Sobre nombres y miradas

A menudo, la gente llama a Antón por otro nombre que no es el suyo. Y no me refiero tan sólo al típico error de llamarle Antonio en lugar de Antón. No, se trata de nombres que no se parecen absolutamente en nada al suyo: no tienen ninguna similitud fonética, ni empiezan por la misma letra, ni tienen el mismo sufijo. Lo que me resultaba curioso (y acabé dándome cuenta con el tiempo), es que había dos nombres que se repetían con sorprendente frecuencia en boca de gente completamente distinta.

Hasta que un buen día, de golpe y porrazo, tuve una iluminación y caí en la cuenta de lo que estos nombres tenían en común e incluso entendí a que otros niños concretos pertenecían y qué característica compartían con Antón. No era el color del pelo o de los ojos, ni la altura o la edad (uno de ellos ni siquiera es ya un niño, sino todo un adulto). Esos tres nombres tenían algo en común y no era una cuestión fonética ni fisonómica: pertenecían a varones de nuestro pueblo con discapacidad.

Y el caso es que ni siquiera su diversidad, su tipo de funcionalidad distinta a la media estadística, tiene nada en común con la de Antón. Lo que estos tres nombres tenían, y tienen en común, es la mirada que muchas personas (demasiadas) proyectan sobre ellos y que los convierte, ante sus ojos, en seres uniformes. Es el tipo de mirada con que nos han enseñado a andar por la vida y que, a través de un proceso de cosificación, deshumaniza a las personas con diversidad funcional y las convierte a todas en el mismo ser.

De ahí quizás mi tendencia a compartir públicamente tantas cosas de la vida de Antón para que el mundo vea, conozca y sea consciente del SER HUMANO INDIVIDUAL y ÚNICO que es. Y resulta muy triste tener que exponer parte de nuestra privacidad para gritar y convencer al mundo de la humanidad de mi hijo.

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