Apanxonados

Antón regresó hace unos días de un campamento. Iba acongojado. Y no me extraña. Hay que ser muy valiente para irte de casa diez días a convivir con completos desconocidos, cuando tu autoestima está tan lastimada que incluso eres incapaz muchas veces de mirar al camarero en un bar para pedirle la bebida y lo haces a través de tu madre, tu tío o quien tengas a mano de tu confianza.

Lo dejamos allí después de un viaje de casi dos horas en el que no abrió la boca. Seguramente por esa mezcla de angustia, miedo e incertidumbre. El chico que recogimos diez días después no podía ser una persona más feliz y desinhibida 😊

La tarjeta donde los monitores le habían dejado mensajes de despedida me dio ese día ciertas pistas. Él estaba tan triste y tan de bajón porque el campamento había finalizado, que tampoco quiso hablar durante el viaje de vuelta.

“Eres un artista, Antón, jamás olvidaré tu sonrisa. Nos queda pendiente una partida al Catán.” A.

“Muchas gracias por haber sido un acampado tan genial. Nos escribiste un discurso de despedida super bonito y espero estar en el reparto de tu próxima obra.” A.

“Lucha por tus sueños Antón, te quiero ver triunfar.” S.

“Te seguiré fundiendo al virus. Un abrazo grande crack.” H.

“Eres un grande. No cambies.” A.

“Sigue siempre así de alegre y participativo. Nunca te avergüences de nada, porque eres un chico FANTÁSTICO. Gracias por tus sonrisas.” M.

“Antón, persigue tus sueños. Espero verte en la gran pantalla porque el mundo tiene que conocer tu talento. Te quiero.” L.

“El mundo te depara muchas cosas geniales, ve a comértelo entero y sigue con esos juegos de mesa.” R.

“No dejes nunca de brillar. Eres una persona increíble. Gracias por tanto Antón. Ojalá nos volvamos a encontrar y bailar el Moombathon.” L.

“De X para Antón: contigo aprendí más de lo que tú pudieses haber aprendido de nosotros. Eres la caña.” X.

 

Lo sé. Sé que en las tarjetas de despedida, como en las de cumpleaños o las dedicatorias de los libros, sólo se escriben las cosas bonitas. Pero conociendo como conozco a mi hijo, yo sé que esas palabras no pueden ser más sinceras y que están escritas desde el corazón. Porque han podido convivir con él durante diez días, lo que significa que han podido conocerle. Y os aseguro que cualquiera que pudiera y quisiera conocer a Antón, pensaría y sentiría exactamente lo mismo que esas chicas y chicos.

Como estoy igualmente convencida de que lo harían sus profesores, si dispusieran del tiempo necesario para conocerle y entenderle. Y hablo de “entenderle” no sólo en sentido figurado, sino también literal. Porque hablando con Antón una media de una hora en todo el curso (que es para lo que da de sí el sistema en secundaria en el caso de un alumno de sus características), resulta imposible llegar a entender su forma de fonar.

Si quisieran conocerle y dispusieran, además, del tiempo necesario para poder hacerlo, dejarían de ver una etiqueta y acabarían viendo, por fin, al ser humano maravilloso e increíble que está encerrado dentro de esa inseguridad y baja autoestima que provocan una forma no normativa de hablar y moverse.

Seguramente esto aplica también para el resto del alumnado. Y también en sentido inverso: que los alumnos pudiesen conocer a su profesores. Si docentes y alumnos pudiesen disponer del tiempo y el tipo de actividades que permitieran conocerse unos a otros, estoy segura que la práctica de la docencia sería muy distinta. Unos dejarían de ver expedientes académicos y otros señoras y señores que se turnan entrado en clase para explicarles los contenidos que marca el currículo cada curso.

Unos podrían saber que ese niño introvertido, que apenas habla o interactúa en clase, vive el mundo del espectáculo con la misma pasión que otros compañeros el fútbol. Que no sólo odia la comida rápida, sino que es un sibarita de la buena mesa, aunque su peso parezca indicar lo contrario. Descubrirían que a pesar de estar siempre sólo en los recreos, no puede ser un ser más sociable y ávido de compañía. Que tras esa aparente seriedad con la que se le ve por los pasillos, se esconden un ingenio y un sentido del humor extraordinarios.

Al igual que sería también estupendo que el alumnado descubriera que detrás de la profe de Biología no sólo hay una persona de la que depende su aprobado o su suspenso, sino una persona a la que le apasiona la música y que forma parte de un coro de gospel, con la que pueden comentar muchas series que tienen en común y que si hay temporadas en que no es capaz de esbozar una sonrisa en clase, no es porque no le guste enseñarles o estar con ellos, sino porque está pasando por el trance de acompañar a su madre en un desolador proceso de deterioro cognitivo que le resta toda la energía.

La escuela, especialmente en Secundaria que se convierte en un trasiego de personas entrando y saliendo de clase, no da el tiempo, el espacio ni el sosiego necesarios para permitir que convivan seres humanos en las aulas. No deja otro tiempo, espacio y urgencia más que para la convivencia entre examinadores y examinados.

Ojalá podamos repensar esa escuela y construir otra en la que la humanidad sea la columna vertebral del currículo.

*Nota: El título del post es un juego de palabras. El lugar donde se desarrolló el campamento se llama Panxón y apaixonado significa apasionado en gallego, así que los campistas se autodenominaron apanxonados. Y yo, cazapalabras vocacional, me voy a quedar con este maravilloso calificativo para siempre jamás.

Apanxonados: dícese de las personas extraordinarias que quieren y consiguen conocer al ser humano que hay tras “el otro”.

Mensaje para los padres y madres de TikTok que utilizan mi cara para hacer llorar a sus hijos

Artículo original de Melissa Blake:“A message to TikTok parentes who use my face to make their kids cry”

Eh, mira”. Me quedé impasible mientras leía el último de los mensajes que me llegaba diciéndome que había visto mi foto en TikTok, donde se estaba compartiendo de forma cruel. “¡Sorpresa!

Me lo tomé a broma porque, evidentemente, no me sorprendió. Como mujer con discapacidad que soy, el hecho de que la gente me ridiculice y se ría de mi aspecto es la cosa más previsible de las redes sociales.

Melissa Blake, disability activist

Nací con Síndrome de Freeman-Sheldon, una condición genética que afecta al desarrollo óseo y muscular, y también soy escritora freelance y activista de la discapacidad, lo que significa que parte de mi trabajo implica ser muy activa y visible en las redes. Y como mi aspecto es diferente, me han llamado de todo: desde repugnante a pez gota (blobfish), pasando por decir que deberían prohibirme publicar en redes.

Pensaba que ya lo había visto todo. Pero hace unas semanas descubrí que estaba volviendo a ocurrir, esta vez en TikTok y a través de algo denominado el reto del profesor nuevo. Es la última tendencia viral, que consiste en que los padres enseñen a sus hijos fotos de personas con discapacidad diciéndoles que es su nuevo profesor. Por supuesto, además graban la reacción del niño, que suele ser de espanto y bochorno. Y todo esto se hace por mera diversión.

Sin embargo, yo no me río, porque nada de esto tiene la menor gracia. Me asquea por completo.

Cuando hace poco la conferenciante y autora Lizzie Velasquez descubrió que una madre estaba utilizando una foto suya para grabar la reacción de horror de su hijo, fue a su cuenta de Instagram para condenar esta moda e instar a los padres a servir de mejor ejemplo para sus hijos.

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TikTok, necesito que me ayudes”, exponía. “Si eres un adulto con un pequeño ser humano en tu vida, por favor, no le enseñes que está bien tenerle miedo a alguien que no tiene el mismo aspecto que ellos. Por favor. Todo lo que estos niños y niñas deben aprender sobre empatía y amabilidad con el otro empieza en casa.

Los adultos que creen que eso está bien, o peor… que es incluso gracioso, deberían ser conscientes de que no es así. No puede haber absolutamente ninguna justificación. Son ellos los que deberían enseñar a sus hijos lo dolorosas y crueles que resultan esas bromas, y no quienes se estén riendo a sus espaldas porque su hijo se espanta al ver a una persona con discapacidad. Vivimos en una sociedad donde las personas que tienen un aspecto “diferente” son vistas como feas y grotescas. Esos mensajes empiezan a enseñarse a edades muy tempranas. Pensad en cuantos villanos de Disney presentan algún tipo de deformidad.

Sin embargo, no puedo más que sentir pena por esos niños y niñas. Imagina a tu madre grabándote en un momento de vulnerabilidad, donde no puedes evitar echarte a llorar, y que lo comparta para que todo el mundo lo vea. ¿Cómo puede ser que humillar a tu hijo, o ver a otros niños pasando por lo mismo, resulte gracioso?

Esta broma de TikTok tan sólo ha puesto patente lo importante que es la representación de la discapacidad, especialmente teniendo en cuenta el hecho de que en Estados Unidos hay 61 millones de adultos con discapacidad (lo que significa uno de cada cuatro). Más allá de esto, necesitamos normalizar el ver a gente que no tiene el mismo aspecto que nosotros o que los miembros de nuestra familia. Tenemos que enseñar a las próximas generaciones que las diferencias deberían celebrarse, y no temerlas o reírnos de ellas.

Debemos dejar de considerar que una cara distinta sea de por si algo malo o que provoque miedo, o que merezca convertirse en una tendencia esperpéntica y cruel en TikTok”, afirma la escritora Ariel Henley, que nació con el Síndrome de Crouzon y no es ajena a las palabras crueles que le lanzan a través de las redes. “Sueño con el día en que una cara como la mía sea tan normal que deje de ser un problema.

Hasta ahora, TikTok no ha hecho demasiado por combatir ese odio en su espacio. Cuando la gente denuncia cuentas que han utilizado mis fotos para este reto, reciben una declaración afirmando que TikTok no ha encontrado nada que viole las normas de la plataforma. No sólo allí. Cuando he denunciado cuentas de Twitter por publicar fotos de un pez gota para mofarse de mí, han sido mayoría las veces en que Twitter me responde que tampoco se ha violado ninguna norma.

Quiero dejarlo bien claro: sí soy violada. Todas y cada una de esas veces. Cada foto, cada burla y cada palabra cruel es una clara violación de mi dignidad y de mi valor como ser humano. Y cada vez que estas plataformas deciden no emprender ningún tipo de acción, están enviando el mensaje de que este tipo de acoso está bien. Demasiadas personas con discapacidad nos hemos acostumbrado a ser motivo de mofa por nuestro aspecto. Y eso es algo a lo que no tendríamos que acostumbrarnos jamás.

Una de mis activistas de la discapacidad preferidas es Carly Findlay, una escritora australiana que nació con una rara y grave afección cutánea que hace que su aspecto facial sea diferente. No se cansa de combatir a la gente que se mofa de ella en las redes. Cuando Reddit enlazó su blog en 2013 y comenzó a recibir una avalancha de comentarios repletos de odio, ella revirtió la situación y lo utilizó para contestar a todas esas publicaciones de forma que sirvieran para concienciar a la gente sobre sus diferencias faciales.

Esta actitud hizo que las respuestas, que en principio eran de odio y repulsa, se volvieran más empáticas”, comenta. “Mi autoestima se vio reforzada.

Findley aspira a un futuro donde la gente joven crezca siendo “tolerante e inclusiva pero nunca temerosa”. Esta esperanza en un futuro más luminoso y menos capacitista es la razón por la que yo sigo siendo tan visible y locuaz en las redes sociales.

La escritora con discapacidad Karin Hitselberger también publica con frecuencia selfies en las redes en un intento de normalizar la discapacidad, que es “una hermosa parte de la diversidad natural de nuestro mundo.

Este nuevo reto de moda lo que enseña a la gente es a temer a las personas con discapacidad”, afirma. “Modas como ésta perpetúan una narrativa que nos muestra como menos humanos.

Las personas con discapacidad no existen para que te rías de ellas. No somos objeto de mofa. Somos personas. Tengo la esperanza de que cada vez más gente, y también plataformas (TikTok, lo digo por ti), se unan a nuestra lucha. Os necesitamos a todos. Con o sin discapacidad.

Autora: Melissa Blake (So about what I said…)

Traduccción: Carmen Saavedra (Cappaces)