Mucho más que 3 ruedas

discapacidad / diversidad funcional, infancia, niños, maternidadMe cuesta desprenderme de cosas (aparentemente) inútiles. Mucho. Y como el espacio en nuestra casa es limitado, he acabado transformando la bodega de mis suegros en “la habitación de Diógenes”.

Estas navidades mi marido me dio un ultimátum: o colaboraba voluntariamente con él para desechar entre lo desechado o tiraba todo al contenedor directamente y sin titubeos.

Y todo iba más o menos bien hasta que llegamos al triciclo. ¿¿Tirar el triciclo?? ¡Ni de coña! ¡Por encima de mi cadáver!

Un triciclo de 1.000 pesetas (de las últimas que se usaron) que la abuela le regaló a mi hija mayor cuando tenía dos años y se encaprichó de él en una tienda de juguetes. Un triciclo de plástico que se acabó convirtiendo con el tiempo en las piernas de su (aún inexistente) hermano.

En los primeros años de vida de Antón, nosotros también nos centramos en intentar “arreglarlo”. Así que mi hijo pasó sus tres primeros años de terapia en terapia. Unas terapias cuyo objetivo era que ese niño funcionase de forma convencional: del modo en que lo hacían los niños que no habían nacido con una discapacidad. Los niños que sí tenían ese trocito de cerebro que a él le faltaba. Qué locura. Todo ese tiempo hizo falta para que yo (su padre llegó mucho antes) pudiera entender que lo que mi hijo necesitaba era que le proporcionara formas, estrategias, herramientas, instrumentos para poder ejecutar determinadas acciones o funciones. Caminos diferentes para llegar a un mismo destino. Antón hizo ese recorrido por sí solo, gracias a su esfuerzo, a su voluntad y a su tenacidad. Nuestra función consistió en ir apartándole los obstáculos que le salían al paso.

Y ese triciclo fue una de las vías principales con las que transitó por ese camino. Antón necesitaba explorar y descubrir el mundo por sí mismo, solo, así que intentamos que se desplazase de forma autónoma: primero arrastrándose y más tarde “culeteando” (se movía sentado e impulsándose con las manos). Antón culeteó por los pasillos de casas, aulas y hospitales, bibliotecas y prados, parques y calles… Depuró tanto la técnica que llegó a culetear sin la ayuda de los brazos, para así tener las manos libres y transportar cosas. Y cuando su hermana organizaba carreras en el parque en esta modalidad, él resultaba imbatible 🙂

Yo ponía rodilleras en la parte posterior de sus pantalones antes siquiera de estrenarlos. Y me convertí también en experta en morderme la lengua (no sé cómo aún la conservo): cada vez que algún espontáneo se me acercaba para recriminarme que el niño se estaba manchando o que se iba a enfriar. De verdad, nunca entenderé a este perfil de señora (porque siempre son féminas) convencidas de que esos niños les duelen más a ellas que a sus propias madres. En fin…

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El caso es que un buen día mi santo recuperó ese triciclo convencido de que su hijo, que era incapaz de mantenerse en pie, sí iba a conseguir pedalear. En serio, después de tantos años aún no he conseguido saber si es un optimista o un completo iluso.

A Antón le resultó imposible mantener siquiera los pies sobre los pedales… evidentemente. Pero lo que sucedió a continuación fue extraordinario: empezó a propulsarse con las piernas y consiguió avanzar. Y encima resultaba que llegaba a lugares de casa que no había podido explorar jamás desde su limitado alcance de medio metro sobre el suelo. No se apeó de aquel triciclo desde ese día.

Su padre acabó serrándole aquellos pedales que no servían más que para amoratarle las piernas y empezamos a llevarlo a todas partes. Y también nos tropezamos con bastante incomprensión: aún recuerdo mi discusión con un empleado de la recepción en Faunia. No le cabía en la cabeza que ese triciclo equivaliera a la silla de ruedas de mi hijo, por más explicaciones que yo le diera. Que ya es humillante tener que explicar en público, rodeada de extraños y con el niño delante escuchando, que tu hijo tiene una discapacidad, que no puede andar y que usa ese triciclo para desplazarse. “Las sillas de ruedas sí están permitidas, los triciclos no”. Ese triciclo me ayudó también a conocer la magnitud de los “cabezas cuadriculadas” que hay por el mundo.

También se convirtió en un detector de “buena gente”. Antón fue el único niño del pueblo a quien se le permitió entrar motorizado en la tienda de chuches de Pura: “las bicis me las dejáis fuera, aquí el único que puede entrar sobre ruedas es Antón” (Pura dixit). Gracias también al personal del Gadis por permitirle deambular por los pasillos del súper.

Ese triciclo se convirtió por mucho tiempo en sus piernas (y me ahorró, de paso, muchas mordeduras de lengua). Y digo “ese” porque, precisamente por su simpleza, nos empeñamos en hacernos con otros más sofisticados y también más costosos. Pero Antón no quiso saber nada de ellos. Ni siquiera cuando las piernas le crecieron tanto que las rodillas le daban en la cara. Compramos triciclos más grandes. Tampoco. Ni verlos. Y no me extraña, porque “el suyo” era absolutamente perfecto.

Si pudiera, enmarcaría ese triciclo y lo colgaría de la pared del salón.

¿¿Cómo voy a tirarlo?? ¡Ni de coña! ¡Por encima de mi cadáver!

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El precursor de “el triciclo”

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Comments

  1. Hola Carmen: Completamente de acuerdo contigo!!!! Ese triciclo no debe acabar en un contenedor de basura. Como una de esas cosas inservibles que todos guardamos por lo que representaron en su día, una entrada de cine,una servileta………….y nos resistimos a desprendernos de ellas por los recuerdos y vivencias que nos aportaron y nos hacen recordarlos. Por los recuerdos y vivencias de y con ese super-triciclo merece un lugar privilegiado en vuestro hogar y sobre todo en vuestro corazón. Musutxus a mogollón para tí y Antón!!!!!

    • Te aseguro que para mí es más valioso que el más enorme de los diamantes 🙂
      Tengo también cajas llenas de dibujos de mi hija, de las cartas que le enviaba a los Reyes Magos o al Ratoncito Pérez, el predictor que anunció su llegada, el último chupete que usó Antón, el periódico del día en que nacieron, las invitaciones de cumpleaños que ellos mismos diseñaron, los cuadernos viajeros de la guardería, las notas del comedor…. Y te aseguro que nunca jamás pienso deshacerme de esas cajas

  2. Pepe Carrn says:

    Parece ser que a nadie le resulta fcil el proceso. . .

  3. OOhh… Quim también culeteaba igual igual que Antón!! Y ese triciclo… Qué decir!! Yo entiendo que lo quieras emmarcar! 🙂

    • ¿Te acuerdas de lo que te comenté?
      Sé que, sin ser especialista ni haberlo visto en persona, puede resultar una osadía pero he conocido a tantísimos niños como Antón durante estos años (en persona y de forma virtual) que estoy convencida de que Antón y Quim comparten diagnóstico. Dale un beso enorme de mi parte. Ojalá haya logrado cumplir su sueño 🙂

      • Ahora le doy muchos besos! De momento está en una escuela de teatro y ha salido en un programa de televisión en tv3, explicando su caso. Un abrazo y muchos besitos!

      • No lo creerás pero a Antón también le apasiona el mundo del espectáculo. Va a clase de teatro desde que tiene 4 años y esas clases representan su momento preferido de la semana. ¡No te imaginas lo feliz que es sobre un escenario!

      • Pues a Quim le pasa exactamente igual..!! Forma parte de un grupo de teatro aquí en nuestro pueblo, peró desde hace un poco además acude a una academia de teatro en Barcelona una tarde a la semana

  4. Estela Mari says:

    Hermoso relato!!!Uno busca, inventa , que se yo recursos, elementos para que siga adelante …..Cariños a todos desde Argentina

  5. Leyendo el texto no me quitaba de la cabeza la imagen de Antón en el triciclo en la boda de Alberto, qué alegría ver que has puesto esa foto, precisamente tal y como lo recordaba! Bicos

    • No te imaginas el stress que pasé ese día porque el pobre triciclo ya estaba supermachacado y se encaprichó de él otro niño de la boda que era un poco bruto y le daba cada cachiporrazo. Me pasé todo el baile detrás del dichoso niño para quitarle el triciclo al primer descuido. Acabé escondiéndolo debajo de una mesa, no te digo más. Creo que eran invitados del trabajo y no conocían las circunstancias de Antón ni la función tan importante que ese triciclo tenía para él. No quiero imaginar lo que debieron pensar de mí aquel día… Un besazo, Sandra

  6. No lo tires!!!!!! Por los siglos de los siglos ese triciclo tienes que guardar!!!
    Qué guapura de niño, por cierto 🙂

  7. Un cuadro, haz un cuadro. Nada de tirarlo. Un beso grande.

  8. Estupenda historia, Carmen.
    Ingenio y tesón, es lo que hace falta en muchas ocasiones, y … de eso tenéis mucho.
    Seguid así.

    Creo que tengo alguna foto del triciclo “AmarAnton”.

    Bicos

  9. Gracias por compartir está historia tan bonita, me ha dado unos ánimos tremendos.

  10. Carmen, gracias por contarnos la historia del triciclo de Antón, ¡¡coincido plenamente, merece un final mucho más digno que acabar en el contenedor del plástico!!! y gracias también por enviar tantas preciosas fotografías, me encantan!!!!!!!! Tus relatos de vida siempre me sacan lágrimas, me tocan! pero también tienes la capacidad de hacerme llorar con una sonrisa en la boca!!! Muchos besos!!!!

  11. Carmen, gracias por contarnos la historia del triciclo de Antón, ¡¡coincido plenamente, merece un final mucho más digno que acabar en el contenedor del plástico!!! y gracias también por enviar tantas preciosas fotografías, me encantan!!!!!!!! Tus relatos de vida siempre me sacan lágrimas, me tocan! pero también tienes la capacidad de hacerme llorar con una sonrisa en la boca!!! Muchos besos!!!! Nuria Villa

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