Esta foto es de hace exactamente un año, cuando celebramos en familia la publicación del libro de Antón: «Uno más, nada menos. Diario de una resistencia ignorada».
Hoy quiero recordar aquellos días de ilusión y emoción la preciosa carta que le ha enviado a Antón una de sus últimas lectoras. Les he pedido permiso a los dos para compartirla y me lo han dado.
Gracias, querida Q. 🧡

Querido Antón:
Tú no me conoces, pero yo a ti sí 😊
De hecho, puedo decirte que te conozco antes de que nacieras.
Éramos vecinos y, a veces, la canguro adolescente de tu hermana cuando tus padres salían.
Amara tuvo la paciencia de convertirse en el primer pañal que cambié en mi vida. Era tan buena y tan bonita que parecía entender perfectamente mis gotitas de sudor mientras yo intentaba hacerlo lo mejor posible.
También recuerdo a tu madre embarazada de ti como si la estuviera viendo ahora mismo. Y recuerdo perfectamente el día que fuimos a conocerte, recién nacido. Eras un auténtico muñeco.
En casa sois una familia a la que queremos muchísimo.
Y gran parte de la culpa la tienen los padres que os han tocado: personas sensibles, comprometidas y profundamente bondadosas. De esas que dejan una huella mucho más grande de la que ellas mismas imaginan y, desde luego, mucho mayor de la que pretenden.
Por cierto, perdona mi mala educación.
Yo soy Q. para la familia y M. para casi todo el mundo.
Soy de Madrid, aunque durante años viví en Sada. Mis padres son gallegos, se criaron en Madrid y, ya de adultos, decidieron volver a Galicia. Yo me fui con ellos y, con el tiempo, terminé regresando a mi punto de partida.
Gracias a aquel viaje de ida y vuelta tuve la suerte de conocer a tus padres.
Ahora mis padres pasan gran parte del año en Madrid, con mi chico y conmigo, con nuestra familia, con sus amigos de siempre y con todos esos recuerdos que siempre son raíces. En verano regresan a Sada. Yo voy pero de tarde en tarde.
Hablan muchísimo de vosotros. De lo grandes que estáis, de lo guapos y de las personas en las que os estáis convirtiendo. Se les iluminan los ojos cuando hablan de vosotros.
No puedo evitar sentir una pequeña tristeza al comprobar lo deprisa que pasa el tiempo.
Supongo que para mí siempre seréis aquellos dos muñecos.
Cuando me dijeron que habías escrito tu primer libro, les pedí que, por favor, compraran un ejemplar.
Tengo que confesarte una cosa.
Me lo leí de una sentada.
Y al terminar pensé que aquello no era un libro.
Era una conversación que llevábamos demasiado tiempo necesitando.
Leo desde que tengo uso de razón. Escribo desde la misma época. Y tengo la costumbre de subrayar los libros cuando encuentro frases que quiero que se queden un poco más conmigo.
El tuyo está lleno de ellas.
Antón, has conseguido algo muy difícil.
No sólo has escrito un libro.
Has dejado una conversación esperándonos para cuando ya no estemos.
Quizá esa sea una de las formas más bonitas de entender la palabra legado.
Tengo 42 años y, aunque no tengo hijos, suelo decir que tengo muchos niños repartidos por el mundo.
Creo que siento una sensibilidad especial hacia ellos desde que tengo memoria.
Cuando entré en la universidad empecé a hacer voluntariado y nunca he dejado de hacerlo. He acompañado a niños en hospitales, he dado clase en orfanatos de Nepal y de la India y ahora estoy escribiendo mi primer libro. La excusa es recaudar fondos para causas menos conocidas y demasiado importantes.
Creo que te encantaría conocerlas.
Te cuento todo esto para que entiendas porqué tu libro me ha tocado la fibra de una manera tan especial. Y eso que reconozco que no soy objetiva, porque sois demasiado especiales para nosotros.
Mientras leía, a veces tenía que cerrar el libro porque sentía que iba a echarme a llorar en mitad del metro.
Otras veces sonreía.
Y muchas me reía contigo.
Era como si nos conociéramos desde hace mucho tiempo.
Como si estuviéramos teniendo una conversación los dos.
Hablas de cosas que siguen siendo tan surrealistas tener que explicar que inevitablemente me acordé de una frase que mi padre me enseñó cuando era pequeña:
«Nadie es más que nadie, pero tampoco menos que nadie.»
Con los años también he aprendido otra cosa.
Muchas personas hacen daño desde el miedo o desde la ignorancia.
No desde la maldad.
A esas personas les hace falta escuchar historias como la tuya.
Pero luego están quienes humillan, excluyen o se burlan sabiendo perfectamente lo que hacen.
A esos no les hace falta pedagogía.
Les falta humanidad.
Hace unos ocho años me ocurrió algo que cambió todavía más mi forma de mirar el mundo.
Tuve una parálisis en la pierna derecha y tuve que aprender a caminar otra vez.
Me marcaron muchísimo las miradas, los comentarios y esos pequeños gestos que parecen insignificantes hasta que un día eres tú quien los recibe.
Descubrí obstáculos en la calle que durante más de treinta años habían sido completamente invisibles para mí.
Y descubrí otros dentro de mi propia cabeza.
Lo llevé casi en silencio.
Ni siquiera dejé que mis padres me vieran hasta encontrarme mejor porque me daba miedo el impacto que pudiera causarles.
Con muchísimo esfuerzo, caminando como una olímpica gracias a mi fisioterapeuta de siempre, conseguí recuperarme.
Aún así, cuando vuelve ese hormigueo que todavía aparece de vez en cuando, el miedo vuelve a saludarme.
La diferencia es que ahora he aprendido a darle la mano, en lugar de dejar que me la apriete.
Y también he aprendido a hablar de ello.
A escribir.
A compartirlo.
Porque he descubierto que nuestras vulnerabilidades —las visibles y las invisibles— son también el lugar donde vive nuestra autenticidad.
Y, aunque a veces sea una auténtica putada, también nuestra belleza.
Por eso no puedo ni imaginar todo lo que habrás tenido que vivir tú.
Ni todo lo que habrán sentido tus padres, Amara, tus abuelos y todas las personas que te quieren.
Suelo decir que todos tenemos partes rotas que no se ven.
Quizá por eso necesitamos tratarnos con mucha más compasión y mucha más amabilidad.
A mí también me marcó profundamente mi abuela.
Siempre me repetía:
«Si no nos ayudamos unos a otros, ¿para qué vivimos?»
Nunca he encontrado una respuesta mejor.
Creo, de verdad, que tu libro debería leerlo cualquier persona.
No porque hable del síndrome de Joubert.
Esa es una parte de tu historia, pero no la historia entera.
Lo importante es que habla de todos nosotros.
De cómo miramos.
De cómo educamos.
De cómo incluimos o excluimos a alguien con gestos tan pequeños que a veces ni siquiera somos conscientes de ello.
Habla del famoso sistema.
Y el sistema, al final, somos nosotros.
Ojalá sigas escribiendo.
O comunicando de la manera que tú quieras.
O creando.
Quiero verte actuar.
O cambiando todas las veces que te apetezca.
Porque eso también forma parte de crecer.
No dejes nunca que nadie te convenza de que tu voz ocupa demasiado espacio.
El mundo necesita muchas voces como la tuya.
Tu voz, tu mirada, tu sonrisa y tus sueños ayudan a que otros miremos el mundo con un poquito más de luz.
Y eso ya es muchísimo.
Mientras tanto, si alguna vez te apetece compartir unas buenas croquetas en mi ciudad, esa que tanto quieres, aquí tienes siempre tu casa y mis brazos abiertos.
Porque los libros tiene una magia muy rara.
Consiguen que dos personas que apenas se conocen terminen sintiéndose un poco menos desconocidas.
Gracias por escribir este libro.
Gracias por abrir esta conversación.
Y gracias, sobre todo, por recordarnos que nadie debería tener que pedir permiso para ser quien es.
Con todo mi amor para tus padres, tu hermana y especialmente para ti.
Q.




























































Madre mia me estoy emocionando de leer lo que has compartido. Que puedo decir yo, que siento perfectamente todo esto y el orgullo y motivación para tu vida Antón, a por más
Gracias, Belén.
Abrazos enormes para los tres ❤️ ❤️ ❤️