Wonder (R. J. Palacio)

Título: La lección de August (castellano)

Wonder (catalá)

Wonder (inglés)

Autor: R. J. Palacio 

http://rjpalacio.com/author.html

http://rjpalacio.tumblr.com

 

When given the choice between being right or being kind, choose kind

(Si debes elegir entre tener razón y tener corazón, elige el corazón)

1 banner wonder

Me gusta leer. Mucho. Creo que, después del amor que doy y el que recibo de la gente que quiero, es lo que más feliz me hace en este mundo. Cuando cae en mis manos un libro que me toca de verdad, la sensación es indescriptible. Por desgracia, no ocurre tan a menudo como me gustaría. No importa la cantidad y variedad de lecturas, ni el tiempo que se le dedique, ese libro especial sólo se aparece de tanto en tanto. Tampoco es fácil explicar por qué determinado libro te toca, ni siquiera depende de su calidad literaria, es una magia especial y única. ¿Por qué ese y no los veinte anteriores ni los doscientos siguientes?

Tampoco a todos nos tocan los mismos libros, ni de la misma forma, ni con la misma intensidad. Mi casa es un laboratorio de pruebas en este sentido: cada vez que he visto a Misanto enganchado a un libro, he esperado impaciente a que lo terminara para poder vivir lo mismo y, sin embargo, la mayoría de las veces no sólo me ha decepcionado, sino que incluso no he sido capaz de terminarlo siquiera. Lo mismo ha ocurrido con muchos de los libros con los que yo le he perseguido durante meses con insistencia para que los leyera, le han dejado completamente frío.

Es por eso también que, personalmente, considero una aberración esas listas de lecturas obligatorias en colegios e institutos. Es la mejor y más eficaz forma de frustrar futuros lectores. En serio, si no empezamos por dejar a los niños elegir y decidir sus propias lecturas (acordes a sus gustos, circunstancias, características y personalidad), no vamos a conseguir nunca iniciarles en el placer de la lectura. Nunca jamás. Imaginad listas obligatorias de películas, de series de televisión, o incluso de videojuegos. Seguramente, hasta en un ocio tan atractivo como éste, el matiz de la “obligatoriedad” les haría afrontarlo con mal pie y desgana. NO SE PUEDE OBLIGAR A LEER.

¿Qué otras alternativas existen para fomentar la lectura? Las hay, pero implican bastante tiempo, esfuerzo y paciencia por parte de los adultos, así que nos decidimos por la vía fácil y rápida pero que, repito, no sólo no es efectiva, sino que casi siempre consigue el efecto contrario: la obligatoriedad sólo consigue que los niños odien la lectura.

Pues eso, que he leído muchos libros en mi vida: unos me han gustado más y otros menos, muchos no he sido capaz siquiera de terminarlos y otros no consigo desenganchármelos de las manos. Sin embargo, libros que me toquen y me lleguen, esos que tienes presente durante mucho tiempo después de haberlos cerrado, que les das vueltas en la cabeza y los rumias durante semanas, que no olvidas jamás, pues de esos no ha habido tantos. Y Wonder es uno de ellos.

Creo que pocas veces me he sentido tan dentro de una historia. No hablo de sentirme “identificada” que es una sensación que sí he vivido muchas veces, sino de algo distinto. Esta sensación de la que hablo es diferente: se trata de sentirse dentro del libro, formando parte de esa historia. Y esa fue la causa del desasosiego y el malestar que sentí durante sus primeros capítulos. Pensé que no iba a ser capaz de acabar el libro. Ahora me alegro infinito de que mi prima Sandra insistiera tanto y durante tanto tiempo para que leyera Wonder.

2 personajes wonder

August es un niño con una rara enfermedad genética que le provoca una deformidad en el rostro. Y aunque él se siente (y es) un niño como todos, su apariencia hace su vida muy difícil.

Me resulta complejo escribir y reflexionar sobre este libro, sobre todas las sensaciones que me ha transmitido y los pensamientos que me ha generado, sin hacer un spoiler. Así que, diré para convenceros: no dejéis de leerlo, por favor.

Y solamente me permitiré hablar de un par de reflexiones que me ha generado, intentando no destripar la historia ni estropear su lectura:

Familia

Si algo se desprende de Wonder es el poder de la familia, de la capacidad que el amor por un hijo y por un hermano es capaz de otorgar: por muy difícil y hostil que sea el mundo exterior, si la familia constituye un reducto de amor indestructible, inquebrantable, dará armas a ese niño para que hacer frente al mundo sea algo menos doloroso e incluso realizable.

Porque este libro habla de muchas cosas: del miedo a la diferencia y al diferente, de exclusión, de marginación, de hacer daño de forma gratuita, de la influencia de los fuertes o poderosos sobre la masa… pero uno de los temas que para mí más sobresalen es el de la familia: el poder infinito que tiene el amor de nuestra familia para armarnos frente al mundo, por duro y hostil que éste sea.

Ojalá realmente sea así y que el cariño, el amor y la confianza que les damos a nuestros niños cada día en nuestro círculo familiar, les de la fuerza suficiente para salir al mundo y sobreponerse a él.

Y esa madre… Cada pensamiento que ha tenido, cada palabra que ha dicho, cada situación que ha vivido Isabel Pullman, las he sentido mías. Y cuánto desearía tener tan sólo una mínima parte de la fuerza de este personaje y, sobre todo, de su bondad. Porque eso es lo realmente difícil en circunstancias así: tener la suficiente bondad para no devolver al mundo lo que el cuerpo te pide que respondas: esa paleta infinita de sentimientos negativos relacionados con el odio y el rencor.

Responder sin odio ni rencor es necesario no ya sólo por una cuestión moral, sino fundamentalmente por una cuestión práctica: porque lo cierto es que el odio se acaba volviendo contra uno mismo. Y aunque de lo que dan ganas, en muchas de las situaciones que a diario enfrenta mi hijo, es de salir al mundo con la escopeta cargada, el problema de las armas es que se te pueden acabar disparando, sobre ti mismo o sobre la persona a la que intentas proteger.

Y en eso estamos: en aprender a responder a situaciones negativas y dolorosas sin odio. No sé si algún día lo conseguiré porque, cuando mi hijo cuenta situaciones injustas o crueles que ha padecido (o incluso las vivo con él), hay que respirar muy hondo (y muy hacia dentro para que él no se percate) y pensar muy bien cómo aconsejarle, para que valore las dos opciones que existen en estos casos: apartarse del camino de las personas que nos hacen daño o hacerles frente. Si la que se elige es la segunda opción, también hay que valorar muy bien las sugerencias que le demos sobre cómo hacerlo, sobre todo cuando se cuenta con menos armas y recursos que el oponente.

La tercera opción que existe, que es la de restarle importancia o que lo pase por alto, no podemos tenerla en cuenta de ninguna de las maneras. De ninguna forma pienso enseñarle a resignarse o a asumir como normales conductas despectivas, excluyentes e incluso crueles hacia él, porque eso significaría la destrucción de su autoestima y esa sí que va a ser su única herramienta para oponer al mundo.

3 banner choose kindAsí que, cualquiera se puede imaginar lo difícil que resulta conjugar todas estas variables: conseguir una respuesta firme y contundente, pero desprovista de rencor, es un equilibrio muy difícil de lograr. El personaje de la madre de August encarna esa actitud, ese equilibrio tan complicado de alcanzar cuando la vida de un hijo está tan llena de dolor. Y la personalidad de Auggie y su actitud ante la vida, son un reflejo del espíritu de su madre… de sus padres, porque también el personaje de Nate Pullman es grandioso.

Síndrome de In & Out

Otro de los temas sobre el que me gustaría reflexionar, es lo que yo llamo el Síndrome In & Out. Lo tomé del título de una película que vi hace varios años protagonizada por Kevin Kline.

El argumento era el siguiente: los vecinos de un pequeño pueblo de Indiana se congregan ante el televisor la noche de los Óscar, esperando que uno de los candidatos (que es originario de ese pueblo, Greenleaf) se haga con el premio al mejor actor por su interpretación de un soldado gay. Las escenas que se emiten de la película generan reacciones de empatía con el personaje e incluso se indignan ante la discriminación que su orientación sexual le genera. Sufren con él y se ponen en su piel. Sin embargo, cuando días después en el pueblo se levantan sospechas sobre la homosexualidad de uno de sus vecinos, las reacciones de esa misma colectividad no serán tan comprensivas ni empáticas como las que habían mostrado para con el soldado de la ficción.

La película está narrada en tono de comedia y es muy divertida pero si hay algo por lo que la sigo teniendo presente después de tantos años es, precisamente, porque describe a la perfección esa hipocresía-incoherencia tan común entre nosotros: somos comprensivos, inclusivos, solidarios y empáticos con personajes de la ficción pero, en la vida real, la mayoría se posiciona del otro lado: del excluyente e intolerante.

No deja de resultar paradójico. Es como si supiéramos de sobra cuál es la teoría moral, dónde está el bien, la bondad, lo correcto, lo ético… pero, por alguna extraña e incomprensible razón, no somos capaces de llevarlo a la práctica. Quizás esté relacionado con este otro síndrome que he conocido recientemente: el Síndrome de Solomon: “proceso por medio del cual los miembros de un grupo social cambian sus pensamientos, decisiones y comportamientos para encajar con la opinión de la mayoría” (Solomon Asch).

Como espectadores de una película, o lectores de un libro, nos ponemos en la piel del diferente y nos posicionamos contra quien le hiere, acosa, insulta o discrimina. Sin embargo, si esa misma situación se reproduce en nuestra realidad, solemos formar parte, sino del sector que discrimina, insulta o acosa, sí de la masa que, desde una posición neutral o impasible, no hace nada para evitarlo.

Me gustaría pensar que la lectura de Wonder va a producir muchos Jacks y Summers entre nuestros niños y va a arrinconar a los Julians que hay en nuestras escuelas. Pero, mucho me temo que, incluso alguno de los lectores que abomina de las actitudes de ciertos personajes del libro, acabará reproduciendo escenas parecidas en su realidad.

Y aunque, desgraciadamente, la mayoría de lectores de este libro se sitúen del lado del protagonista, la vida real está plagada de demasiados Julians y a casi todos nos suele faltar la suficiente personalidad, criterio propio y coraje necesarios para adoptar el papel de Jack.

– ¿Mamá? ¿voy a tener que estar siempre preocupándome por idiotas así? Quiero decir…  cuando sea mayor… ¿va a ser siempre así?

No contestó enseguida, sino que cogió mi plato y mi vaso, los puso en el fregadero y los pasó por agua.

– Siempre va a haber imbéciles en el mundo, Auggie. Pero creo de verdad, y papá también lo cree, que hay mucha más gente buena que mala en este mundo, y que las personas buenas cuidan unas de otras y se protegen entre sí.

Ojalá las palabras de la madre de August sean ciertas. Y ojalá nuestros niños se encuentren a muchos Jacks y Summers en su camino. Mientras tanto, ojalá nosotros logremos estar a la altura de Isabel, Nate y Via.

 

4 judge a book face

 

Me gustaría hablar de muchos otros personajes y situaciones que surgen en la historia pero no quiero estropearos la lectura del libro así que, cuando lo leáis, nos vemos en la fan page de Cappaces para seguir comentándolo

10 claves para convertir a los niños en lectores

En una entrada anterior reflexionaba sobre cómo las prácticas del sistema educativo no sólo no conseguían crear lectores, sino que ejercían el efecto contrario y contribuían a que muchos alumnos que sólo han conocido esta vía para acercarse a los libros, acaben por aborrecer la lectura.

Me mostraba convencida de que existían vías alternativas a la obligatoriedad que practica la escuela para lograr construir lectores. Voy a intentar exponer algunas de las claves que he ido ideando, probando y poniendo en práctica durante mis casi quince años como madre y que me han funcionado con mis hijos. Dos niños muy distintos: en género, personalidad, gustos e incluso funcionalidad.

10 claves para convertir a los niños en lectores

 

1) Argumentos

Elegid el libro que les guste a vuestros hijos, no el que os guste a vosotros o el que quisierais que les gustara.

No seleccionéis los libros en función de vuestros gustos o del mensaje que trasmiten. Elegid aquellos que creéis se puedan adaptar a los gustos y personalidad de vuestros hijos. La clave principal para formar lectores es iniciarse en la lectura divirtiéndose, de lo contrario sólo conseguiremos que la aborrezcan. Ya tendrán tiempo más adelante para acudir a libros que les aporten otros valores  y conocimientos más allá del puro placer.

No os fiéis ciegamente de las recomendaciones de otros, por muy expertos que sean. Nadie conoce a vuestros hijos mejor que vosotros. La mayoría de libros que le apasionaban a mi hija mayor cuando se inició en la “lectura en solitario”, a su hermano pequeño no le dicen nada. He tenido que volver a salir a la búsqueda de nuevos temas y colecciones que en nada se parecen a lo que atraía a su hermana.

Pero sí hubo algo común a ambos: los dos detestaban aquellos libros para mí tan originales y que con tanto empeño traté de introducirles en los primeros tiempos. Cuando mi hija era pequeña y empecé a comprarle libros infantiles, me atraían esos libros tan innovadores que las editoriales orientadas a este público han venido publicando en los últimos años. A ella, sin embargo, no le gustaban demasiado y todas las semanas salíamos de la biblioteca con un lote de los clásicos de toda la vida bajo el brazo, escogidos por ella. Me harté de las aventuras de Caperucita, La Bella Durmiente, Garbancito, Ricitos de Oro, Pinocho, Los tres cerditos y similares. Llegamos a pasar tres meses leyendo a diario Blancanieves… Por suerte, logró superar esta etapa y pasar a otro tipo de historias donde siempre tenía que estar presente la magia y la fantasía.

Con el enano pasó tres cuartos de lo mismo y fue imposible introducirle esos cuentos de última generación, que con tanta ilusión había comprado para su hermana. Cuando dejó atrás la etapa de los clásicos, no se inclinó como su hermana por la fantasía sino que se decantó por cuentos con personajes convencionales que narraran historias cotidianas y habituales para un niño. Imprescindibles en su biblioteca: Teo y Os Bolechas, sobre todo estos últimos. Llevo años leyendo las peripecias de estos seis hermanos y su perro. Cuando la mayor tuvo edad para dejarlos atrás, enlacé con el pequeño así que, me he convertido en una auténtica experta en Bolechología.

Como digo, durante años me había empeñado en comprarles aquellos cuentos maravillosos que para mí eran originales y diferentes. Pero lo eran desde mi perspectiva de adulto que ya ha vivido un tiempo y que está hastiado de lobos, caperucitas, princesas y zapatos de cristal. Se nos suele olvidar que los niños acaban de aterrizar en el mundo y que todo resulta novedoso para ellos, eso incluye también el universo que puebla los clásicos de Perrault, Andersen o los Grimm. No entiendo cómo me costó tanto tiempo darme cuenta de algo tan simple y evidente.

Cuando empezaron a leer, fui aún más consciente de lo mal diseñados que estaban aquellos libros que tanto me gustaban a mí, que me habían entrado por los ojos: sus rebuscadas tipografías, complicadas muchas veces con tintas de mil colores, resultaban imposibles de leer para niños que se estaban iniciando en la lecto-escritura.

 Amara leyendo a sus peluches, ca. 2003 😊

Amara leyendo a sus peluches, ca. 2003 😊

Es importante también que el vocabulario se adapte al que los niños dominan. Claro está, que uno de los mayores beneficios de la lectura es que facilita la ampliación del vocabulario pero, si de cada 10 palabras que leen, desconocen el significado de 5, no servirá para incrementar su léxico, sino para que abandonen el libro. Las editoriales suelen utilizar unos códigos que los clasifica por edades pero no son muy fiables porque, de nuevo, se vuelve a considerar a los niños de una misma edad como un todo homogéneo y esto no es en absoluto así. Nosotros somos los únicos que conocemos a la perfección las palabras que dominan nuestros hijos así que, lo que yo suelo hacer, es leer las primeras páginas y eso ya me daba la pista del tono del resto del libro. No sólo en cuanto a vocabulario, sino también respecto a la tipografía y al tamaño de la letra que también son factores muy importante para facilitar la lectura. Como comentaba antes, huid de las tipografías innovadoras y las tintas de colores (con la excepción de Junie B. Jones, donde cada título tiene un color distinto pero es un tono muy suave y se aplica al texto completo).

2) Lleva a tus hijos a la biblioteca

A Antón, como a su hermana (y como imagino que a la mayoría de los niños a quienes se les da la oportunidad), le apasionan las bibliotecas. Son su lugar preferido del mundo. Con permiso de las salas donde se represente teatro, títeres, magia o actúen orquestas, bandas de música, grupos folk…. o cualquier otra cosa que se ejecute sobre un escenario.

Como comentaba, mientras a Amara le ha gustado desde siempre la fantasía, Antón se decantó por historias con los pies pegados a la tierra. Lo que han tenido en común los dos es que les han gustado los cuentos clásicos y eso que yo los aborrecía por lo que ciertos estudiosos sesudos interpretaban en ellos. Pasado el tiempo y ganada experiencia, la verdad es que me doy cuenta de que era una soberana tontería. Fueron mi hijos los que me hicieron llegar hasta aquí, de ahí la importancia de que vayan con regularidad a la biblioteca y pasen en ella mucho tiempo. Allí tendrán a su alcance infinidad de libros y es la forma de que ellos elijan sus propias lecturas. No he conocido ni a un solo niño que no le guste ir a la biblioteca: a algunos no se les podrá sacar de allí y otros se cansarán antes pero, lo que es seguro, es que ninguno rechazara la oferta si se le propone.

Muchos padres premian a sus hijos ofreciéndoles ir al McDonald’s. Bien, yo he sustituido la cadena de comida con juguetitos por la biblioteca con el mismo éxito. Si mi hija se comprometía a tirar el chupete, andar sin tener que llevarla en brazos, recoger sus juguetes, probar una nueva comida o hacer los deberes sola, yo prometía llevarla a la biblioteca. Y lo mismo con Antón. Se tiene más éxito cuando se utilizan los libros como premio que como castigo (y la obligación no deja de ser un castigo).

Un punto importante a este respecto es: lleva a tu hijo a bibliotecas infantiles donde pueda explorar y jugar con los libros al principio, y concentrarse en ellos después, sin importar lo que se mueva o el ruido que haga.

Señores gestores públicos: hagan el favor de habilitar bibliotecas infantiles, pero de verdad. En mi pueblo tenemos (o teníamos porque ahora nos han exiliado al hall de entrada) una biblioteca infantil que era una pesadilla: no se podía, no digo ya hablar, sino siquiera susurrar, sin que apareciera la bibliotecaria para llamarnos la atención. ¡Así no se pueden crear lectores!

A ver, los niños tardan en aprender a leer y así debe ser. Tenemos y debemos leerles los libros y, a poder ser, dramatizando: poniendo voces y haciendo gestos, sí convirtiéndonos en actores (con el tiempo, ellos mismos aprenderán a recrear esas voces y gestos en su cabeza). En definitiva: tenemos que hacer ruido. Y esto es incompatible con una biblioteca al uso. Al lumbreras que diseñó la biblioteca infantil de mi pueblo, no se le ocurrió nada mejor que reservar un pequeño espacio (en realidad minúsculo y sí, los niños también necesitan espacio para moverse, tumbarse, etc.) separado por un cristal (!) de la biblioteca de adultos. Biblioteca de adultos a donde acuden los usuarios a estudiar y claro, por mucho que lo intentemos, leer con niños implica un mínimo ruido.

Y este es otro punto que me revienta de nuestro país: hemos convertido las bibliotecas en salas de estudio y a ver si nos damos cuenta de una vez que son dos conceptos diferentes. Si lo que de verdad necesitamos son salas de estudio, creémoslas (que además resulta más barato, sólo requiere de mesas y sillas), pero no deformemos la función de una biblioteca pública que es la de contener libros y ponerlos a disposición del usuario. He tenido que sufrir esta distorsión en los años en que trabajaba como documentalista y debía buscar información por las bibliotecas (no, internet no ha existido desde siempre y hubo un tiempo en que los libros eran la única fuente de información). Fueron incontables las veces en que tuve que consultar libros de pie o en el suelo, porque la biblioteca estaba copada por estudiantes u opositores (presentes y ausentes, debido también a esa mala costumbre de ocupar las mesas con libros y apuntes aunque uno se largue durante horas). Años más tarde, y por esta misma razón, tampoco he podido leerles a mis hijos sin recibir una reprimenda cada diez minutos.

Por suerte, vivimos cerca de una ciudad grande con varias bibliotecas infantiles de las de verdad, que han permitido a mis hijos disfrutar de esta experiencia pero es triste que, habiéndose gastado recursos públicos en la biblioteca que tenemos a 500 metros de casa, tengamos que coger el coche y hacer 20 kilómetros de ida y otros 20 de vuelta (más la minuta del párking) para disfrutar de esa experiencia en condiciones.

10 claves para convertir a los niños en lectores

 

3) Protagonista

A Antón no le importa demasiado el género del protagonista pero para Amara era muy importante que la historia estuviera protagonizada por una niña y, a poder ser, de su misma edad. Así que, a medida que ella iba creciendo, también los personajes de sus libros cumplían años.

Recuerdo que hace tiempo, cuando aún era muy pequeña y estaba todavía lejos de leer sola, nuestra librera de referencia me comentaba indignada cómo una de sus clientas había rechazado su recomendación de Kika Superbruja porque el regalo iba destinado a un niño. A mí, entonces, me pareció tan sexista como a ella, pero a medida que mi hija creció y se fueron perfilando sus preferencias, me di cuenta de que necesitaba sentirse proyectada en el protagonista y que el género concordara con el suyo, ayudaba mucho a ello. Desconozco las razones de aquella clienta al rechazar el libro por el género del personaje, pero debo decir que, con el tiempo, yo también busqué protagonistas femeninas en los libros infantiles que iban destinados a mi hija. De hecho, echando la vista atrás, me di cuenta de que mis lecturas infantiles y juveniles favoritas también habían estado protagonizadas por personajes con los que me identificaba: la Esther de Purita Campos, la Jorge de Enid Blyton, la Puck de Lisbeth Werner o las Alba Trueba e Irene Beltrán de Isabel Allende.

A Antón, más que el género, lo que le importa es que los personajes sean muchos y variados, que no superen los diez años y si aparecen abuelos, todavía mejor. Las pandillas (Teo y sus amigos) y las familias (Os Bolechas) están entre sus preferidos.

Los autores especializados en literatura infantil deben saber bien de esto y seguramente por esta razón en sus libros abundan más los grupos de amigos que los personajes en solitario. Si nos detenemos a analizarlos, cada uno responde a un cliché, a un tipo de personalidad que busca que cada lector pueda encontrar su referente.

10 claves para que los niños lean

 

4) Autor

Si encontráis un libro que les guste mucho, mucho a vuestros hijos, existen bastantes posibilidades de que otros títulos de ese mismo autor lleguen a tener el mismo éxito. Y si recurren con frecuencia al mismo escritor, puede que, incluso, acaben interesándose por la persona que existe tras ese nombre: si es un autor del pasado o vive en el mismo tiempo que ellos, si es extranjero (y entonces seguramente se interesen por localizar su país en un mapa), si tiene hijos y de qué edades, el nombre de su mascota, si le gusta el chocolate… se interesarán por las cuestiones más sorprendentes.

Cuando mi hija se enganchaba de alguna trilogía, serie o saga, siempre acababa interesándose por su autor y si resultaba que era una autora, aún se emocionaba más. Yo le ayudaba entonces a buscar información en la red sobre ese escritor/a y a ponerle cara. La mayoría de autores especializados en este público tienen webs específicas que suelen incluir información e imágenes que responden a las curiosidades que suelen suscitar entre su público.

Amara tenía 9 años cuando leyó una serie titulada La jirafa blanca (de Salamandra, no me pagan por hacerles publicidad pero de verdad os aseguro que, cada vez que he visto el sello de esta editorial en el lomo de un libro, he sabido al instante que era garantía de éxito). Cuando completó el tercer título, se empeñó en localizar y escribir a su autora, Lauren St John. Le habían fascinado esas historias y se sentía tan identificada con aquella atmósfera, que conjugaba fantasía y amor por la naturaleza (algo que no podía describir mejor la fase vital que atravesaba en ese momento), que estaba convencida de que la autora y ella tenían, por fuerza, que compartir una conexión muy especial. Averiguamos su dirección de correo electrónico y traduje la (larguísima) carta que escribió para ella. Lo más emocionante de todo es que Lauren St John ¡le contestó! Aquella contestación le hizo flotar durante semanas y escribir con más ganas y durante más tiempo del que ya lo hacía (porque los niños que aman la lectura, suelen sentirse también atraídos por la escritura). Cada día me venía con el papel arrugado donde estaba impreso el correo-e y me pedía que volviera a traducirle el último párrafo: «Suerte con tus escritos. Por lo que cuentas, estoy convencida de que tienes una carrera muy prometedora ante ti».

Qué importante es mantener esa tradición que lleva a los escritores a visitar centros educativos y charlar con sus lectores personalmente. Imagino que será enormemente enriquecedor en ambos sentidos.

10 claves para que los niños lean

5) Fuera prejuicios

Busca una lectura que le guste a tu hij@ y no te preocupes por otras connotaciones. No os creáis a quienes afirman que toda influencia a estas edades va a ser definitiva en su personalidad futura. A mi hija, de pequeña, le encantaba algo tan abominable y machista como Shin-chan y ahora, con casi 15 años, es una abanderada del feminismo y le resulta sexista hasta la más mínima tontería.

Da igual que una lectura sea comercial o minoritaria, de prestigio o desprestigiada. Además, ¿quién decide eso? A mi me encanta leer y, de verdad, lo que me importa es disfrutar leyendo, si luego me aporta otras cosas, pues genial, pero si un libro no te hace disfrutar, no te podrá aportar nada. Me encantan García Márquez, Ramón J. Sender y Torrente Ballester, me apasiona John Irving, he llorado con el Quijote pero es que también he disfrutado muchísimo con la saga de Harry Potter, con los libros de Maeve Binchy y hasta con Manolito Gafotas (que creo que son de los que más y mayores carcajadas me han sacado). Y sí, también leí 50 sombras de Grey, en realidad lo intenté porque fui incapaz de acabarlo, me pareció un coñazo absoluto.

Lo que quiero decir es que la lectura tiene que estar desprovista de prejuicios. Es terrible esa idea de que existan libros de cuya lectura se puede presumir en público y otros que haya que ocultar. Yo creo firmemente que debemos desterrar los prejuicios de la lectura y si esto es válido para los adultos, cuando hablamos de niños hay que elevarlo al infinito. Los lectores y las lecturas van madurando con el tiempo y eso tampoco implica que, cuando uno esté preparado para leer a Cervantes, Delibes o Saramago, no pueda alternarlo con Ken Follet, Michael Crichton o María Dueñas. Repito: lo importante es entretenerse y evadirse por un rato. A un miembro de mi familia le han recomendado hace poco la lectura como terapia y tratamiento para impedir el deterioro cognitivo y sus esfuerzos por intentar leer alguno de los sesudos libros que tenía por casa resultaban conmovedores… pero inútiles. Así que, conseguimos convencerle de que leer el Hola o el periódico (algo que hace sin esfuerzo y con gusto) tendría los mismos efectos que El lobo estepario de Hermann Hesse que tenía entre las manos.

Mi hija y sus amigos adolescentes utilizan mucho la expresión “postureo” y no encuentro otra definición mejor para esa actitud. Si el postureo es abominable en cualquier faceta de la vida, en el tema de la lectura resulta, además, dañino y pernicioso. Así que: fuera postureo y fuera prejuicios.

10 claves para que los niños lean, libros, lectura

 

6) Momento (y lugar)

Mi hija ha sido desde siempre muy mala dormidora. Así que, lo transformé en ventaja y aproveché esa reticencia congénita a cerrar la luz y dormir para la causa de la lectura. Pero siempre, siempre, siempre aplicando la psicología invertida: «¡Apaga la luz yaaaaa!» (acompañada de cara de enfado y desesperación lo mejor fingida posible porque en realidad estaba encantada de verle pasar páginas sin acatar mi orden).

Creo que, seguramente, constituyó el principal factor que la convirtió en lectora porque, aunque tengamos seguros todos los parámetros que he citado hasta ahora, de nada sirve si el niño no supera ese primer escollo que supone el esfuerzo inicial que hay que realizar para empezar un libro. El resto es necesario para que le enganche y no quiera ya soltarlo de las manos hasta acabarlo, viene rodado, pero ese primer paso, el de coger el libro y leer las primeras líneas es, sin duda, el más difícil de todos. Y quienes leéis esto, como padres, tenéis que saber analizar y evaluar cómo, cuándo y de qué modo hacerlo pero siempre teniendo en cuenta que NO SE PUEDE OBLIGAR A LEER. Nunca jamás.

He asistido a escenas increíbles. En una de ellas, un miembro de mi familia le retaba a su hijo a una partida en la play. Si perdía y en pago a su derrota, debía leer durante media hora. Esto no es exactamente obligar ni castigar, pero se le parece mucho. Y aunque un padre sea un avezado jugador de videojuegos, jamás va a conseguir por esta vía convertir a su hijo en lector.

Como estoy fascinada por la metodología educativa de los países nórdicos, últimamente leo mucho sobre el tema y una de las cosas que más me fascinan de esos artículos son las imágenes que los acompañan. Especialmente esas escenas donde aparecen niños de las escuelas de Finlandia tirados por el suelo con un libro entre las manos. A lo mejor esto resulta una mayor y mejor oportunidad para facilitar la lectura. Con casi total seguridad, si a la mayoría de nuestros niños se les diera a elegir entre corregir ejercicios en clase o leer un rato, escogerían la segunda opción. Es tan solo una hipótesis porque no he tenido oportunidad de experimentarlo.

La espera en las salas de consulta se hace más llevadera con las aventuras de Katie Kazoo

La espera en las salas de consulta se hace más llevadera con las aventuras de Katie Kazoo

 

7) Ilustraciones

Los libros destinados a primeros lectores deben tener muchas más ilustraciones que texto porque, al principio y hasta que no han conseguido una cierta soltura, los niños “leen” las imágenes. Poco a poco se van introduciendo lecturas donde aumente la proporción de texto y disminuya la de imágenes hasta que ya se encuentre preparado para leer “libros sin dibujos”.

En nuestra época nos iniciamos con los tebeos (eso que hoy se llama cómic). Mis primeros pasos fueron Zipi y Zape o Mortadelo y Filemón, para después pasar a Esther y su mundo (que ya tenía una lectura algo más compleja que los anteriores). El primer libro “solo de letras” que leí fue “Los cinco van de cámping” y lo hice por un motivo completamente estúpido. Intercambiaba tebeos de Esther con mi amiga Inés y en una ocasión, en lugar de traerme el número que me había prometido (su hermana se lo había prestado a una amiga), por no venir con las manos vacías apareció con aquel libro de Los Cinco.

Yo tenía 9 años y cuando vi todas aquellas páginas llenas de letras, casi me dio vértigo. Pero, como me daba vergüenza devolverle el libro a Inés sin haberlo leído, pues lo intenté. Empecé a leerlo por ese motivo tan absurdo y no sólo lo acabé, sino que me atrapó y después ya no paré hasta devorar la colección completa de Enid Blyton. En aquella época no eran frecuentes los libros en las casas, al menos en el barrio obrero donde yo vivía, y todavía no se había creado la red de bibliotecas públicas que hoy existe, pero yo tuve la suerte de disponer de una excelente biblioteca en mi colegio que me permitió pasar de Los Cinco a Los Hollister y a Puck, hasta llegar a Salgari, Verne o Mark Twain.

De esta forma tan tonta me inicié en la lectura. Claro que hay que tener en cuenta que en aquella época no había videojuegos, ni Twitter ni Instagram, la televisión tenía un sólo canal, funcionaba un par de horas cada tarde, y lo que nos ofrecía era Un globo, dos globos, tres globos…. Desde luego, teníamos otro tipo de entretenimiento y pasar horas y horas en la calle era uno de ellos pero hasta en eso los astros se confabularon a mi favor o, más bien, en favor de la lectura (porque a mí entonces no me parecía una suerte ni de lejos): y es que mis padres tenían un negocio familiar en el que yo pasé infinitas horas (sí, incluso con 9 años) porque ellos tenían que compatibilizarlo con otros trabajos necesarios para llegar a fin de mes o con las tareas de casa. Y esa tienda que yo tanto abominaba, seguramente fue la responsable de mi pasión por la lectura como la dificultad para conciliar el sueño lo fue para mi hija (y aquí volvemos al punto nº 6: Momento y Lugar).

7 Los Cinco van de camping

 

8) Acompañarles en el proceso

Este es seguramente el punto más difícil y más pesado porque, por más que nos inunden de tiernas imágenes de padres leyendo a sus retoños acompañadas de frases maravillosas, a ver…. casi siempre es un coñazo. Lo digo yo que llevo catorce (¡catorce!) años haciéndolo. Esto es algo que, como no se lo he escuchado reconocer en público a nadie (yo la primera), siempre he tenido la sensación de que sólo me pasa a mí pero, como otras muchas cosas que nos avergüenza reconocer en público (como lo largo y pesado que se hace el puñetero embarazo), estoy convencida de que esto le ocurre a muchos, muchísimos padres.
No vamos a engañarnos, todo lo que se hace repetitivo y se convierte en una obligación, se acaba volviendo pesado. Quizás sea bonito leer a tu hijo si lo haces una vez al mes, o incluso a la semana, pero cuando es a diario… Porque, aunque es cierto que se les puede leer en cualquier momento del día, el más conveniente es por la noche, antes de dormir: no sólo les ayuda a relajarse, sino que al niño le apetecerá: casi ninguno quiere irse a la cama voluntariamente y el momento-cuento resulta una forma de alargar el día (revísese el párrafo donde hablaba de mi hija, el sueño y la lectura).

Es, por tanto, el momento en que nuestros hijos están más receptivos a la lectura. Si lo intentamos de tarde, quizás les apetezca más ver Bob Esponja, jugar a la play, ver vídeos en el iPad o subirse a un árbol. Por la noche, con tal de retrasar el momento-sueño serían capaces de hacer raíces cuadradas. Es el mejor momento para ellos, peeee-ro el peor para nosotros. Con diferencia. Además de estar cansados hasta la extenuación, seguramente tengamos pendiente colgar esa colada que lleva arrugándose en la lavadora desde hace horas, preparar ropas, carteras y meriendas para el cole, poner las lentejas al fuego para tener algo que comer al día siguiente, terminar ese informe energético que hay que entregar mañana o redactar esta entrada porque es el único momento del día en que en casa reina la suficiente tranquilidad para escribir con calma. Y cuando no hay nada pendiente ni urgente, lo que nos pide el cuerpo es tirarnos en el sofá a ver El intermedio, la nueva temporada de The Good Wife o las mejores jugadas de los partidos de esa jornada. Lógico, es que además de padres somos humanos.

Pero sí, si queremos que nuestros hijos lean, debemos acompañarles en el proceso hasta que sean capaces de disfrutar leyendo solos. La duración de este proceso depende de cada niño, mi hija ya leía sola y “para dentro” antes de los 7 años. Su hermano tiene ahora 10 y, aunque ya hemos superado esa etapa en que sólo leía yo, todavía estamos en esa otra de tú-una-página-y-yo-otra. Y me parece que aún va a tardar en llegar al “leer para dentro y solo”. Con Antón todas las etapas, y en todas las facetas, duran más. Mucho, mucho, más.

Y mientras ese momento de “leer para dentro” llega, tenemos que estar allí junto a ellos en su cama, leyendo a veces las mismas historias por días y semanas consecutivos. Cuando mi hija tenía dos o tres años, tuve que esconder el libro de La vaca gorda después de tres meses leyéndolo todas las noches (y cuando digo todas, eran todas), por temor a acabar teniendo un brote psicótico una de aquellas noches. En otra ocasión fue Blancanieves, que le obsesionó hasta tal punto que en una de nuestras sesiones cuento llegué a decirle: “hija, estoy de Blancanieves hasta los cojones” (lo sé, no es una expresión muy apta para el contexto y receptor del mensaje, pero fue fruto de mi desesperación). Al día siguiente, cuando fui a recogerla a la guardería, su profesora me dijo entre risitas: “Ya me ha dicho Amara que estás un poco harta de Blancanieves”. La madre que parió a la niña…

Pues eso, que sí, que es muy bonito leer con nuestros hijos la mayoría de las veces pero hay temporadas en que se hace muy pesado y días en los que lo que de verdad estás deseando es acostarlos y que se duerman de una puñetera vez, para dejar de ser padre y poder ser tú aunque sea sólo por un ratito.

Y he aquí, otro de los peligros: no se pueden hacer excepciones. Y esta es una regla de oro. Por muy tentador que sea saltarse el cuento un día y por muchas excusas que encontréis para hacerlo, no lo hagáis. Nunca. La lectura es un hábito (como comer, dormir o cepillarse los dientes) y requiere de una rutina. Es al menos mi experiencia: si te lo saltas un día, es bastante probable que se conviertan en varios seguidos, que el niño se habitúe y hasta a él mismo le cueste retomarlo porque seguramente haya encontrado otras alternativas al momento-cuento. Es mi humilde consejo.

10 claves para que los niños lean, para convertirlo en lectores, para que amen los libros

 

9) Utiliza el libro como recompensa

¿Qué es primero el huevo o la gallina? ¿Les gusta que les regales libros porque les gusta leer o leen porque les regalas libros? Ni idea, pero funciona.

Durante más de un año, mi hija sufrió ese horror llamado ortodoncia. Creo que ahora puede recordarlo hasta con cierto cariño porque cada revisión se completaba con una visita a la Fnac donde, después de inspeccionar y rebuscar entre las estanterías, elegía el libro que quería comprar. Era un ritual que se repetía una vez al mes (y si se soltaba algún bracket inesperadamente, podían caer dos).

A veces, yo aprovechaba para hacer recados por la zona y la dejaba allí: no es la primera vez que se leía en ese rato algún libro, así que salíamos con uno en la bolsa y dos o tres más leídos. Y no, la Fnac nunca salió perdiendo porque también más de una vez me la encontré asesorando a padres, abuelos o tíos que buscaban muy perdidos algún libro para regalar a sus niños. Puedo garantizar que ha sido la mejor prescriptora de literatura infantil y juvenil que ha tenido nunca la Fnac de A Coruña. Y gratis.

Y más de una vez también, se empeñó en que le comprara alguno de los libros que había tenido tiempo de leer allí. Y yo se lo compraba claro, porque yo también he necesitado poseer los libros que me han ganado y que había leído prestados.

10 claves para que los niños lean, para convertirlo en lectores, para que amen los libros

 

10) No obligar nunca a leer

JAMÁS

Y aunque la coloque en último lugar, esta debe ser la regla número 1 de este decálogo.

©Paula Verde Francisco (Mi mirada te hace grande)

©Paula Verde Francisco (Mi mirada te hace grande)

 

 

¡Feliz lectura!

¿Por qué el sistema educativo se empeña en matar lectores?

Estoy convencida de que uno de los mejores legados que les puedo dejar a mis hijos sería el amor por los libros. La lectura no sólo supone una fuente de placer inmensa o un vehículo de evasión de una realidad que muchas veces no nos gusta y que nos permite acercarnos a universos y personajes más afines a nuestro mundo interior que el real, sino que además es la llave de la libertad.

A la lectura se llega primero por placer y, con el tiempo, se acaba descubriendo ese instrumento de libertad que representa. El ejercicio de la lectura nos permite desarrollar una capacidad de razonamiento que requiere de práctica, pone a nuestro alcance fuentes variadas y a veces contradictorias que nos obligan a elaborar nuestras propias conclusiones y a desarrollar esa facultad tan importante llamada criterio propio y que supone la mejor vía para acercarse a una verdad más justa y objetiva que aquella que se nos da ya masticada y elaborada. Hasta tal punto los libros representan un instrumento de cambio y transformación de una sociedad, que ha sido una constante en la historia de la humanidad la persecución, prohibición y quema de libros como el arma que efectivamente son.

Todos los conocimientos, todo lo que la humanidad es y ha sido, todo lo que se ha inventado, pensado, sentido y creado está en los libros.

©Paula Verde Francisco

©Paula Verde Francisco

Todo lo que la lectura significa, se contrapone a lo que la educación reglada representa. A día de hoy, y tal y como se desarrolla, parece tan sólo enfocada a fabricar seres uniformes amoldados al sistema de pensamiento de sus respectivas sociedades. Lo más curioso, es que la teoría de nuestro sistema educativo y los programas de estudio no lo exponen así y esos textos están plagados de un lenguaje y unos conceptos que propugnan todo lo contrario: fomento de la autonomía, la independencia y el sentido crítico, capacidad de razonamiento, educación en valores, desarrollo del criterio propio, aceptación de la diversidad y la diferencia, desarrollo de la tolerancia y el respeto, potenciación de la imaginación y la creatividad personal… Pero esa teoría, tan avanzada y liberadora, no ha ido acompañada en la práctica de un cambio en la metodología y se ha quedado tan sólo en eso: palabras.

Esa misma teoría educativa también reserva un espacio para el fomento de la lectura. La realidad de cómo se aplica, no sólo no consigue crear lectores sino todo lo contrario: alumnos que acaban aborreciendo los libros. En el caso de la Educación Secundaria, lo consiguen incluso con aquellos niños que ya llegaban siendo lectores. Yo tengo un ejemplo en mi casa.

El sistema educativo intenta fomentar la lectura por medio de dos conceptos que se contradicen con lo que los propios libros representan:

Obligatoriedad: se elabora un listado de libros que presupone que ciertas historias van a encajar con las características, gustos y personalidad de todos los niños de esa clase.

Por una parte, esta práctica aberrante presupone a todos los niños iguales, algo que no es real pero que viene a confirmar mi convencimiento de que lo que el sistema educativo persigue no es “formar personas”, sino “crear autómatas” (quienes no encajan, no se adaptan o no consiguen “simular que se adaptan”, son expulsados del sistema). Por otra parte, los libros representan libertad: cuando no se tiene siquiera la mínima que nos permita elegir nuestra propia lectura, llamémosle otra cosa pero no lectura.

Premura y urgencia: se obliga a completar un libro en un determinado espacio de tiempo.

Aún siendo lectora voraz, hay temporadas en que los días, e incluso las semanas, se me pasan sin un libro entre las manos. Porque la lectura requiere de un determinado ánimo (o estado de espíritu si se quiere) que no siempre se tiene. Menos aún cuando se vive en el mundo de la maternidad diversa. Son incontables los días en que soy incapaz de concentrarme en las palabras y me veo retomando el mismo párrafo una y otra vez, sin lograr concentrarme en su significado. Así que no, no se puede obligar a completar una lectura en un determinado espacio de tiempo. Recuerdo haber leído “La Regenta” en 3º de BUP a contrarreloj y encontrarme pensado sobre lo mucho que habría disfrutado su lectura si hubiera podido hacerlo con calma.

Resulta que, treinta años después, nada ha cambiado y veo a mi hija, lectora vocacional y entregada hasta iniciar la ESO, angustiada ante las páginas de un libro que debe apurar a tiempo para el examen del viernes (y cuya lectura debe compaginar además con deberes y exámenes). Así que, el sistema educativo parece seguir empeñado en matar lectores y esto afecta incluso a los que están consolidados.

Sistema educativo mata lectores-2

Me indigna pensar que todo el tiempo que he pasado buscando y revisando libros que se ajustaran a todo lo que yo sabía que iba a enganchar a mi hija (argumentos, localizaciones espaciales y temporales, protagonistas, ilustraciones e incluso tipografía), me lo han reventado de un plumazo. Horas y más horas rebuscando entre las estantería de bibliotecas públicas, librerías (pequeñas, medianas y grandes almacenes), webs y blogs especializados…. para nada. No pierdo la esperanza de que esa semilla vuelva a rebrotar algún día y que pueda volver a verla disfrutando con un libro entre las manos. Cuánto echo de menos ahora aquellos días en que tenía que reñirle para que regresara al mundo siquiera para sentarse con nosotros a la mesa o saludar a las visitas, y ella acababa escabulléndose de nuevo para leer a escondidas. Esa pasión le llevó a pedirme que creara un blog para ella donde poder guardar sus lecturas preferidas, imagino que como un forma de compartirlas con el mundo y de que aquellas sensaciones quedaran guardadas en algún rincón. Desde que empezó el instituto y sus lecturas se convirtieron en obligadas, Leer para dentro también quedó abandonado. Igual que su pasión.

Así que, resumiendo, el sistema educativo pretende formar lectores por medio de la lectura obligatoria y a contrarreloj. Y no, da igual el número de voces que se empeñen en gritar que así no sólo no se crean lectores sino todo lo contrario: personas que aborrecerán la lectura toda su vida, que el sistema educativo también está empeñado en no darse por enterado. Así que entiendo que, en realidad, no quiere formar lectores sino “hacer que forma”. Formar personas libres supone una amenaza para cualquier sistema, por muy amante de la libertad que se declare.

Así que, es a nosotros, las familias, a quienes nos va a corresponder lograr que nuestros niños lean, que lo hagan con agrado y que aprendan cómo usar esa puerta de libertad. ¿Existen otras vías para fomentar la lectura? Si, las hay, pero implican tiempo, esfuerzo y paciencia por parte de los adultos, así que nos decidimos por la vía fácil y rápida que representa la obligatoriedad pero que, repito, no sólo no es efectiva, sino que casi siempre consigue el efecto contrario: hacer que los niños odien la lectura.

Como no quiero alargar ni hacer pesado este post, intentaré reunir en otra entrada las claves que mi experiencia me ha enseñado que sí pueden ser efectivas. No soy docente, ni pedagoga, ni experta en literatura infantil (quiero decir que no tengo ningún título-papel que me acredite en este campo), pero me avala la experiencia de casi 15 años como madre empeñada en que dos niños de distinto género, gustos, aficiones, personalidad, características y hasta funcionalidad, amen los libros.

Y ojalá eso les ayude a convertirse en indomables Will Huntings.

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