aprende de la manera estándar… entonces eso no es aprender. Tenemos mucho que mejorar, pero estamos tan lejos de verlo que parece que hablásemos lenguajes diferentes. 

Dicho todo esto, la situación de los profesores, de la educación, la falta de recursos, el que tengamos que convivir con las consecuencias de la terrible brecha socioeconómica, los problemas de conducta, las carencias tecnológicas, la masificación… hace que el trabajo dentro del aula sea muy duro. Muchísimo. Por lo que necesitamos que se nos mime, se nos respete, se baje la ratio, se nos escuche cuando expresamos nuestras necesidades, se mejoren las infraestructuras de los centros para dignificarnos a nosotros y nuestro alumnado, que se nos deje tomar decisiones, que nos den formación de calidad, que se valore y reconozca nuestro esfuerzo y buen hacer, que los apoyos dentro del aula sean de personal cualificado, que no sólo se premie la excelencia sino que también se cobre más por enseñar a niños con necesidades educativas (los profesores de bilingüismo y excelencia cobran más), que nos den recursos tecnológicos de calidad y nos enseñen las posibilidades que tienen… ¡¡Tantas cosas!! Que, efectivamente, la solución no es decapitar a los profesores (sin dejar de recordarles cuál es su función), sino comprender que es una muestra más de la falta de cultura inclusiva circundante, y apostar por un cambio estructural, potenciar un giro en la sensibilidad social ante la educación inclusiva, de concienciación, de arriba a abajo, desde las consejerías de educación, para que de manera natural se produzca el cambio de mirada y se transformen las escuelas.»

Cuando el matón es el docente

Ayer, en un encuentro online, nos preguntaban sobre cómo era el proceso de empoderamiento de las familias. Y yo me di cuenta en ese momento al responder, o más bien reflexionar en voz alta, de que las familias, al menos la mía, sólo nos empoderamos en la intimidad. Porque las pocas veces en que me he enfrentado abiertamente al adulto a quien confiaba a mi hijo en la escuela, las consecuencias ha tenido que sufrirlas él.

Esas experiencias me enseñaron a callar y aguantar. Era eso, o irnos de allí. Como siempre, la víctima de bullying es quien debe irse, sobre todo cuando el matón es un adulto con poder en el centro y el silencio, cuando no directamente el apoyo, del resto del claustro. Ya sabemos esa regla no escrita en casi todas partes del “Hoy por ti, mañana por mí”.

Poco se habla del bulliying cuando lo ejerce el docente. Algo gravísimo que ocurre a diario en prácticamente todas las escuelas. Conozco tantos episodios de otras familias, de otras niñas y niños, que me parece infame. Las familias callan por miedo a las consecuencias, los compañeros por un corporativismo mal entendido y la inspección no se entera o hace que no se entera.

Así que lo único que me ha quedado a mí en particular, es la denuncia pública en el blog aunque sea a toro pasado. Seguramente sea una actitud cobarde, pero mucho menos de la de aquel a quien confías a tu hijo para educarle, respetarle y cuidarle y hace todo lo contrario.

Desgraciadamente, mi hijo sigue teniendo al frente del aula a personas que protagonizarán algunos de mis posts en el futuro. Os espero allí. Y a partir de ahora os pondré nombre y apellido. Porque es lo mínimo que merecéis.

¿Es un acto cobarde? Sí, porque el miedo a que le dañen todavía más me ha vuelto así. Y ellos lo saben. Y de eso se aprovechan. En todo caso, es un acto bastante menos cobarde del de aquel y aquella que aprovechan su poder, su autoridad y un respeto no merecido, para maltratar al elemento más frágil del ecosistema escolar.

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Indefensión aprendida

Adaptaciones curriculares: cuando lo que se agota es la voluntad de enseñar

la integración escolar como única vía para la inclusión social, discapacidad, diversidad funcional

“Héctor” ©Paula Verde Francisco

Osos rojos

«La maestra recorría el aula mostrando a cada uno de mis compañeros mi cuaderno y repetía: “Los osos rojos no existen”.

Aquella imagen quedó grabada en mi retina, como escribir cien veces “No debo dibujar osos rojos”.

Desde ese día me convertía en “la distinta”, la niña que dibujaba osos rojos.

Ese día moría la niña. La que imaginaba historias fantásticas de camino a la escuela, la que podía ver el cielo verde, el mar amarillo y los osos rojos.

Ese día me convertía en “la distinta”, y así me sentía.

Ese día moría mi capacidad para imaginar osos rojos, azules, verdes, de tantos colores…

La escuela no estaba preparada para mí, pero me hicieron creer que yo no estaba preparada para la escuela.»

(Silvana Corso)

💜 PARA TODAS ESAS NIÑAS QUE DIBUJAN OSOS ROJOS, ÁRBOLES ROSAS Y ESTRELLAS VIOLETAS 💜

Y especialmente para Campanilla. Para que siga regalándonos obras preciosas y explorando los museos desde el suelo (a pesar de los guardias de sala, a los que su tía tiene que sacar las uñas) 

Artículo 28.10 de la Ley Celaá

Orgullosa de ser la madre de este maravilloso chico, a quien le ha tocado ser activista de forma demasiado precoz para defender sus derechos ante las opresiones originadas por el sistema, que no por su diversidad funcional.

Gracias por permitirle ser la voz de todos los alumnos y alumnas que, junto con sus familias, han tenido que luchar durante tantos años para que se consiga este derecho y se haga, por fin, justicia. 

El artículo 28.10 de la nueva Ley de Educación no significa el fin del incumplimiento de derechos dentro del sistema educativo, pero confiemos en que marque el camino a seguir.

Porque…. ¡SEGUIMOS!

 

I have a dream

El 28 de agosto de 1963 era miércoles. Ese día no llovió y la temperatura era de unos agradables 22º para un verano de Washington. Faltaban 5 años para que naciera yo, 41 para que lo hiciera Antón y 56 para que ambos pisáramos el punto exacto desde donde Martin Luther King habló de un sueño que también haríamos nuestro.

Tengo un sueño. Ese fue el título del discurso que pronunció aquel día en las escalinatas del Monumento a Lincoln. El manifiesto final de la Marcha sobre Washington. Una marcha cuya denominación hemos acortado con el tiempo, pero que fue convocada como Marcha sobre Washington por el trabajo y la libertad. Y destaco la palabra trabajo, porque casi siempre es difícil ser libre sin un trabajo digno.

Antón tiene un sueño. Quiere ser actor. No es un sueño fácil. Pero no debería ser más difícil para él que para los miles de chicas y chicos que puedan compartirlo. Sin embargo, siempre puede haber un Plan B y una alternativa al trabajo actoral que le permita desenvolverse y ganarse la vida en el entorno de sus sueños, el de la industria audiovisual.

No hay más que leer los créditos finales de una película para darse cuenta de que los actores son sólo un pequeño porcentaje de los profesionales que hacen posible ese producto. Y esto aplica también a series de televisión, obra de teatro o montajes musicales. Además de actores, un producto audiovisual necesita de guionistas, scripts, productores, montadores, técnicos de sonido, personal de catering, de administración…

El sueño de Antón depende de poder seguir formándose en cualquiera de las titulaciones que le sirvan de puerta de acceso a alguna de estas profesiones. Y eso pasa por conseguir el título de la ESO. Y vaya si lo va a conseguir. Aunque nos dejemos no sé si la vida, pero sí gran parte de nuestra energía y salud emocional.

Gracias a todos los que creen en él y le están proporcionando los recursos que necesita para lograrlo. Desgraciadamente, cada curso ha contado con algún elemento -a veces varios- entre los trabajadores de la escuela que le ponen demasiados obstáculos y más de una piedra en el camino. Seguramente no se consideren a sí mismos malas personas, ni crean actuar con maldad. Están convencidos de que hacen lo que se debe hacer, por la sencilla razón de que no creen que Antón deba estar donde está, ni aspirar a exactamente lo mismo que el resto de sus compañeros. Y yo, desde aquí, les digo que puede que no sean malas personas ni actúen de mala fe en la mayoría de acciones de su vida cotidiana, pero que sí son mala gente y se conducen de forma mezquina con este alumno. Y que, por supuesto, Antón está donde debe estar, porque así lo amparan las leyes de este país y también otras universales y de mayor rango jurídico como la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad (CDPD). Quizás sean ellos quienes estén en el sitio y profesión equivocados.

Así y todo, soy conscientes de que somos unos privilegiados dentro de este colectivo que es el alumnado con diversidad funcional. A lo largo de estos quince años, he escuchado y leído historias de vida de otras familias donde no sólo hablamos de vulneración de derechos, sino directamente de maltrato por parte de la escuela. Hay familias para quienes la conducta de esta institución respecto a sus hijos e hijos convierte sus vidas en una auténtica pesadilla. E incluyo tanto a la escuela ordinaria como a la especial, porque de todas he escuchado historias de auténtico terror.

Sin embargo, aún siendo un privilegiado porque quienes le han puesto las cosas difíciles han sido una minoría, desgraciadamente el daño que le han hecho ha sido mucho mayor que el bien sumado de todos aquellos que han hecho su trabajo respetando su valor como ser humano y sus derechos como alumno, que han creído en él y le han dado las mismas oportunidades que a sus compañeros.

A esa mayoría le doy las gracias por creer y confiar en Antón. Esa confianza casi siempre ha estado, además, unida a un cariño sincero por él.

A la minoría que tanto daño le ha causado no le digo nada. Es una conversación que he aplazado por ahora por el bien de Antón. Pero hablaremos en un tiempo si es que ellos y yo seguimos en este mundo. Tan sólo os digo que, por muchos esfuerzos que hagáis por ponérselo difícil, NO vais a impedir que Antón consiga su sueño.

 

Artículo 24

Educación

1. Los Estados Partes reconocen el derecho de las personas con discapacidad a la educación. Con miras a hacer efectivo este derecho sin discriminación y sobre la base de la igualdad de oportunidades, los Estados Partes asegurarán un sistema de educación inclusivo a todos los niveles así como la enseñanza a lo largo de la vida, con miras a:

a) Desarrollar plenamente el potencial humano y el sentido de la dignidad y la autoestima y reforzar el respeto por los derechos humanos, las libertades fundamentales y la diversidad humana;

b) Desarrollar al máximo la personalidad, los talentos y la creatividad de las personas con discapacidad, así como sus aptitudes mentales y físicas;

c) Hacer posible que las personas con discapacidad participen de manera efectiva en una sociedad libre.

 

2. Al hacer efectivo este derecho, los Estados Partes asegurarán que:

a) Las personas con discapacidad no queden excluidas del sistema general de educación por motivos de discapacidad, y que los niños y las niñas con discapacidad no queden excluidos de la enseñanza primaria gratuita y obligatoria ni de la enseñanza secundaria por motivos de discapacidad;

b) Las personas con discapacidad puedan acceder a una educación primaria y secundaria inclusiva, de calidad y gratuita, en igualdad de condiciones con las demás, en la comunidad en que vivan;

c) Se hagan ajustes razonables en función de las necesidades individuales;

d) Se preste el apoyo necesario a las personas con discapacidad, en el marco del sistema general de educación, para facilitar su formación efectiva;

e) Se faciliten medidas de apoyo personalizadas y efectivas en entornos que fomenten al máximo el desarrollo académico y social, de conformidad con el objetivo de la plena inclusión.

 

3. Los Estados Partes brindarán a las personas con discapacidad la posibilidad de aprender habilidades para la vida y desarrollo social, a fin de propiciar su participación plena y en igualdad de condiciones en la educación y como miembros de la comunidad. A este fin, los Estados Partes adoptarán las medidas pertinentes, entre ellas:

a) Facilitar el aprendizaje del Braille, la escritura alternativa, otros modos, medios y formatos de comunicación aumentativos o alternativos y habilidades de orientación y de movilidad, así como la tutoría y el apoyo entre pares;

b) Facilitar el aprendizaje de la lengua de señas y la promoción de la identidad lingüística de las personas sordas;

c) Asegurar que la educación de las personas, y en particular los niños y las niñas ciegos, sordos o sordociegos se imparta en los lenguajes y los modos y medios de comunicación más apropiados para cada persona y en entornos que permitan alcanzar su máximo desarrollo académico y social.

 

4. A fin de contribuir a hacer efectivo este derecho, los Estados Partes adoptarán las medidas pertinentes para emplear a maestros, incluidos maestros con discapacidad, que estén cualificados en lengua de señas o Braille y para formar a profesionales y personal que trabajen en todos los niveles educativos. Esa formación incluirá la toma de conciencia sobre la discapacidad y el uso de modos, medios y formatos de comunicación aumentativos y alternativos apropiados, y de técnicas y materiales educativos para apoyar a las personas con discapacidad.

 

5. Los Estados Partes asegurarán que las personas con discapacidad tengan acceso general a la educación superior, la formación profesional, la educación para adultos y el aprendizaje durante toda la vida sin discriminación y en igualdad de condiciones con las demás. A tal fin, los Estados Partes asegurarán que se realicen ajustes razonables para las personas con discapacidad.

Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad

 

Faltan apenas un par de semanas para que se inicie el curso y con él tengamos que retomar la batalla (odio hablar en términos bélicos, pero no nos han dejado sentir de otra forma). La inmensa mayoría de familias vive ese retorno a las aulas con angustia debido a la crisis sanitaria provocada por el COVID-19. Para las familias de niñas y niños nombrados por la discapacidad es una preocupación añadida más, porque a nosotros el inicio de curso nos quita el sueño cada año.

Sé lo que hiciste

Ya he comentado en más de una ocasión lo que ha significado la tecnología en la vida de Antón, y más concretamente el iPad al inicio de su etapa formativa. Estoy convencida de que, de haber nacido tan sólo un par de décadas antes, no habría podido alfabetizarse y mucho menos superar los cursos que lleva hasta ahora.

En su día dediqué este post a explicar cómo organizaba el procesador de textos que utilizaba, el Pages, durante la etapa de Educación Primaria: creamos una carpeta por asignatura que contenía archivos con las diferentes lecciones y trabajos/fichas complementarias correspondientes a esa materia.

Antón trasladaba a esos archivos las respuestas del libro o de las fichas. Lo suyo, para facilitarle realmente las cosas y que hubiera estado en igualdad de condiciones con el resto de sus compañeros, hubiera sido poder disponer de un libro digital, pero no existía tal posibilidad. Y respecto a la fichas y exámenes, facilitarle la versión digitalizada. Pero es algo que nunca se hizo. Antón se iba apañando así y debieron pensar que para qué. No sé si alguna vez fueron realmente conscientes de la dificultad añadida de este sistema y de la desventaja que suponía respecto al resto de compañeros, que sí podían plasmar sus respuestas directamente en las preguntas, sin necesidad de desviar continuamente la vista y la atención de la ficha/examen al iPad y del iPad a la ficha/examen. 

Y yo, después de algunos desencuentros por haber cuestionado ciertas prácticas y haber propuesto mejoras que nunca llegaron a materializarse, decidí seleccionar las batallas a enfrentar. Porque también identifiqué muy pronto el que yo llamo Síndrome de Los Tres Mosqueteros que se da en algunos centros educativos. “Todos para uno y uno para todos”. O en en este caso: si nos tocan/cuestionan a uno, nos tocan/cuestionan a todos. Nunca he entendido ese corporativismo mal entendido que se da tanto en el mundo-escuela (y sólo parecido en proporción y consecuencias al de la clase médica). Siempre he pensado que deberían ser los primeros interesados en identificar y neutralizar a los compañeros que dañan a la profesión. Porque el principal cáncer del colectivo no son los cuestionamientos externos, sino las malas prácticas.

Cierto es que las generalizaciones son siempre injustas, y también que Antón ha contado con profesoras -dos en concreto- que se han enfrentado a sus compañeros por defender sus derechos. El coste que esto supone, sin embargo, es tan alto, que pocos están dispuestos a asumirlo. Así que, cuando surge un conflicto porque un docente ha descuidado -cuando no directamente maltratado- a un alumno, lo fácil es apoyar a ese colega, mirar para otro lado o mantener una posición de neutralidad. Sólo que es una falsa neutralidad, porque cuando la relación de poder es tan desmesuradamente desequilibrada, situarse de parte de ese adulto y no del niño, es hacerlo de parte de la injusticia.

Así que dejé pasar la cuestión concreta de la digitalización. Cada inicio de curso lo dejaba caer sutilmente, pero nadie recogía la sugerencia y las cosas siguieron haciéndose igual.  Además, visto lo visto, y lo visto era que a otros niños del centro con características similares a las de Antón se les obligaba a utilizar lápiz y papel, pensé que bien podía darme con un canto en los dientes por haberle evitado a él esa tortura abocada, además, a dificultar todo lo posible e incluso impedir el dominio de la lectoescritura.

Y lo visto eran cientos de injusticias que conocía a través de otras familias de este nuestro mundo: niñas recluidas toda la jornada lectiva en el aula específica, incumpliendo la normativa que establecía claramente el número de horas y las materias que debía recibir en el aula de referencia; niños que pasaban más horas pateando pasillos con su ATE para que no “molestaran” que recibiendo la atención y educación a la que tenían derecho; niñas y niños contra quienes se organizaban huelgas de familias para que los expulsaran del centro; alumnos ignorados, discriminados, maltratados… Lo visto era tan terrible que llegué a sentir que Antón, dentro de esos mínimos tan minimísimos que recibía, era un privilegiado.

El caso es que cada final de trimestre reorganizaba el contenido del iPad: borraba los archivos del trimestre ya completado y creaba archivos nuevos para cada una de las lecciones que comprenderían el que se iniciaba.

En un curso en concreto, cada vez que realizaba esta acción, siempre, indefectiblemente, me encontraba con una carpeta donde los archivos permanecían tal cual estaban el día de su creación: el título de la unidad y nada más. Cero contenido. Antón no había escrito nada allí durante tres meses. Ocurría que era una materia complementaria que impartía una profesora distinta a su tutora. Eran tres sesiones semanales y aquel primer curso con ella decidí creer que estaba dándose un tiempo para conocer a Antón antes de pensar en la mejor estrategia a emplear con él. Intentaba indagar qué hacía en clase, pero él siempre contestaba con evasivas.

Lo cierto es que el nuevo ciclo que acababa de iniciar estaba siendo especialmente complejo por el cambio de tutora. La carga de deberes y exámenes era descomunal (para niños de 8 años y de cualquier otra edad) y los apoyos que se le ofrecían tan insignificantes, que no me quedaba energía para iniciar más frentes y lo último que quería, además, era reforzar mi reputación de “madre conflictiva”. Así que decidí centrarme en la tutora y en las materias que impartía y aparté las complementarias al fondo de mi cabeza y de mis preocupaciones. Y eso fue lo que hice con aquella primera alarma: olvidarme de esa asignatura porque, inconscientemente, no me sentía con ánimo de encarar nuevos frentes.

El curso siguiente se inició sin la profesora de esa especialidad. Tuvo un accidente, que lamenté profundamente, pero que le dio a Antón la oportunidad de contar con una sustituta en aquella asignatura que le trató exactamente igual que al resto de compañeros de clase. Iba tan feliz los días que le tocaba esa materia. Hablaba tanto y tan bien de ella. La apreciaba de tal manera. Se adoraban mutuamente, porque me consta que aquella maestra se volcó de forma especial en él. Pero el sueño se acabó cuando se inició el último trimestre. Todavía recuerdo la cara de desolación de mi hijo cuando bajó del autobús aquel primer día en que la titular reapareció por el centro. De verdad que estaría más que encantada de abonar un impuesto especial destinado a pagar a personas como ésta para que se quedaran en su casa y alejarlas de la escuela. Sería estupendo que en la asignación tributaria de la declaración de la renta, en la opción voluntaria para destinar un porcentaje para subvencionar a la iglesia católica o a actividades de interés social, se añadiera una casilla a mayores: “Sostenimiento económico de docentes nefastos para que no pisen un aula”.

No hace falta decir que aquel tercer trimestre volvieron los archivos en blanco en la carpeta de esa asignatura. Y de nuevo lo dejé pasar. Esta vez porque sabía de la situación tan difícil que habías atravesado, me compadecí de tus circunstancias y no quise hacerte más difícil la vuelta. Siempre tuve más consideración contigo de la que tú tuviste jamás con mi hijo.

Llegó el siguiente curso y los archivos de aquella asignatura seguían nuevamente intactos. Y entonces me senté a hablar con Antón para saber qué hacía durante esas tres horas semanales. Su respuesta me dejó helada: jugar con apps de Toca Boca, o de Dr. Panda, o la que quiera que le interesara en ese momento. Le hice las preguntas necesarias para no malinterpretar aquella información, es decir, averiguar el curso de los acontecimientos y saber si la profesora era consciente de a qué dedicaba Antón sus clases. La conclusión fue que, dado que la profesora le ignoraba y no le asignaba ninguna tarea (ni las comunes que hacían el resto de compañeros, ni ninguna específica para él) y se aburría, un día había decidido empezar a utilizar apps de juegos y en vista de que no fue apercibido, jugar con el iPad se convirtió en su rutina para aquella clase.

Me enfadé seriamente con él y le recordé que las únicas aplicaciones del iPad que estaba autorizado a utilizar en clase eran la destinadas a tareas escolares y que si me enteraba de que se volvía a repetir, borraría todas las aplicaciones de juegos.

Continuamos estudiando esa materia en casa y por nuestra cuenta, como habíamos hecho hasta entonces, y le expliqué que él tenía el derecho y la obligación de aprender los conocimientos relacionados con aquella asignatura. Así que reuní en una nueva carpeta aplicaciones para que pudiera trabajar la materia por su cuenta durante esas tres horas.

El primer día que tuvo clase tras esta nueva estrategia, en cuanto llegó a casa le pregunté si había utilizado alguna de esas aplicaciones. Me dijo que sí, pero que cuando la profesora pasó junto a su mesa y vio lo que estaba haciendo le había quitado el iPad. No puedo describir la ira que sentí en ese momento. Ya no hablábamos de desidia ni dejadez, ni siquiera de falta de profesionalidad, sino directamente de mezquindad. Me dieron ganas de salir corriendo en dirección al colegio y agarrarla por los pelos. Suerte que no había jornada de tarde en nuestro centro y al día siguiente había transcurrido el tiempo suficiente para que yo volviera a acordarme del Síndrome de Los Tres Mosqueteros y reprimirme.

Le insistí a Antón en que siguiera utilizando en aquellas clases esas apps, pero aquella señora siguió confiscándole el iPad cada vez que lo hacía. Decidí pensar que lo que le molestaba quizás fuera el sonido y le facilité unos auriculares inalámbricos para ver si así lograba sortear la censura. Pero no pudimos saber si aquella medida hubiera sido efectiva porque no se atrevió a utilizarlos. Cómo pedirle tanta valentía con esa diferencia de edad y de poder…

Después ocurrió lo de las fichas. Un día vino a casa una compañera a jugar con él, pero antes debían hacer los deberes. La niña sacó una ficha de esa asignatura, yo le pregunté a Antón por la suya y me dijo que a él no se la había dado. Me enteré que les daba una ficha semanalmente, pero que se las distribuía a todos menos a él. Su compañera me lo confirmó. Y me volví a llenar de rabia. Había 26 niños en clase pero para ella sólo había 25 + 1 (aunque en realidad Antón equivalía a 0). Ella encargaba 25 fotocopias, porque ese era el número de niños a quienes consideraba como alumnos. Aquella tarde hizo esa ficha utilizando la de su amiga y a partir de aquel día, cada vez que se repartía una ficha le pedía a un par de madres de esa clase con quienes tenía confianza que me mandaran una foto por wasap. También les pedía fotos de las libretas de sus hijos para hacer en casa los mismos ejercicios que hacían en clase.

indefensión y maltrato en la escuela de los alumnos nombrados por la discapacidad

Visto ahora con el tiempo, me parece tremendamente injusto haber cargado esa responsabilidad sobre Antón. Yo seguí nuevamente callada, esta vez porque su nueva tutora, además de mostrar disposición a colaborar y ofrecer a Antón ciertos apoyos, estaba viviendo unas circunstancias personales muy difíciles de las que yo era conocedora. No quería añadirle más contratiempos, como lo hubiera sido el hacerle conocedora de la desatención que recibía mi hijo por parte de esa compañera, porque hubiera implicado su intervención.

Y llegamos al siguiente y último curso. Un curso que se inició con una nueva tutora, joven y con un perfil que me dio cierta esperanza de que por fin las cosas fueran a hacerse de otra forma. Pero tampoco. Fue un tremendo fiasco. Los despropósitos que vivimos aquel curso merecen un post aparte. A esa nueva desilusión se sumó que aquel año llegó la puntilla con la profesora de marras. Sucedió un día que vino por casa de visita una amiga mía cuyo hijo compartía aula con Antón. Le preguntó inocentemente y por darle conversación, que qué tal le había salido el examen de aquella mañana. Yo me quedé perpleja, porque preparaba con él todos y cada unos de sus exámenes y no tenía conocimiento de que hubiera alguno programado para aquel día. Era el de la asignatura dichosa. Y me enfadé muchísimo con él, porque nunca me avisaba cuando tenía examen de esa materia. Le eché una bronca descomunal, porque en mi cabeza sólo estaba el demostrarle a esa señora que era perfectamente capaz de dominar su materia. Entonces él se echó a llorar gritando: ¡Es que yo no hago el examen!

Mi amiga y yo nos quemados de piedra ante su reacción porque, además de enfado, era de un dolor inmenso. Y a mí sólo se me ocurrió preguntarle que entonces qué hacía durante los exámenes y contestó igual de herido: “¡Aburrirme!”. 

Lloró tan desconsoladamente aquella tarde… Eran tantas las lágrimas que llevaba reprimiendo tanto tiempo… Me dio tanta pena… Me rompió el alma imaginarlo quieto, callado y quizás evadido en su mundo interior (ese que no le había quedado otra alternativa que crear) durante las tres horas que estaba bajo la responsabilidad y el cuidado de aquella indecente.

Me pareció algo tan desconcertante, tan fuera de toda lógica y humanidad que llegué a interrogar a sus compañeras para confirmar lo que Antón me decía. No es que dudara de su palabra, pero intentaba encontrar alguna pista que me hiciera entender aquello tan completamente incomprensible. Recuerdo que pocos días después fue invitado a un cumpleaños y me ofrecí a llevar a parte de las convidadas al lugar donde se celebraba. Aproveché el trayecto en coche para lanzar las preguntas adecuadas de forma velada. Y todas me confirmaron su versión punto por punto. Una de ellas llegó a decir: “Ni que el chaval fuera tonto”. Lo dijo dentro de su espontaneidad y con cierto tono de indignación. Porque aquella niña tampoco entendía el porqué su compañero, que seguía las clases exactamente igual que el resto en todos los cursos que llevaban compartiendo, era ignorado en aquella materia y por aquella profesora de tal manera.

Me dolieron y me dieron rabia tantas cosas. Entre ellas los aprobados de aquella asignatura. Porque lo cierto es que Antón aprobaba cada evaluación. Con un 5 raspado, pero aprobaba. A Antón “le aprobaba”. Y que conste que yo soy la primera partidaria de evaluar a los alumnos, especialmente en Primaria, por otras vías que no sean el examen puro y duro. Pero es que en este caso no tenía nada en que basarse para asignarle aquel aprobado: los archivos del iPad estaban vacíos, no le daba las fichas, no se comunicaba con él, no contaba con absolutamente ningún material que le permitiera evaluarle. Simplemente le aprobaba porque seguramente era consciente de lo pendiente que estaba su familia de la educación y el aprendizaje de ese alumno y así evitaba líos. Fue a lo fácil, sin contar con el daño que también le podía causar ese aprobado. Porque, ¿qué impedía que sus compañeros creyeran que a Antón se le regalaban también los aprobados del resto de asignaturas? La sola idea me llenó de indignación, porque pasaba cada tarde a su lado, curso tras curso, supliendo todo el aprendizaje que la escuela no podía o no quería darle. Doblando su jornada escolar y sin respetar muchas veces siquiera fines de semana, puentes o vacaciones. Nos costaba sino sangre, sí sudor y lágrimas. Muchas. Suyas y también mías. Y me enfurecía pensar que se pudiera cuestionar todo aquel trabajo por culpa de aquella impresentable. 

Qué ironía, al mismo tiempo que uno de sus profesores le suspendía por más que se esforzara en su asignatura, otra le aprobaba por mera cobardía.

Es que tenía tantas implicaciones la conducta de aquella miserable… Pensaba también en el peligro de que Antón se acostumbrara a desconectar durante aquellas clases porque, entonces, ¿qué le impedía seguir haciéndolo en las siguientes? ¿Cómo podía ser capaz de bajar de ahí y conectarse de nuevo? Si durante aquella hora en que era ignorado estaba disperso en su mundo, corría el peligro de acostumbrarse a desconectar al regresar a su aula. Habíamos trabajado tanto y durante tanto tiempo sus problemas de atención, que me encolerizaba hasta lo más profundo que aquella miserable pusiera en peligro todo ese esfuerzo.

Por no hablar de la indefensión aprendida que durante esas tres sesiones semanales durante tantos cursos se le estaba inculcando a mi hijo. Esa maestra había decidido, sin ni siquiera intentarlo ni molestarse en conocer a Antón, que no era capaz no sólo de superar, sino de ni siquiera adquirir el mínimo de los conocimientos en su asignatura. Desgraciadamente, no ha sido la única vez en que Antón ha sido ignorado en clase por algún docente, pero sí la primera de la que fui consciente.

indefensión y maltrato en la escuela de los alumnos nombrados por la discapacidad

Decidí que ya no podía dejar pasar tal despropósito de cosas y pedí una entrevista personal con ella al margen de la tutora. Iba decidida a encarar con ella punto por punto sus prácticas durante todos aquellos cursos. Pero el día de la reunión (que habíamos concertado de tarde) Antón llegó a casa descompuesto. Me contó que la profesora lo había cogido aparte esa mañana y le había dicho que iba a decirme que no hacía nada en clase y que se portaba mal. La muy miserable. Puede parecer algo casi intrascendente, en comparación a todo lo que le había hecho hasta entonces, si no se conocen las características de la personalidad de Antón: lo inflexible que es respecto a las normas (que cumple a rajatabla) y lo enormemente impresionable que le resultan las palabras que le dirija cualquiera que ejerza la autoridad en el ámbito que sea.

Y ahí me dí cuenta de que aquella reunión no podía desarrollarse tal y como yo había planeado. Que no podía ser una declaración frontal de guerra, porque quien saldría herido sería mi hijo y bastante difícil resultaba ya su vida en el colegio.

Así que lo conseguiste, lograste neutralizarme con esa acción y que acudiera a la entrevista guardándome todas las palabras y toda la ira que merecías. Te dejé caer tan sutilmente como pude y con la mejor de mis sonrisas que era consciente de todo lo que hacías, o más bien de todo lo que no hacías. Por supuesto, lo negaste todo. Antón recibía las fichas exactamente igual que el resto de compañeros, pero eran todos un desastre (cómo les cuesta a algunos docentes hablar bien de sus alumnos) y la mitad las perdían de camino a casa. Antón era simplemente un negligente más. También negaste que no le hicieras los exámenes. Y aquí hubiera sido tan fácil desmontarte… Tan sólo necesitaba pronunciar una palabra: Enséñamelos. Con tan sólo haberte pedido que me enseñaras aquellos exámenes habría desmontado todas tus mentiras. Pero me diste hasta pena: hecha un manojo de nervios, temblorosa y titubeando a cada frase. Porque las personas como tú sois muy valientes amenazando a niños, pero no tanto cuando os tenéis que enfrentar a un igual. Me diste pena tú, pero me dio más pena y temor por mi hijo, que todavía tendría que soportarte el resto de ese curso.

Y lo dejé pasar. Otra vez. Pensé que aquella breve reunión habría sido más que suficiente para que por fin le trataras, sino como al resto de la clase, sí con un mínimo de atención. Quedaste incluso en pasarme el material que trabajaban en clase para que yo se lo pasara a un archivo del iPad, exactamente igual que hacía en el resto de asignaturas. Porque sí, me pasé toda la Primaria picando ejercicios. No sólo el texto, sino también escaneando las imágenes que muchos incluían para insertarlos junto a los enunciados y que así pudiera hacerlos en las mismas condiciones que el resto de compañeros.

Pero no, todo continuó exactamente igual. Salvo las dos primeras semanas que siguieron a esa reunión. Por fin encargaste 26 fotocopias, pero casi hubiera preferido que siguiera faltando una. El primer día después de aquel encuentro le pregunté si había hecho algo en clase y me contestó de malos modos: “Sí, una ficha”. Entendí su enfado cuando la saqué de la mochila. Le habías obligado a hacerla a mano. Miserable. Llevabas varios cursos ignorándole y de pronto decidiste que sabías qué era lo mejor para él por encima de su familia y de los profesores que respetaban la forma en que Antón podía escribir. Y decidiste someterle a la tortura que implicaba para él escribir con un lápiz y a la humillación de que sus compañeros vieran aquella caligrafía propia de un niño de tres años. Miserable.

Hubiera deseado poder borrar de un plumazo todo lo que la tecnología aportaba a tu vida cada día: que cocinaras en una hoguera, lavaras en el río o fueras andando cada día al trabajo. O que te hubieran obligado a utilizar el bolígrafo con la boca. Porque eso exactamente fue lo que le hiciste a Antón.

Me sentí tan culpable por aquella reunión y por aquella conversación… Debería haber sabido después de tanto tiempo que siempre, siempre, siempre, sois vosotros (los miserables) quienes tenéis la sartén por el mango y el poder de maltratar a quienes más queremos, a quienes os confiamos durante tantas horas al día. 

Pero el final de aquel último curso aún me tenía reservada una última sorpresa. Antón era beneficiario del fondo solidario de la Xunta y le prestaban una parte de los libros de texto. La última semana de clase debía devolverlos y así lo hizo. Entonces recibí una llamada de su tutora reclamándome un libro, y era justo el libro de la dichosa asignatura. Le dije que aquel libro no se lo habían asignado y que lo habíamos comprado nosotros. Pero ella insistió que en el caso concreto de aquella asignatura, y dado que el centro contaba con libros suficientes para todos los alumnos de ese curso, se les había entregado fuesen o no beneficiarios del fondo. Y entonces entendí que si no le considerabas merecedor de unas simples fotocopias, ¿cómo podrías facilitarle todo un libro? Insistí en que hicieran recuento de los libros y comprobarían que estaban todos los que tenían antes de iniciarse el curso, porque había uno que nunca había llegado a salir del centro. Llegué a mandarle un wasap con la foto que demostraba que nuestro libro no llevaba el sello del centro.

incumplimiento de la educación inclusiva

Es curioso, pero durante todos los cursos en que le diste clase a Antón te encontraba de vez en cuando por la calle o en algún establecimiento comercial. Por supuesto, ambas hacíamos lo posible por ignorarnos pero había veces que nos pillaba despistadas y el encuentro se producía de forma tan frontal que no nos quedaba más remedio que intercambiar algún frío saludo. Sin embargo, y desde que Antón dejó el centro hace ya tres años, no he vuelto a encontrarte. Ahora que sí estoy deseando hacerlo y que no tengo intención de eludirte, irónicamente, no se ha vuelto a producir ninguno de esos encuentros casuales. Me gustaría encontrarte y decirte que sé lo que hiciste. Que sé lo que le hiciste. Y que no lo entiendo. Que no lo entiendo en nadie, pero menos en ti y en tus circunstancias familiares, que se parecen tanto a las mías. Me gustaría encontrarte y que me lo explicaras, porque necesito entenderlo.

indefensión y maltrato en la escuela de los alumnos nombrados por la discapacidad

Indefensión aprendida

“Nunca he conocido un muchacho que de forma tan persistente escriba exactamente lo contrario de lo que quiere decir. Parece incapaz de ordenar sus pensamientos sobre el papel.” (14 años)

“Chapucero persistente, vocabulario desdeñable, oraciones mal construidas. Me recuerda a un camello.” (15 años)

“Este muchacho es un discípulo indolente y analfabeto.” (16 años)

“Perezoso en todo momento. Ideas limitadas.” (17 años)

Estos son algunos extractos del expediente académico de un mismo alumno a lo largo de varios cursos. Este alumno, cuyas aptitudes y forma de redactar recibían estas descalificaciones por parte de sus profesores, acabaría convirtiéndose en el mejor autor de relatos del siglo XX. Nos regaló algunas de las más grandes obras de la literatura infantil de todos los tiempos como Matilda, Charlie y la fábrica de chocolate o James y el melocotón gigante, que es tanto como decir algunas de las mejores obras de la literatura universal porque “escribir para niños es como escribir para adultos, sólo que hay que hacerlo mejor”.

Roald Dahl fue capaz de resistir un sistema que seguramente sólo sabía valorar la mediocridad. Pudo superar lo que se denomina indefensión aprendida, a pesar del empeño de las personas encargadas de su educación por convencerle de que no valía, de que no servía, de que no podía.

Desgraciadamente, para muchos niñas y niños nombrados por la discapacidad la indefensión aprendida se inicia en su propia familia y en el mismo momento de su nacimiento. Cuando nació mi hija, cada avance que mostraba era celebrado con alegría y un poso de orgullo. No fue así con su hermano. Ya he comentado en más de una ocasión lo enormemente injusta que fui con el Antón bebé y la absoluta falta de expectativas que tenía respecto a él. Si daba señales de entender que nos referíamos a él cuando decíamos su nombre o giraba la manita cuando le cantaba los cinco lobitos o miraba a su abuelo cuando lo nombraba o daba muestras de reconocer determinada canción con sólo unos acordes… siempre lo atribuía a la casualidad y hasta que no lo hacía decenas de veces y después de días o incluso semanas, no me convencía de que entendía, de que podía, de que sabía.

Cuando profesionales de la medicina que le asignan determinada etiqueta médica a tu hijo te convencen de que tiene una discapacidad intelectual y motriz tan severas que van a afectar a toda su funcionalidad, son muchos los esfuerzos que tiene que hacer ese niño para convencer a su propia madre de que puede que estén equivocados.

Pero no acaba aquí, en su madre y en su familia, porque en los años siguientes tienen que seguir resistiendo al resto de personas que van a poblar su vida: familiares, amigos, la cajera del súper, la vecina del quinto, el conductor del bus, el camarero del bar… Todos, indefectiblemente, van a tener cero expectativas sobre él. No se van a dirigir directamente a él para hacerle preguntas o en el caso de que sea así utilizaran un tono condescendiente, infantilizado y repleto de diminutivos aunque tenga quince, veinte o treinta años. Mostrarán su asombre al verle utilizar un teléfono, leer un libro o coger sólo el bus.

Sin embargo, la parte que más peso tendrá y que con más fuerza va a condicionar su vida es la referida a los adultos que habitan la escuela. Porque, cuando la familia es capaz de superar esa falta de expectativas sobre su hijo (algo que no siempre ocurre), aparece la escuela para reintroducir y reforzar la indefensión aprendida.

Afortunadamente, hay excepciones como la de nuestra familia donde la suerte -siempre la suerte- nos puso en el camino a Daniela, la primera maestra de Antón que le acompañó, y nos acompañó a nosotros, en sus tres cursos de Educación Infantil. Daniela nunca presupuso que Antón no pudiera hacer menos que el resto de sus compañeros. Manteníamos una comunicación casi diaria (a la puerta del cole, a través de la libreta viajera, por correo electrónico, en llamadas telefónicas) y recuerdo algunos momentos, en los que le mostraba mis dudas sobre si Antón sería capaz de seguir tal o cual actividad que me adelantaba, en que me miraba, entre perpleja y confusa, con una expresión sincera de no entender de qué le estaba hablando. La misma expresión que aplicaría a la madre de cualquier otro niño de la clase que le expusiera las mismas dudas. Porque para ella no había ninguna diferencia y siempre partía del convencimiento de que Antón podía hacer lo mismo que el resto de sus compañeros, aunque fuera por otro camino o con otros instrumentos. Y así fue. Siempre pudo.

La mejor educación, la mayor formación que yo he recibido en mi vida tuvo lugar durante esos tres cursos vividos junto a ella. Me educó y me convenció de que debía darle a mi hijo exactamente las mismas oportunidades que a mi hija. Y que debía exigir para él lo mismo que se le daba a su hermana. Antón no estaría donde está si no hubiera aterrizado en el sistema de la mano de alguien como ella. No sólo por lo que supuso en esos primeros años de educación tan determinantes, sino por todo lo que inoculó en su familia.

Cuando dejamos su nido me tocó asumir su papel y lograr que todas esas personas que se ha ido encontrado mi hijo en su vida escolar vieran a Antón y no un diagnóstico, un no-puede, un no-es-capaz, un para-qué.

Cada vez que ha iniciado un nuevo curso, me he visto en la necesidad de hacer una ronda de reuniones con sus profesores para lograr que vieran más allá de la etiqueta de Antón, para convencerles de que esa etiqueta sólo tiene sentido en una consulta médica y nada más que allí. Ha sido un proceso muy difícil, porque “sólo” soy su madre y hay una especie de mística alrededor de la maternidad que da por hecho que magnificamos todo lo relacionado con nuestros hijos. No creo que sea generalizable para todas las madres, pero de lo que sí estoy segura es de que no es así para las madres de niños nombrados por la discapacidad, porque desde el mismo momento en que nos los ponen en brazos, hay un ejército de personas a nuestro alrededor empeñadas en convencernos de que no esperemos nada sobre lo que nuestros hijos van a ser capaces de hacer, de vivir y hasta de sentir. 

En Primaria fueron más de una decena de personas entre tutores, sustitutos de tutores, profesores de especialidades, orientadores y especialistas de apoyo. En Secundaria -con más de diez asignaturas por curso- he perdido ya la cuenta. Pero en resumen, podría decirse que he tenido que entrevistarme con más de una treintena de distintos profesionales (y hablamos de varias reuniones por curso dependiendo de la materia) para convencerles de que le dieran una oportunidad a mi hijo. ¿A cuántos he tenido que convencer de lo mismo respecto a mi hija? La cuenta se hace fácil: 0

Nueve cursos y cientos de reuniones en las que he visto y sentido de todo. Desde quien te escucha y tiene en cuenta tus sugerencias (desgraciadamente, los menos) hasta quien rebate sutilmente tus argumentos (sin haber tenido apenas tiempo de conocer a ese alumno más que a través de un informe psicopedagógico que recoge exclusivamente todo aquello de lo que no es capaz) o a quien lees en la mirada y el lenguaje no verbal el mayor de los escepticismos sobre todo lo que le estás intentando transmitir y sabes que no va a tener en cuenta absolutamente nada de lo que le estás diciendo. Hubo incluso una ocasión en que uno de esos nuevos profesores se atrevió a verbalizar ese no esperar nada, eso sí utilizando las palabras que le había transmitido un colega que había sido profesor de Antón el curso anterior: “Los padres de Antón creen que tiene más capacidades de las que realmente tiene”. ¿Cómo vences eso que es toda una declaración de intenciones aunque la haya puesto en boca de otro? ¿Cómo se desmontan los prejuicios sobre las capacidades de tu hijo que puedan circular por la sala de profesores?

Hace un par de cursos, la persona responsable del departamento de orientación me mostró su extrañeza ante las percepciones tan dispares que tenían sobre Antón sus diferentes profesores. Recuerdo que yo le contesté que el niño era el mismo, así que sólo podía deberse a la forma en que le miraban esas personas. Había quien había partido del mismo punto exacto que para el resto de sus compañeros y quien lo había hecho desde el prejuicio y desde el convencimiento de que aquel no era el lugar donde debería estar ese alumno.

Cada docente que pasa por la vida de nuestros hijos e hijas es un espejo en el que se van a mirar y la imagen que ven ahí reflejada es casi siempre mucho más poderosa que la que reciben de sus familias.Y es también la imagen que van a proyectar sobre ellos el resto de compañeros. 

Si un maestro no espera nada de su alumno, hay muchas posibilidades de que se convierta en una profecía autocumplida y ese niño o niña se convenzan de que no pueden ni son capaces. Y también les verán así sus compañeros de clase y se trasladará a otros ámbitos como el patio o el mundo fuera de la escuela. 

Este vídeo muestra lo fácil que es introducir la llamada indefensión aprendida en apenas unos minutos. Imaginad las consecuencias que puede tener de forma diaria y a lo largo de toda una vida.

Nuestra experiencia y las que he conocido a través de decenas, sino cientos de familias durante estos años, me confirma que son muchos -más de los deseables- los profesionales de la escuela que no esperan nada de nuestros hijos e hijas. Pero también sé que cada vez son más los que resisten y hasta desafían al sistema. Me contaba una maravillosa profesional de la Consellería de Educación de mi comunidad que cada vez que visitaba un centro y le recitaban la retahíla de cosas que no era capaz de hacer el alumno para el que se solicitaba una evaluación, esperaba pacientemente a que terminaran de enumerar los no-puede y entonces les explicaba que esos datos no le servían de nada: No me digas lo que no hay, porque con lo que no hay no se puede hacer nada. Dime lo que sí hay, porque desde ahí es desde donde podemos empezar a construir.

Necesitamos maestras y maestros que aprendan a identificar y valorar los sí-puede porque, desgraciadamente, son pocas las vidas que tienen el mismo final que la de Roald Dahl. Pocas las personas capaces de superar las críticas destructivas, los espejos distorsionados y los vaticinios errados que empiezan en el minuto uno de su existencia.

La mentira de la “libertad de elección”

Detrás del derecho a la “libre elección” de centro educativo por parte de las familias, se esconden muchas cosas que no tienen que ver ni con la justicia, ni con los derechos.

La “libre elección de centro” fue la estrategia utilizada en la Comunidad de Madrid para aprobar la zona única de escolarización que sólo sirvió para agrupar al alumnado en función de su extracto socioeconómico, cultural y procedencia familiar. Lo que llevó a que se conformaran centros-gueto y, además, justificó el desvío de fondos públicos a centros a los que sólo las familias privilegiadas podían acceder.

Y es el argumentario que están utilizando ahora PP y Ciudadanos (que gobiernan en Andalucía con ayuda del fascismo) para hacer exactamente lo mismo. Que serán muy liberales en lo económico y se cansan de criticar y mofarse de “papá estado”, pero después son expertos en aprovecharse de lo público (lo de todos) en beneficio de unos cuantos (los grupos privilegiados). Una especie de comunismo restrictivo, vamos.

Nunca jamás apoyaré iniciativa alguna, por muy inclusiva que se diga, que apele a esa aberración mal llamada “libertad de elección”. Porque las familias gitanas no eligen, las familias pobres no eligen, las de entornos rurales no eligen… y las familias no privilegiadas que tienen hijas e hijos nombrados por la discapacidad tampoco van a poder elegir. 

Y porque, como dice mi compañera Leticia Barbadillo, “estamos mucho peor de lo que pensamos si el marco que tenemos para pelear los derechos de las minorías es el que diseña el neoliberalismo”.

Todo esto lo explica Julio Rogero mucho mejor que yo aquí: “Libertad de elección de centro y segregación escolar”.

Dice mi compañero Nacho Calderón:

Que la mejor escuela para tu hija/o sea la de tu barrio o la de tu pueblo.

Ojalá sea así y lo sea para todos.

SOLEDAD

La soledad no elegida no sólo tiene un impacto terrible sobre nuestra salud sino, sobre todo, sobre nuestra alma.

«Nacemos solos y morimos solos, y en el paréntesis, la soledad es tan grande, que necesitamos compartir la vida para olvidarla.»

(Erich Fromm)

 

Leyendo, escuchando y viviendo historias que me convencen de que nunca es mejor estar solo que mal acompañado.

La mayoría no son historias de exclusión ni rechazo, sino de simple desconocimiento. De no saber cómo acercarse al otro.

Hay muchos niños y niñas en los patios de las escuelas que no saben tocar a la puerta, y la mayoría de sus compañeros también desconocen cómo invitarles a entrar. 

Quizás quienes estemos fallando somos los adultos que no sabemos enseñarles.

Así que, ojalá aprovechemos este largo descanso para encontrar caminos que impidan que el próximo curso ningún niño vuelva a sufrir de soledad.

 

©Paula Verde Francisco

Por una Escuela Extraordinaria

En los últimos meses se ha provocado un enfrentamiento entre familias con hijos con diversidad funcional que va a dejar mucho dolor y muchas víctimas, y beneficiar sólo a los intereses de esos pocos que lo han promovido.

Somos muchas las familias que sentimos que este sistema es segregador y excluyente y que luchamos por una única escuela donde quepan TODOS. Por ello, hace algunas semanas se elaboró un manifiesto que he apoyado y ayudado a difundir.

Mi apoyo a este manifiesto no implica una guerra contra la escuela especial. Esta no es una guerra contra nadie, es una “lucha por”. Al igual que el movimiento feminista no implica una guerra contra los hombres, ni el LGTBIQ+ contra los heteros, sino que son luchas por la igualdad de derechos.

Luchamos contra la segregación y por una Escuela Común. Pero esa escuela no la representa la Escuela Ordinaria que ahora mismo tenemos.

LA ESCUELA DE AHORA NO SIRVE PARA NADIE.

No sirve para mi hijo diversofuncional, pero tampoco para mi hija normofuncional (si tal cosa en realidad existe).

Luchamos por una Escuela que respete la diversidad. Una escuela que sea un lugar de APRENDIZAJE y CONVIVENCIA.

Un espacio de aprendizaje respecto a uno mismo, no respecto a un currículo que en realidad no se adapta a nadie. Donde el alumnado avance a su ritmo y en función de sus características, pero donde TODOS APRENDAN.

Y un espacio no puede ser un lugar de convivencia, si no está presente toda la DIVERSIDAD HUMANA. Todo tipo de diversidad: de género, funcionalidad, orientación sexual, étnica, socioeconómica, cultural…

Pero, como dice mi amigo y compañero Nacho Calderón, para que esa escuela única y común exista, “hay una premisa indispensable: los recursos no pueden dividirse”.

En cambio, si sumamos todos los recursos que ahora mismo se destinan a las diferentes escuelas segregadoras (en base a la funcionalidad, el origen socioeconómico y hasta el género) y los invertimos en la escuela común, esa nueva escuela tendrá los recursos humanos y materiales necesarios para atender las necesidades y respetar las características de todos. Hay quien ha hecho las cuentas y los números dan. Quizás a quienes no les den, sea a aquellas entidades y particulares que ahora mismo están sacando beneficio económico de esta segregación educativa e impulsando esta lucha fratricida.

***** De todos modos (y esto es un añadido al post inicial), no he debido utilizar el criterio de la viabilidad económica como argumento en contra de la coexistencia de ambos modelos. Ni la educación ni la sanidad deberían contemplarse nunca desde la perspectiva del coste económico. El beneficio de ambas, tanto individual como colectivo, siempre justificará la inversión que requieran.

Nunca el criterio economicista debería servir como argumento para defender ningún derecho. Los derechos son derechos y no favores. Por tanto, los gestores de lo público tendrán que organizar los recursos de tal manera que se garantice su cumplimiento.

Hace algún tiempo les comenté a un grupo de compañeros que nunca más iba a volver a utilizar el criterio económico para defender la educación inclusiva, pero he vuelto a caer en la trampa… Imagino que no puedo escapar a esta sociedad que me ha moldeado y soy víctima de esa visión que nos inculcan a fuego, donde lo productivo y lo utilitarista prima sobre lo humano.

Así que, pido perdón y rectifico, porque lo último que quiero es que se interprete que quienes luchamos por una escuela única y común, pretendemos que dejen de existir los centros de educación especial para disponer de más recursos, porque no es así. Y, efectivamente, éste no puede ser jamás un argumento válido. Si los dos modelos de escuela fuesen necesarios, habría que organizar los recursos públicos para que alcanzaran para ambas.

Creo que el argumento definitivo en contra de esta coexistencia es que el mantenimiento de los centros de educación especial alimenta el conformismo de la administración, del profesorado y de esa parte de la sociedad que sigue sintiendo legítima su ideología capacitista. Mientras siga existiendo una opción donde apartar, se seguirá apartando. Y educar a la infancia en la segregación, supone prolongar ese modelo en la vida adulta. *****

Imagen: Paula Verde Francisco (“Mi mirada te hace grande”)

Ésta no es una guerra contra nadie. Si acaso, contra el capacitismo que margina, discrimina y segrega a nuestros hijos.

En las últimas semanas, se nos está acusando a quienes apostamos por la escuela única de obligar a las familias que tiene escolarizados a sus hijos en un CEE a llevarlos a la escuela que no quieren. Pero es que eso no es así.

Nadie está obligando a nadie a nada. Y en todo caso, lo que ocurre a día de hoy en este país, es que a muchas familias se les cierren las puertas de la ordinaria y se les obligue a llevar a sus hijos a la especial. Hay decenas de familias pleiteando en en los tribunales a causa de esto. Sin embargo, no conozco a nadie a quien le haya ocurrido lo contrario.

Me entristece que se distorsione nuestro mensaje. Somos perfectamente conscientes de que es imposible cerrar los centros de educación especial de un día para otro, y más difícil todavía transformar a corto plazo esa escuela ordinaria que acoge a muy pocos.

Queremos que la escuela cambie y se transforme de arriba a abajo para que quepan todos. Y cuando digo todos, no me refiero sólo al alumnado con diversidad funcional. Siempre he dicho que esta escuela no me gusta para mi hijo con discapacidad, pero tampoco para mi hija sin-etiqueta. Esta escuela de ahora no vale para nadie, sólo para un porcentaje muy pequeño de alumnos que encajan en una supuesta “norma” que en realidad no existe.

Entiendo que tantas madres, padres y familias hayan optado por un CEE para sus hijos. Yo misma he contemplado esta posibilidad muchas veces para el mío y tampoco descarto que pueda ser una opción en el futuro. Lamentablemente. Así que comprendo perfectamente la angustia de estas familias ante la perspectiva de tener que volver a una escuela que ha maltratado a sus hijos. Pero es que esa escuela tampoco la queremos nosotros.

Defendemos y luchamos porque las familias del futuro no vean a sus hijos segregados. Es nuestra responsabilidad, porque hubo familias en el pasado que lucharon por dar visibilidad a sus hijos y dejar de tenerlos escondidos, tal y como les habían enseñado que había que hacer. Las familias de aquí y ahora tenemos el deber moral de seguir avanzando en esa lucha por los que vendrán.

Desgraciadamente, ese cambio no lo vamos a ver los que ahora estamos aquí enfrentándonos con tanto dolor y tanto sinsentido. Tampoco nuestros hijos. Pero yo confío en que ese cambio llegue con el tiempo, tal y como se han dado otros.

No somos demonios desalmados que queremos hacer sufrir a nuestros niños por ganar esta lucha. ¿De verdad alguien puede creer que una madre quiera convertir a su hijo en un mártir por “la causa”? NO. NUNCA. JAMÁS.

Lo que sí es cierto es que hay muchas entidades y particulares que pueden ver sus intereses económicos lesionados si llega este cambio y están intoxicando a las familias y distorsionando nuestro mensaje.

Yo no me identifico con lo que ellos pintan sobre mí y sobre todas las personas que luchamos por este cambio. Yo no quiero que ningún niño sufra. Todo lo contrario. Lo que quiero es transformar esta sociedad para que, en el futuro, las personas como nuestros hijos sean uno más y dejen de ser uno menos.

Tengo como amigas a muchas madres que tienen a sus hijos en CEEs y que entienden esta causa, la comparten y la defienden. Madres que han encontrado en la especial lo que la ordinaria les negó. Pero de lo que se trata es de construir una escuela nueva y única para todos, que atienda a todos desde su diferencia, y donde todos convivan y puedan aprender.

No me gusta esta Escuela que se pasa el día “proyectando”: que plantea la Educación Infantil como una vía de preparación para la Primaria, la Primaria para la Secundaria, la Secundaria para los estudios post-obligatorios y éstos para el mercado laboral. 

¿Cuándo viven nuestros hijos su presente?

 

por una escuela extraordinaria

No, esta escuela que tanto miedo da a tantas familias, tampoco me sirve a mí.

Y yo sé que esa nueva Escuela no es una utopía. Sé que es posible, porque mi hijo tuvo la suerte de disfrutarla durante algunos cursos y yo aprendí entonces que la escuela que yo había vivido y la que estaba viviendo su hermana eran un horror y que había que luchar por desterrarla al mismo lugar a donde han ido a parar tantas injusticias a lo largo de la historia.

La mayoría del alumnado (y también del profesorado) entra y sale infeliz cada día de su centro. Pero yo sé que existe una escuela en la que los fines de semana se viven como un contratiempo y las vacaciones como un horror.

Sé que existen maestras y maestros luchando porque en sus aulas quepan TODOS. 

Sé que existe un modelo de Escuela que no tiene nada que ver con la que tenemos. La de ahora es una escuela diseñada para un alumno “normal” que no existe y donde todos deben hacer lo mismo y al mismo tiempo, y sólo unos pocos lo logran. Pero yo sé que existen aulas donde el alumnado convive y aprende cada uno a su ritmo y según sus intereses y posibilidades. Aulas donde, además, se presta atención a las emociones, a la convivencia y al cuidado mutuo.

Sé que existen escuelas donde asistir a clase cada día es un motivo de alegría y felicidad, y no de ansiedad y desdicha.

Sé que esa Escuela es posible. Pero también sé que sólo existirá para todos cuando sea toda la sociedad la que la demande y quiera hacerla real por el bien común y olvidando intereses materiales y/o particulares. 

Una Escuela donde todas las niñas y niños convivan y aprendan unos de otros.

Una Escuela que se olvide de las carreras de obstáculos y se centre en disfrutar del camino.

Una Escuela que deje de sacrificar la felicidad de sus alumnos por un hipotético futuro y enseñe a disfrutar del presente.

Dejo aquí este maravilloso texto de Antonio Márquez, porque él lo explica más claro, más ordenado y más bonito que yo: “La estéril discusión sobre los centros específicos”.

«Tener un pensamiento convergente en este tema, y cerrar el debate diciendo que los centros de educación especial son necesarios y definitivos en la vida y felicidad de los alumnos alimenta el conformismo de la Administración y del profesorado, pero también destruyen la convicción y la lucha de los que pensamos que otra educación es posible.

Tomar esta postura, además, justifica el etiquetaje y la división de seres humanos. Defender la felicidad actual de los alumnos escolarizados en centros específicos no está en contra de luchar por un modelo futuro aún más justo para los que vendrán. Porque la inclusión real en centros ordinarios también trasciende a nuestra realidad personal.

El gran peligro de defender esta postura es no darse cuenta de que si sacamos de los centros ordinarios a los alumnos y alumnas con graves problemas, estamos enseñando a los niños y niñas que no los tienen que así es como deben ser las cosas, que así es la sociedad en la que vivirán. Que lo adecuado y oportuno es que los adultos con discapacidad no estén en una sociedad diversa, sino al margen. Y los niños de hoy serán los empresarios, juristas, maestros y trabajadores sociales del mañana, con lo que habrán aprendido a reproducir un modelo de exclusión social gracias al lema “separados son más felices“. Y nadie podrá reprochárselo nunca, porque así se lo hemos transmitido todos.»

(Antonio Márquez)

 

Y quiero terminar compartiendo las palabras de una compañera de viaje, que expresan mucho mejor que cientos de artículos que yo pueda escribir, la necesidad de crear esa escuela única, común y extraordinaria.

«He elegido para mi hijo el mismo colegio al que fueron sus hermanos y van sus vecinos. Pienso que si separas en la escuela, separas para la vida entera.

Ha sido una lucha de titanes, agotadora y dura, la que hemos tenido que lidiar para que las escuela fuera poniendo (a cuentagotas) los recursos que decían que no tenían. Para ir limpiando prejuicios, miedos, miradas…

Hoy, en el último curso del instituto, podemos afirmar:

  • Mi hijo es hoy mucho más fuerte psicoemocionalmente, y se siente parte de la ciudadanía. Conoce y defiende sus derechos.
  • La mayoría de sus sucesivos profesores (los mismos que no le querían en su aula) son ahora mejores profesionales y están agradecidos y satisfechos por el reto que les supuso trabajar con un alumno como mi hijo. No todos, por supuesto, pero sí la mayoría.
  • Sus compañeros serán ciudadanos concienciados y ojalá enfoquen sus futuras gestiones y políticas de una forma que sean justas y equitativas para todas las personas que conforman la sociedad. Saben de primera mano, sin necesidad de ir a conferencias, lo que significan palabras como empatía, esfuerzo, superación…

A pesar de lo que he llorado por impotencia y rabia, a pesar de lo sola e incomprendida que me he sentido (por los padres “normales”, por la Administración, etc) no cambiaría mi decisión por nada del mundo. Por nada.

Por cierto, mi hijo va en silla de ruedas, no camina, no puede usar sus manos, no habla… Su discapacidad “oficial” es de un 96%. Doy este dato para demostrar que su inclusión ha sido cualquier cosa menos fácil.

Comparto esta perspectiva, y seguiré luchando porque los centros ordinarios se doten de recursos técnicos, humanos y de formación para que la inclusión sea real.»

(Luz López Díaz)

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