Nos vamos

Llevamos casi dos semanas de no-curso. Nos hemos ido. Hemos abandonado el sistema. Y no soy capaz de describir la liberación que sentimos.
 
Es mi primer septiembre en paz y libre de la angustia que he sentido en esta época del año durante demasiado tiempo.
 
Cuando comento estos días con algunas personas esto, que casi se podría llamar felicidad, que estoy sintiendo ante esta nueva vida, me miran pensando que he debido iniciar una especie de vacaciones perpetuas. Y es porque ni se imaginan lo que ha sido mi vida, nuestra vida, durante los últimos años. Especialmente los cuatro últimos de instituto.
 
No se imaginan que cuando tu hijo baja del bus escolar, lo primero que le preguntes sea qué deberes tiene para ese día. El agobio y la angustia cuando te informa que le han añadido un nuevo examen para esa semana en la que ya tenía seis, que en dos horas debe mandar un trabajo del que se había olvidado… No saben que durante los últimos años no hemos tenido fines de semana, ni puentes, ni nada que se pudiera llamar vida… Que las pocas salidas que hemos hecho, ha sido a base de pensarlas mucho y siempre con el remordimiento de que no deberíamos estar allí, sino anclados al escritorio de Antón. No imaginan lo que ha sido no poder desconectar jamás. Porque la mayoría de sus hijos e hijas no han tenido que hacer el esfuerzo tan colosal que el sistema exigía a Antón, ni esos padres y madres han tenido que vivir pegados a ellos cada tarde de cada semana de cada mes de cada año.
 
Hemos vivido esclavos de algo que cada vez tenía menos sentido. Que no aportaba absolutamente nada más que la angustia de sentir siempre que no llegábamos por más horas que le dedicásemos. Que aquello era cualquier cosa menos adquisición de conocimientos… Pero nos tienen tan ocupados en hacer que la rueda siga girando, que no somos ni conscientes de que en realidad estamos metidos en una jaula que nunca avanza.
Y un día del curso pasado Antón no pudo más.
 
Y el caso es que no pudo más, no por culpa de los deberes, los trabajos, las lecturas obligatorias, los exámenes o la carga lectiva. No pudo más por tanta soledad. Porque llevaba cuatro años completamente solo. Uno detrás de otro. En cada recreo, en cada clase, en cada pasillo. Solo. Invisible. Siempre.
 
Era tal el estado de desánimo y tristeza en que se encontraba (de lo que cualquier profesional catalogaría cercano a la depresión) que su padre y yo nos planteamos que había que hacer algo. Ese algo fue, en un principio, una ausencia a clase de varias semanas, con la excusa del coronavirus y de un contancto estrecho que en realidad nunca existió. Y durante esos días, aquel chico empezó a ser otro. Hasta que llegó el momento de volver a clase. Y el dolor con el que regresó fue todavía más intenso que aquel con el que se había ido. Porque nadie parecía haber sido siquiera consciente de su ausencia.
 
Y también un día quedé para tomar unas cañas con mi amiga Marta y llorar todo esto con ella. Me escuchó en silencio y cuando acabé me cuestionó el sentido de lo que estaba haciendo Antón y yo con él. Entonces me habló de su hermana, también maltratada por la escuela, que había abandonado el sistema con 16 años y había sido autónoma y completamente independiente desde entonces. Y, sobre todo, más feliz. O menos desgraciada.
 
En aquel momento me pareció un despropósito la salida que me proponía Marta. Pensé que ésa no era una solución para Antón, porque en nada se parecían tampoco sus circunstancias a las de su hermana. Pero no dejé de darle vueltas a la opción, que acabó materializándose tras varias reuniones con la orientadora y el tutor de Antón, a quienes no puedo dejar de agradecerles su empatía y su ayuda en aquella situación.
 
Y decidimos que nos íbamos. Antón ya había hecho todos los esfuerzos que estaba en su mano hacer y durante cuatro años nada había cambiado.
 
Antón seguirá estudiando a distancia por las mañanas, pero al menos dispondrá de las tardes y los fines de semana para vivir, con todo ese tiempo que hasta ahora le robaba la escuela. De todos modos, yo me pregunto cómo es posible que con treinta horas semanales de clases presenciales, puedan hacer falta otras tantas de trabajo en casa para poder aprobar. Si hace ya décadas que los adultos conquistaron la semana laboral de cuarenta horas, ¿para cuándo los niños y las niñas?
 
Nuestra familia ha decidido abandonar el sistema de forma presencial (y ojalá temporal), porque el dolor era ya insostenible. Me decía estos días una compañera de trinchera: «Vuestra “solución” aparte de injusta, no es exportable a otras familias. El desarrollo social y ciudadano de Antón está a salvo por su contexto cultural y familiar» Y lo sé. Sé que somos unos privilegiados hasta por haber podido permitirnos abandonar el sistema sin que eso signifique “abandonar” a Antón. Así que seguiremos luchando para que ninguno de los niños y niñas que están por nacer acudan cada día con el corazón encogido a un espacio que se supone debería acogerles, cuidarles y enseñarles pero que les maltrata, invisibiliza y niega oportunidades por su diferencia. Este curso vamos a tomarnos un descanso en ese proceso de resistencia que se hace tan duro, pero seguiremos detrás de las barricadas hasta el fin de nuestras vidas.
 
Pero no nos engañemos, el sistema no sólo lo conforman los profesionales, sino también las familias. Familias que muchas veces (demasiadas) educan, educamos, a nuestros hijos e hijas para que desprecien, ignoren y aparten a quienes no pueden ayudarles a subir a la cima. Sea lo que sea la cima. La responsabilidad no es sólo de la administración o de los profesionales de la escuela, sino que es colectiva. Y colectiva debe ser la solución.
Nuestra familia estaba agotada por tanta carga académica sin sentido, pero lo que en realidad nos ha expulsado de la escuela ha sido la soledad, por lo que la responsabilidad va mucho más allá de la escuela como institución. De hecho, me consta que ha habido profesionales en el instituto que han hecho esfuerzos en ese sentido y no sólo no ha funcionado, sino que ha sido contraproducente y ha generado más rechazo por parte de esos compañeros y compañeras a quienes han tratado de sensibilizar sobre la situación de Antón.
 
Nos vamos, pero con la esperanza de que en un par de años los compañeros y compañeras que Antón se encuentre en las aulas (y no él) hayan madurado lo suficiente para entender la suerte y el privilegio que es poder tenerle como amigo. Tengo claro que Antón ha estado en el mejor lugar que podría haber estado, teniendo en cuenta cómo funcionan la mayoría de centros de secundaria y muy especialmente el que le tocaba por zona. Volvería a recomendarlo con los ojos cerrados a cualquiera que me pregunte. Pero nada pueden hacer los profesores si las familias no enseñan a acoger a todo el mundo, a no aislar e invisibilizar al diferente.
 
Aprovecho para dar las gracias a los profesores y profesoras que sé que también habéis sufrido con esta situación y habéis tratado de darle solución: gracias Brais, gracias Juanlu, gracias Xoán, gracias Raquel, gracias Chus, gracias Milagros ❤️
puesta de sol sobre el mar con el cielo de color rojizo. A la derecha se recorta la silueta de un chico que está de espaldas y a la izquierda la de una isla

[📸 Descripción de la imagen: puesta de sol sobre el mar con el cielo de color rojizo. A la derecha se recorta la silueta de un chico que está de espaldas y a la izquierda la de una isla]

Comments

  1. Gracias por tanto esfuerzo, por tanta difusión… Que el nuevo camino, ahora, empiece a ser más liviano

  2. Alfonso González López says:

    Hola, te he leído en facebook, lo he compartido en mi muro y decirte que estoy de acuerdo al 200%. Soy maestro en la enseñanza pública y en facebook te he dejado mi opinión. Ojalá llegue el día en que NADIE se vaya… ¿Utopía? Puede ser, pero seguiré luchando por ella.

    Muchas gracias por tan precioso relato y por supuesto mucha suerte a Antón

  3. Se nos llenaa boca hablando de inclusión pero desde muy pequeños solo se encuentran trabas en sus caminos, no solo por parte de alumnos, padres … Los maestros también porque a mí pesar yo soy maestra pero mi hijo por desgracia se encontró en su primer año de enseñanza con una maestra que la palabra inclusión solo la quiere ver en el diccionario y no sabe su significado, cuando un neuropediatra te dice que el necesita sociabilizarse con los demás niños y sacan a ese niño de clase porque altera una asamblea con 3 años… (Alterarlar es no permanecer sentado), que nadie te diga nada de tu niño con TEA, sabiendo que no sabe hablar … Y que lo lleves al parque y escuches a niños de 5 años de edad referirse a el llamándolo el monstruo porque una maestra de apoyo lo saca constantemente a dar vueltas por un patio … Yo con 3 años he cambiado a mi hijo de centro y sin duda es la mejor decisión que hemos tomado, pero es una pena todo lo que ha vivido el y los padres. Una pena que se hable de inclusión si luego no es lo que se hace. ( La historia es más larga, datos reales y en un centro d Granada, pequeño y con nombre pero a la vez discriminatorio y cruel)

  4. Qué pena me da, Carmen, que tanto Antón como vosotros tengáis que pasar por una situación así. Me pongo en vuestro lugar, y se me encoje el alma.
    Tan solo te puedo dar ánimos y, como bien dices, esperar que dentro de unos años cambie la situación para Antón, que se merece vivir en una sociedad que lo acoja como a los demás.
    Estoy segura de que mi hijo, querría ser amigo de Antón.
    Un abrazo fuerte!!!

  5. Totalmente de acuerdo. En nuestro caso, nuestra hija se liberó totalmente el día que finalizó la enseñanza obligatoria. Pero nosotros también incluiríamos como «culpables» de ese abandono escolar a sus profesores de primaria ( especialmente a los del último ciclo). Distaban mucho de ser personas, cuanto más profesores con empatía y vocación. Nunca ninguno de ellos apostó ni por el potencial de mi hija, ni por el de ninguno de los compañer@s que el sistema educativo había metido en el mismo saco. Alguno de ellos ha alcanzado metas inimaginables, que en el colegio nadie hubiese ayudado a lograr.
    Sería importante exigir a toda esta gente que decide estudiar magisterio pasar con una nota alta ( como medicina) y un examen exhaustivo para garantizar su vocación ante tal profesion.
    Es primordial en el desarrollo de cualquier persona un profesor de primaria que tenga auténtica vocación y sepa enseñar.

  6. Lili Ramon Valcarcel says:

    Nosotros ya nos tuvimos que ir hace 7 años, cuando mi hijo tenía 8. Al «sistema» no le importó. No hemos vuelto y sigue sin importarle. En este camino hemos encontrado de todo, bueno y malo, lo mas importante, los amigos. Estoy segura de que Antón también encontrará los suyos

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