El amor gana

Hace unos días, una persona entrevistó a Antón como candidato para una formación con la que estaba muy ilusionado. La entrevista duró unos pocos minutos y, en ese tiempo, esa persona que no había visto, escuchado ni leído jamás a Antón, le dijo que «no le veía en ese curso por su discapacidad» y además añadió que «no le veía capacitado para trabajar con niños».

No puedo explicar lo hundido que llegó a casa y cómo pasó los siguientes días.

¿Cómo pueden pesar tanto las palabras de una sola persona prejuiciosa y capacitista que, desde su prepotencia y soberbia como “experta en recursos humanos”, se atreve a juzgar a alguien en tres minutos?

Menos mal que son cientos más las personas que miran a Antón y no a una etiqueta, y que aprecian y valoran lo que es, cómo es y todo lo que puede aportar.

No han pasado ni 24 horas desde que lanzamos la preventa y ya hay casi doscientos ejemplares del libro de Antón reservados!

Estamos tan conmovidos por esta acogida… Es tanto el cariño y el amor que estamos recibiendo… que no hay palabras para expresar la emoción que sentimos.

Somos conscientes de que parte de esa emoción (casi colectiva) que se ha generado procede de ser voz de aquellos a quienes se les ha quitado.

Es una responsabilidad enorme para Antón, pero también un deber por la fortuna de estar entre los escuchados.

Gracias a Marigel López por el hermoso diseño del libro y por la paciencia tan grande que ha tenido con nosotros durante estos meses.

Gracias a Luz Mojtar por el precioso prólogo que sólo ella podría haber escrito así.

Gracias a Sonia López por un epílogo perfecto para la reflexión colectiva que espera impulsar el diario de Antón.

Gracias a todas las que habéis sabido mirarle a él y no a la etiqueta que le grabaron a fuego al nacer.

GRACIAS DE TODO 🧡

Portada interior del libro de Antón. Sobre fondo naranja aparece: ANTÓN (letras negras) UNO MÁS, (letras blancas) NADA MENOS (letras blancas) Diario de una resistencia ignorada (letras negras)

Puedes conseguir el libro a través del siguiente formulario: Antón: uno más, nada menos. Diario de una resistencia ignorada.

Hemos incluido un apartado para que quien quiera pueda compartirnos las razones que le llevan a comprar el libro.

Comparto algunas de esas respuestas maravillosas por aquí, como contraposición a las palabras que aquella señora le escupió a Antón y como vacuna contra todas esas personas expertas en orientación pero que tan desnortadas andan.

«Pues porque cada vez que leo a Antón me emociono muchísimo. Disfruto mucho con sus historias, anécdotas o reflexiones. Me encanta su naturalidad y su sinceridad. Estoy segura que lo voy a disfrutar mucho, a la vez que voy a seguir aprendiendo, porque he aprendido muchas cosas con él y su madre. Bueno, básicamente porque lo quiero mucho, le deseo lo mejor y quiero apoyarle en esta aventura, que seguro no será la última, porque Antón conseguirá lo que se proponga, estoy convencida. Es una persona MARAVILLOSA. Ojalá pueda recibirlo con una dedicatoria suya. Me encantaría recibirlo en mano, eso significaría que nos vamos a volver a encontrar, espero que pronto. Un enorme abrazo desde el sur. Y GRACIAS infinitas.»

«Querido Antón, hace mucho tiempo te dije que me absorbía leerte y que me encantaba. Que me gustaría que algún día publicases un libro y mira, mi deseo se cumplió. No te admiro por esas características que otros ven en negativo ni tampoco por tu diversidad, ni tan siquiera por esas historias que nos cuentas de lo negativo que has podido vivir y describir por discriminación. Te admiro por ser un chaval que escribe de una forma deliciosa, porque una vez leída la primera frase no puedo parar hasta el final, te admiro por tu valía y valentía, por esas descripciones detalladas de tus vivencias que me trasladan a casi verte en la situación vivida, por ese arte de escribir, porque cuando te leo no pienso en la diversidad que te acompaña, solo pienso en ti tal cual eres y te admiro porque me da la gana. Un abrazo enhorabuena y gracias por cumplir unos de mis deseos.»

«Me gustan los libros en general pero cuando están basados en hechos reales con mayor motivo y en este caso, comparto como madre de hijo de necesidades ese dolor, esfuerzo y lucha por defender su sitio en esta sociedad, que otros lo tienen sin más. Ese dolor que te rompe el alma y te anula como ser humano ante tantas injusticias. Por eso y por todo lo demás. Gracias y bravo por ser tan valiente y luchar por otros que no pudieron ni podrán. Me gustaría recibirlo firmado por favor “Para E…” que es mi hijo. Un beso enorme.»

«Antón fue un descubrimiento para mí en CompostELA. Mas tarde nos envió un vídeo contando su experiencia en el instituto que lo compartimos en el cole de mi hija I. en una charla que dieron Susi y ella para sus compañeros de clase sobre la ELA y la experiencia del CompostELA. En unos días van a volver a dar la charla para otro curso y esperamos volver a compartir las palabras de Antón con los niños. Estamos I. y yo deseando leer el libro y compartirlo con nuestra gente.»

«La mirada de una madre en cuanto nuestros hijos siempre es proteger y cuando existe discapacidad hay un fino hilo como tú dices Carmen de sobreprotección. La sobreprotección, las experiencias de nuestros hijos, pienso seguro que ayuda a que regulemos esa protección con sus experiencias. El miedo a que no estarás siempre, te hace cometer errores, yo estoy en ese dilema con C., hasta donde le ayudo o le perjudico.»

«La primera es porque conozco a Antón y a su madre virtualmente hace años y quiero mostrar así lo orgullosa que estoy de él. La segunda porque estoy segura que seguiré aprendiendo de él. Y la tercera, en agradecimiento a él por su lucha y a su madre, por la misma razón y por poner siempre palabras a sentimientos que, como madre de una persona con discapacidad, muchas veces no sé describir.»

«Antón me parece un ejemplo para esta sociedad, lo admiro por lo que lucha, a parte de que es un chico entrañable al que quiero y aprecio. También apoyar a sus padres, sobre todo a Carmen por luchar por Antón y gritarle a la sociedad que son uno MÁS en este mundo. Les doy las gracias por poder compartir con ellos momentos inolvidables. Mil gracias familia se os quiere.»

«Considero que el libro puede llevar a las Facultades de Educación la voz del alumnado. Imparto docencia en la formación inicial del profesorado, y estoy segura que será un texto para acercar a los futuros docentes que las dinámicas de exclusión y resistencia no son constructos teóricos solo, siempre tiene un o una protagonista, una familia y un contexto concreto.»

«Os sigo en redes desde hace tiempo y conocer más de las barbaridades que les ocurren a las personas con NEE/discapacidad me ayudará a poner más ejemplos a los futuros maestros de la Escuela de Educación de la Universidad de León, centro donde Alejandro Calleja y/o yo damos seminarios. Es necesario hablar tanto de lo malo (que suele abundar más) como de lo bueno, que es la situación actual de mi hijo M., con síndrome de Down. GRACIAS, ANTÓN.»

«También tengo discapacidad, y es un tema que me afecta enormemente. Soy estudiante de dirección escénica en la ESAD Málaga y para mí proyecto final de grado quiero escribir una obra de teatro justamente sobre la discapacidad y la discriminación e invisibilización, por lo que este libro es muy probable que me ayude a clarificar mis ideas. Gracias por escribir un tesoro como éste.»

«Primeiro porque Antón forma parte da miña familia teatreira, é un loitador, está visibilizando e representando a moita xente que se sinte excluida da educación e das actividades da vida cotiá. E para desaprender… si desaprender o que vivimos ou nos ensinaron. E por suposto porque quero entrega en man. Un grande Antón e a sua familia. Facedes historia.»

«Porque mi hijo M., que tiene los mismos años que Antón, ha sufrido lo mismo durante la secundaria. Ha estado completamente solo en los dos institutos por los que ha pasado. Me apetece mucho leer este libro porque sigo a Antón desde hace tiempo y me encanta lo que escribe.»

«Porque he visto crecer a Antón a través de las redes, y he seguido y apoyado su lucha y la de su madre y su familia durante todos estos años. Aunque no nos conocemos en persona, los siento como cercanos y apoyo este proyecto y me ilusiona como si fuese mi propio hijo!»

«Conozco a Antón hace varios años. Lo sigo en RRSS y conozco de buena mano sus textos. Vivo enamorada de su escritura desde que nos hizo una carta en el campamento, creo que un cachito de aquel papel se quedó para siempre en cada uno de nuestros corazones.»

«Me hace muchísima ilusión la publicación de este libro. Valoro profundamente la experiencia vital de Antón. Necesitamos estas voces para seguir luchando por un cambio real. Ojalá su próximo libro sea contándonos lo mucho que ha cambiado nuestra sociedad.»

«Carmen, Antón: cómo me alegro, ojalá pudiera elegir «entrega en mano». Espero leerlo y, en algún momento, llevarlo a que me echeis una dedicatoria. No estoy muy presente en redes últimamente pero no dejo de seguiros. Un abrazo. Y enhorabuena.»

«Me gustaría conocer más de la vida de Antón ya que lo considero un amigo y lo admiro muchísimo, además quiero apoyarlo en este proyecto por su fuerza y valentía para compartir todos estos textos que reflejan momentos duros de su vida.»

«Hola, sigo la vida de Antón hace muchos años, primero a través de su madre, Carmen y después desde su persona. Tengo un hijo con discapacidad de 17 años, también se llama Antón y muchas muchas veces me he sentido identificada con vuestras palabras. Me apetece mucho saber qué piensas Antón de muchos temas y como se siente y los afronta, para mí es muy enriquecedor y seguro me sirve para comprender más a mi hijo. Enhorabuena por el libro. Gracias Antón por dejarnos compartir tu vida.»

«Porque para mí sois familia. Porque me siento agradecida por todo lo que Antón me aporta y aporta al mundo; por su mirada transformadora; por su valentía de enfrentarse a tantas situaciones y querer compartir sus experiencias; porque necesitamos leer, conocer, escuchar, sentir historias como la suya para despertar, y comprender el auténtico valor de la diversidad; por el derecho a vivir la vida que deseas Antón… Uno más, nada menos. Buen Camino!»

«Celebro todos los proyectos de Antón y me gusta mucho cómo escribe. Sigo con mucho interés su criterio sobre las ultimas películas de cine, series de televisión, el festival de Eurovisión, los premios Goya… Lo conozco a través de la familia de la diversidad. Reconozco que a veces me satura la parte negativa que ello conlleva en una sociedad llena de egos, prisas y de competición mal entendida. Por eso escogeré cuidadosamente los momentos de lectura de este libro que sin duda debe y merece ser leído.»

«Porque siempre me encanta lo que cuenta y cómo lo cuenta!!! Siempre acierta con su mirada certera: sosegada y reivindicativa al mismo tiempo. Incita a reflexionar y a luchar por lo que realmente importa. No me lo pierdo!»

«Por lo poco que leí de Antón, creo que merece la pena leer su libro, ya que es una persona que te hace pensar y ver cosas que normalmente las pasamos por alto sin darles importancia cuando la tienen y mucho.»

«Como madre, cómo persona, como activista, como lectora fan de Antón…. Necesito leerle. Antón me transporta con sus textos a sus experiencias, a los lugares, a las personas que conoce. Necesito leerle.»

«Me parece muy importante la escucha (en este caso lectura) para conocer las situaciones de la vida a las que tienen que hacer frente las personas nombradas por su discapacidad y poder aprender de ellas.»

«Conocerte Antón aunque no haya sido en persona ha sido reconfortante. Compartir experiencias más alla de eso, compartir tu punto de vista sobre muchas injusticias…. me hace ilusión leerte :)»

«Porque gracias a Quererla es crearla, he entendido lo que es la inclusión, y el respeto a las derechos humanos de todas las personas… y que en la escuela y en el mundo cabemos todas…»

«Porque os queremos mucho, porque las palabras de Antón son sentidas, reales y vividas. Experiencias personales que nos enriquecen a todos. Abrazo grande para toda la familia.»

«Leer a Antón (y a su madre) siempre hace que crezcas como persona tras reflexionar sobre lo escrito. Quizás sea la forma más egoístamente maravillosa de querer leer un libro.»

«Os acabo de descubrir y me identifico con vosotros. Mi hija tiene una enfermedad rara que le impide comunicarse como a las personas de su edad (23 años) y se me ha pasado por la imaginación que como todos los chicos, adolescentes tenéis los mismos o parecidos pensamientos, quizá al leer a Antón es como si escuchara los pensamientos de mi hija. Un saludo.»

«Conocí a Antón personalmente y es un ser humano increíble, comparte todo con amor y desborda alegría, estar junto a Antón te invita a crecer, a reír, a compartir sin límites. Lo felicito de antemano, compartir sus vivencias es algo valiente y de seguro nos va enseñar a ver el mundo diferente.»

«Porque mi hijo M., que tiene los mismos años que Antón, ha sufrido lo mismo durante la secundaria. Ha estado completamente solo en los dos institutos por los que ha pasado. Me apetece mucho leer este libro porque sigo a Antón desde hace tiempo y me encanta lo que escribe.»

«Me encanta como escribe Antón, la frescura y cercanía que trasmite en sus textos. Compartir su experiencia es mi manera de acercarme y participar en este movimiento, que habéis iniciado, para conseguir una escuela, un mundo abierto en el que todos podamos ser los que somos.»

«Me interesa mucho conocer la experiencia de Antón. También su escritura. Siento que su valentía y su generosidad pueden ayudarme a acompañar mejor a mi hijo con autismo en las dificultades que debe afrontar todos los días en sociedad. Muchas gracias.»

«La razón es evidente, continuar lo que emprendiste y que tu madre ya había comenzado mucho antes, donde por casualidad la encontré y tantísimo me ayudó. Gracias por dar voz a los que como mi hija no pueden, miles de gracias, ¡un cariñoso abrazo!.»

«Quiero tener el primer libro de este camino de crecimiento personal de Antón, su compromiso por conseguir una educación inclusiva, iniciado en su adolescencia, tiene capítulos que no me los puedo perder. Te quiero mucho Antón.»

«Soy madre de un niño nombrado por la discapacidad (M.) y gracias a ello he conocido gente maravillosa, entre ellos la gran Carmen Saavedra y el más grande aún Anton Fontao. No puedo perderme este libro y no me lo voy a perder»

«Tuve la oportunidad de hablar un poquito con él en Menorca y en Barcelona, le sigo en redes y me encanta lo que dice y escribe y como lo dice y lo escribe. Quiero conocerle mejor y conocer su historia para aprender de ambos.»

«Conocí a Antón hace un par de meses en un curso en Carnoedo y me maravilló como persona, su inteligencia y su carisma. Quiero entender por qué, como seres humanos, somos capaces de apartar a quien es diferente a nosotros.»

«Gracias una vez más por vuestra generosidad, Antón y Carmen en compartir vuestras resistencias y luchas. Gracias por poner el cuerpo por tantas personas. Gracias por hacer el mundo un lugar más amable y más humano.»

«Le he preguntado a B. y me ha dicho lo siguiente «porque lo conocemos desde siempre, porque es un crack, porque nos parece muy importante lo que transmite y porque lo queremos apoyar como escritor» Besos»

«Razones hay miles pero la más importante es por lo mucho que quiero y admiro a Antón, por todo lo que me ha enseñado y me enseña; y porque gracias a él y a su familia, mi familia es más grande y más bonita.»

«Soy madre de hija con discapacidad y activista en la defensa de sus derechos desde ADISLI, su asociación. Tanto Anton como Carmen sois un referente para muchas familias y os sigo desde hace tiempo. Gracias»

«Conoci a Antón en un curso y lo admire desde el principio. Y admiro muchisimo a sus padres. Antón es bueno, guapo, bailarín, divertido. Buf un encanto»

«Soy educadora social especializada en autismo y considero imprescindible leer y escuchar a las voces autistas (que hasta ahora estaban siendo silenciadas o invisibilizadas).»

«Hace tiempo que te sigo en las redes. Soy una persona implicada y empática con las personas con discapacidad. Soy esposa y abuela de personas con discapacidad. Felicidades, muchas gracias.»

«Conozco al autor, su vida y su honesta forma de narrar el dolor durante su periodo escolar; estoy segurísima de que tiene interés para cualquier persona con sensibilidad.»

«Sin leerlo, sé que es imprescindible. Antón y sus textos, sus reflexiones, siempre me enseñan y me hacen pensar. No veo el momento de perderme en estas páginas….»

«Conozco a Antón. Nada más y nada menos. Quiero leerlo yo y quiero regalárselo a mi sobrina y a una gran amiga y mejor madre con una hija con parálisis cerebral.»

«El año pasado he aprendido mucho de Antón y Carmen a través de sus intervenciones en Campaña Mundial por la Educación, será un gusto continuar aprendiendo :)»

«Me encantó participar en la publicación del artículo en prensa de Antón y ahora estoy deseando leer su relato (más) completo. Eres un tío con mucho talento!»

«Madre de chico con tea y docente de filosofía en instituto. Uno para mí y otro para mi centro. Y quizá lo pueda poner como lectura a mis alumnos. Abrazos.»

«Hay que escuchar de primera mano la voz de personas con discapacidad, es la manera de normalizar una sociedad más respetuosa con todos. Tengo una hija con tea.»

«No me lo perdería por nada. Me encanta leer y escuchar a Antón. He aprendido y aprendo de ambos más que de lo que podría hacerlo en cualquier máster.»

«Porque estoy segura que me enseñará muchísimo y porque es muy necesario conocer las historias de vida de las personas. Y porque os quiero Carmen.»

«Tengo una hija con diversidad funcional de 19 años. Hace tiempo que os leo en el blog. Gracias por compartir vuestras vivencias.»

«Soy madre de gemelos con TEA y no tuve ni tiempo ni capacidad para reflejar mi experiencia como madre/ terapeuta/ cuidadora/trabajadora/mujer…»

«Porque después de conocer un pedazo de su historia y poder escucharlo, tanto dolor remueve almas y es un placer poder conocer a esa gran persona.»

«Haber seguido a Carmen y Antón durante años y estar en una situación similar. Temas así me parece importante dar toda la difusión posible.»

«Porque queremos cambiar el mundo o al menos la mirada de muchas personas y los que lo tenemos claro necesitamos empaparnos de su enseñanza.»

«Me encantaría que Antón me lo firmaras y dieras en mano. Me interesa mucho leerte Antón y conocer tu experiencia vital:-) Abrazo Amigo!»

«Me inspira mucho la fuerza de Antón y su alegría. Además es un lujo ver como se expresa y poder conocer un poco más de su historia.»

«Aunque yo siempre le he visto como a uno más, creo que se puede aprender mucho más cuando te explican las cosas de primera mano.»

«Coñezo a Antón e son moi fan porque escrebe xenial, con puntos e comas moi incómodas para o ensino e que necesitan saberse.»

«Porque la historia de Antón merece ser escuchada y siento que puedo aprender mucho de su experiencia. Gracias Antón.»

«Interés en las vivencias de las personas sometidas por el capacitismo, valor inmenso por vuestro trabajo.»

«Porque admiro y quiero a Carmen y a Antón y, por extensión, a toda su familia. Formáis parte de mi vida.»

«Sigo a Antón en redes sociales y me gustaría tener sus historias, comentarios y opiniones todas juntas.»

«Quiero regalárselo a mi hijo y a dos amigos tocados por la discapacidad, creo que les puede ayudar.»

«Soy maestra de educación especial, y sigo a Nacho Calderón y a través de él he conocido a Anton.»

«Conozco a Antón y soy parte del movimiento reivindicativo en el que están implicados!!»

«Porque somos muy fans de Antón y este libro no puede faltar en nuestra biblioteca IN.»

«Me interesan mucho las reflexiones de Antón, me parece una persona muy interesante.»

«Os tengo mucho aprecio a ambos y sé que voy a seguir aprendiendo mucho con vosotros.»

«Polo aprecio a Antón e poder xa non so ler, senón compartir as súas palabras.»

«Porque tenemos que demostrar entre todos todo lo que podemos hacer.»

«Interés por mejorar la respuesta educativa a la diversidad del alumnado.»

«Por lo mucho que lleváis luchado por la «EDUCACIÓN INCLUSIVA REAL”.»

«Porque Antón se merece que todo el mundo conozca sus vivencias.»

«Demasiadas razóns, as principais, cariño e admiración por Antón.»

«GRACIAS por hacer esto querida Carmen y queridísimo Antón.»

«Porque leer y beber de su historia es crecer en humanidad.»

«Conocer la gran capacidad, esfuerzo y creatividad de Anton.»

«Me apetece leerlo porque Antón tiene mucho que enseñarnos.»

«Curiosidad para ver el mundo a través de los ojos de Anton.»

«Porque quiero saber más de Antón.Porque me encanta Antón.»

«Lo quiero con firma de Antón. ARRIBA LA RESISTENCIAAAAAA!!!»

«Creo que mis razones son obvias… Lo quiero a millón!»

«Aprender a entender la diversidad de primera mano.»

«Porque Antón es el mejor escritor que conozco.»

«Porque Antón es un REFERENTE. Con mayúsculas.»

«Sobran las razones. Imposible poner sólo una.»

«Admiro a Antón y quiero saber más sobre él.»

«Porque me interesa mucho escuchar a Antón.»

«Por la humanidad que lleva en su interior.»

«Antón é o exemplo, así cambiase o mundo.»

«Seguir avanzando en el cambio de mirada.»

«Me encanta como escribe Anton, soy fan.»

«Voglio conoscere i pensieri di Anton.»

«Soy mamá de una comunicadora emergente.»

«Por amor a esta familia tan bella!!!!»

«Os sigo y estoy impaciente de leerlo.»

«Ver el mundo a través de otros ojos.»

«Estoy deseando leer este libro!!!!»

«Soy seguidora de vuestra lucha!»

«Me encanta todo lo que escribe.»

«Non hai razóns para non leelo.»

«Porque eres el mejor Antón.»

«Porque admiro al autor.»

«Encántame ler a Antón.»

«Adoro a este chaval.»

«Os quiero.»

«ANTÓN 🧡»

#Excusas

En la tienda online de camisetas La Tostadora, se ha abierto un rincón con ilustraciones de Ricardo Clemente, protagonizadAs por algunas de las excusas que se utilizan habitualmente en las escuelas para justificar la exclusión del alumnado nombrado por la discapacidad.

EXCUSA #1

EXCUSA #2

EXCUSA #3

EXCUSA #4

Además de para los eventos de Quererla es crearla o jornadas, talleres, conferencias o actos sobre el derecho a que todos los niños y las niñas y todos los chicos y las chicas se eduquen juntos, creo que son perfectas para lucirlas cuando, por ejemplo, tengas tutoría o una entrevista con inspección educativa. Para ir vestida de razón y de razones ✊🏽

Ni Quererla es crearla, ni el ilustrador, Ricardo Clemente, obtienen ningún beneficio de la venta de estas camisetas. Su objetivo es la visibilidad de las reivindicaciones de este movimiento. 

El pasado workshop Cataliza celebrado en Barcelona fue un auténtico festival de camisetas 😊 

 

Todos esos “es que”…

«Es que se aísla.» 

«Es que no tiene los mismos intereses que el resto.»

«Es que se autoexcluye.»

«Es que es muy infantil.»

«Es que le gusta estar solo.»

«Es que es más inmadura que el resto

«Es que no se entera.»

«Es que no escucha.»

«Es que vive en otro planeta.»

«Es que lo vives tú peor que él.»

Todas las personas que hemos asistido al Workshop Cataliza, hemos visto cómo han saltado por los aires todos esos argumentos que nos han dado en las escuelas para justificar la soledad y el aislamiento de nuestros hijos e hijas.

Lo más triste es que, a veces, hasta nos han llegado a convencer. Y nos lo hemos creído. Y nos hemos convertido en cómplices del maltrato que convierte a las víctimas de la exclusión en responsables de vivirla. Entonces, lo que vives en otros espacios te revela lo que esas frases eran en realidad: excusas para tranquilizar la conciencia de quien, pudiendo hacer, no hace nada; excusas para que no pidas lo imposible.

No, la soledad y el aislamiento no son inevitables. Lo que parece inevitable es lo poco que importan los derechos y la salud emocional de nuestros hijos e hijas en las escuelas.

¿Qué otras #excusas habéis tenido que soportar?

Os animo a que las compartáis en los comentarios 👇🏽

Iris & Indira

Ayer salí a cenar con el hombre de mi vida. En un momento de la cena, le conté una maravillosa conversación que esa misma tarde había tenido con nuestra amiga Indira. Y nos pusimos a hablar de ella. De lo increíble que es, de la fuerza que tiene y que nos da, de lo alegre que es, de cuánto nos divertimos y asombramos y aprendemos cada vez que estamos con ella. De la suerte que es tenerla en nuestra vida.

Y entonces expresé, entre el asombro, la pena y la incomprensión:«Y pensar que a las personas como Indira no se les deja nacer…».

«No hay palabras», contestó Antón.

Y no las hay.

Después en casa, ya en la cama y con mi horrible costumbre de mirar el móvil antes de dormir, me acordé de que era el día en que Ana Iris Simón publica su columna y la busqué para leerla. Y no podía creer lo que estaba leyendo. Hablaba de una niña de la clase de su hijo. Otro ser humano cuyos padres habían conseguido resistir la presión médica y social tras una prueba prenatal. Otra superviviente como Indira.

Y resulta, además, que la madre de esa niña era una de mis compañeras activistas en redes. Y le escribí en ese mismo momento, a pesar de la hora, para agradecerle lo que había conseguido: que con una carta y un café cambiara la mirada de una persona sobre su hija. Una persona, además, con un altavoz potentísimo.

Imagino que no dependió tan sólo de las palabras de Rosa, sino también de la persona que las recogió. O eso, o yo lo estoy haciendo fatal. Porque no consigo provocar ese cambio o, al menos, ese cuestionamiento.

Estoy agotada de intentar convencer (especialmente a las personas que se tienen por sensibles y con conciencia social y «de izquierdas») que estamos ejerciendo opresión sobre las personas nombradas por la discapacidad, que no respetamos sus derechos humanos y que somos una sociedad profundamente eugenésica. Y también harta de que, cada vez que expreso estas ideas en voz alta, me sitúen en la «fachosfera». Directamente entre Meloni y Milei. ¡Ya está bien, joder!

He perdido la cuenta de las veces que, cuando mi hijo era un bebé, me preguntaron si «lo suyo» no se podría haber detectado durante el embarazo. Que es lo mismo que expresar: Qué pena que no te pudieras deshacer de él antes de que naciera. No me cabe en la cabeza cómo hemos conseguido naturalizar este tipo de ideas. Cómo hemos aceptado un sistema de valores y creencias que deciden que unos niños pueden nacer y otros no.

Gracias a Rose y gracias a Ana Iris, por expresar esta idea en un espacio con esa enorme difusión. No se me ha ocurrido leer los comentarios a la columna, pero puedo imaginar lo atroces que serán.

Imagen de Indira y yo abrazadas

Mi amiga Indira y yo retratadas por nuestra Paula Verde Francisco

Enlace al artículo: La niña con el nombre de flor

Como acceder a la columna de Ana Iris requiere de suscripción, voy a cometer una pequeña ilegalidad y transcribirla por aquí. Espero que el equipo jurídico de El País sepa ser comprensivo.

En la clase de mi hijo hay una niña con nombre de flor. Tiene el pelo del color del trigo y los ojos azules y achinados. Como mi hijo, la niña con nombre de flor tiene tres años, le gusta tocar instrumentos y creo que también las fresas, porque un día me contó que las compartieron en el almuerzo.

Hasta hace unos meses nunca había hablado con sus padres, pero en marzo nos dejaron una carta en el casillero de la escuela: era el día del síndrome de Down y querían contarnos algunas cosas sobre las peculiaridades de su hija. Terminé de leerla emocionada y sintiéndome un poco ridícula por la compasión con la que los había mirado al cruzarnos por los pasillos. Para ellos, traer a su hija al mundo no había sido una faena sino un regalo, y así nos lo contaban.

Semanas después, unas cuantas madres nos quedamos a tomar café después de dejar a los críos. Y entre cortados y solos con hielo, la madre de la niña con nombre de flor nos habló de cómo recibió la noticia, de cómo se la dio a su entorno y del duelo de quien sabe que su hijo no va a ser como lo había imaginado. También nos contó sobre sus visitas al ginecólogo y sobre algo que, por lo visto, es habitual: que cuando una pareja recibe la noticia de que su bebé tiene síndrome de Down, los médicos asuman que van a abortarlo. E incluso, como les pasó a ellos, que les traten como si estuvieran haciendo algo malo por decidir no hacerlo.

Al contarnos esto, la madre de la niña con nombre de flor se excusó diciendo que ella era partidaria del derecho al aborto, como si sólo por tener una hija con un cromosoma de más su postura estuviera en entredicho. Y si cuando leí la carta que nos dejaron en el casillero empecé a pensar a su familia de otro modo, cuando escuché su testimonio reparé por primera vez en la población con síndrome de Down. En la biopolítica que se ejerce sobre ellos y sus padres. Porque, aunque no hay cifras precisas, la asociación Down España calcula que el 90% de los que son como la niña con nombre de flor no nacen.

Esa misma tarde le hablé a un amigo de ello y me replicó que el problema dela gente con síndrome de Down es que son dependientes, como si el resto no lo fuéramos. O como si depender de alguien, algo intrínsecamente humano, fuera negativo. Cuando le dije que más del 90% de niños con síndrome de Down son abortados y que vivimos en una sociedad eugenésica se llevó las manos a la cabeza. Pero lo hizo por el calificativo, no por el dato; mi amigo es un tipo de izquierdas y descreído, así que eso de llamar eugenesia a abortar niños con síndrome de Down casi por defecto le debió sonar meapilas y derechón, y la ideología funciona así, muchas veces como una guía puramente estética. Pero no creo que su caso sea una excepción: nunca he visto a ese progresismo al que se le llena la boca con los cuidados, la inclusión y la diversidad poner esta cuestión en la agenda pública. Quizá prefieren no abrir debates incómodos a, como decía Pasolini, “tener un corazón”.

No se lo confesé a su madre, pero cuando supe que la niña con nombre de flor iría a clase con mi hijo me pregunté si no estaría mejor en un colegio para niños con síndrome de Down. Desconocía entonces que cada vez había menos, que ya apenas nacían. Y, sobre todo, no sabía que su presencia en el aula de mi hijo le hacía bien a ella pero, sobre todo, nos hacía mejores al resto. Ojalá nunca nadie le quite la sonrisa. Ni a su madre, que también tiene nombre de flor, el orgullo valiente de haberla traído al mundo.

(Ana Iris Simón) 

Cuestionar lo incuestionado

Fue hace cuarenta años y yo tenía quince. La última victoria del Atleti. El último paseo de la gabarra por la ría hasta el de ayer. Mi primera juerga y mi primera resaca. El momento que conocimos a la sección masculina de lo que acabaría siendo nuestra cuadrilla. Una de nuestras amigas conocía a uno de los chicos del grupo que también gritaba “¡Aupa Atleti!” junto a nosotras delante del ayuntamiento de Bilbao. Acabamos compartiendo kalimotxo y mistela. Y hasta hoy también vida. Aunque hemos crecido, nos hemos multiplicado y además esparcido por el estado y por el mundo, la kedada anual es sagrada y nos volvemos anguilas en su mar de los Sargazos.
 
Me pasaron muchas cosas ese año, o más bien ese curso. Y la fiesta del Atleti quizás fue la celebración de esa nueva persona en la que yo me estaba convirtiendo.
 
Alguien muy religiosa y con una profunda fe tras muchos años de colegio de monjas, abrazó ese año el ateísmo. Porque después de escuchar al profesor de Lengua era imposible para mí utilizar la lógica y la razón y seguir siendo creyente al mismo tiempo.
 
Alguien a quien en su casa se le decía constantemente que no se metiera en política y a quien convencieron de que era la actividad más maligna y peligrosa del universo, se convirtió (por obra y gracia de su profesor de Historia) en activista de eso que ahora se llama “memoria histórica”, pero que entonces era casi “historia presente”, porque hablaba de las vidas de mis padres y de mis abuelos. Y en miembro activo de “Gesto por la paz”, en un momento en que casi daba más vergüenza que miedo sujetar una pancarta después de cada asesinato junto a cuatro colgados más. El miedo, en todo caso, era por si me pillaban allí mis padres o se enteraban gracias a algún vecino delator que pudiera verme.
 
Alguien que asumía que por el hecho de ser chica debía realizar ciertas labores en casa de las que estaba exento su hermano, se convirtió en feminista después de escuchar a la profesora de Literatura, a la de Euskera, a la de Griego y a casi todas las que me daban clase aquel curso.
 
Se podría decir que ese 2º de BUP me adoctrinaron en mi instituto. Y bendito adoctrinamiento. Porque exactamente veinte años después, me sirvió para cuestionar los prejuicios sociales y culturales que me habían llevado a considerar la etiqueta con la que nació mi hijo pequeño como una absoluta desgracia y una tragedia que venía a destruir nuestras vidas.
 
Podría decirse que una vez que empiezas a cuestionar algo aprendido, y en mi caso fueron varios algos (religión, ideología y machismo), ya no paras de hacerlo con cada nueva situación de injusticia irracional —que conlleva casi siempre una opresión— que se presenta en tu vida.
 
A partir de aquel curso, dejé de ir a misa y me negué a hacer la Confirmación.
 
Conseguí que mi hermano pasara la aspiradora y, con el tiempo, mi padre acabó haciendo la cena muchas noches, cosiéndose los botones, planchando los pantalones y hasta limpiando los cristales. Un día que mi madre tendía la ropa en el balcón, escuché desde mi habitación como una vecina le reprochaba desde su ventana que pusiera a mi padre a limpiar los cristales el fin de semana después de pasarse toda la semana en la obra. Mi madre le contestó que también ella se pasaba la semana limpiado casas de 7 a 7 y con tiempo sólo para un bocadillo. Habían pasado ya cuatro o cinco años desde el inicio de mis protestas intrafamiliares casi diarias, pero ese día me di cuenta de la importancia de disentir y cuestionar no sólo para una, sino también para quienes quiere.
 
Y han sido el ateísmo, el feminismo y la política los que me han enseñado a cuestionar y no aceptar la opresión sobre mi hijo y a dar la brasa cada día y en cada espacio, hasta conseguir que alguien decida por sí mismo algún día que debe limpiar los cristales.
 
Qué pena que hayan desaparecido de las escuelas mis profesores de Lengua, Historia, Euskera, Literatura y Griego. Desde aquí les doy las gracias, porque gracias a Lucinio, Escudero, Miren, Begoña o Herminia la vida de mi hijo no será esa a la que le habían condenado al nacer.

 

Campequé?

Inés Rodríguez es logopeda especializada en daño cerebral. Y además hace un fantástico trabajo en redes para romper estereotipos y derribar prejuicios.

Puedes seguirla en Instagram: @inusu_al

SUBNORMAL

A ti, que tienes la palabra «subnormal» como parte de tu vocabulario, pero que cada vez que te lo afean dices que no, que para nada estás pensando o te estás refiriendo a una persona con discapacidad, tengo algo que contarte: Y es que, cada vez que ese insulto sale de tu boca, puede que no estés pensando en el colectivo de personas nombradas por la discapacidad, pero sí, sí que te estás refiriendo a ellas. Porque ese es el término con que se designaba médica, e incluso jurídicamente, a las personas con discapacidad intelectual hasta hace bien poco (concretamente hasta 1986). Y es precisamente por eso (porque designaba a esas personas), por lo que esa palabra ha devenido en insulto.

Así que sí, sí te estás refiriendo a ellas. De igual forma que una sociedad profundamente homofóbica convirtió «maricón» en insulto. Puede ser que el colectivo LGTBIQ+ haya subvertido ese término y hoy en día no sea exactamente homófobo dependiendo del contexto o de quién lo utilice pero, créeme, la situación del colectivo de personas discriminadas por la discapacidad no está en ese punto, ni tú lo empleas con esa intención, así que, sí, «subnormal» es un insulto discafóbico y capacitista.

Sé que cuesta desprenderse de palabras que hemos heredado o aprendido por imitación y sobre las que no nos paramos a pensar de dónde vienen o por qué se dicen. Y lo sé por experiencia. En mi entorno familiar decir «pareces un gitano», «vas como un gitano» o «mira que eres gitano» estaba a la orden del día y por ello formaba parte de mi forma de expresarme. Hasta el curso en que mi hija tuvo como compañera de clase a un niña gitana. Fue entonces cuando en nuestra familia fuimos conscientes de nuestro antigitanismo e hicimos esfuerzos para desprendernos de él. Al menos, respecto a las palabras. ¿Cómo iba a aceptar mi hija a alguien que pertenecía a una cultura a la que su familia se refería con desprecio?

O hijoputa. De la que me está costando un mundo desprenderme porque sale de mi boca disparada. Es una palabra terrible que, aunque sirve para exteriorizar nuestro enfado con alguien terrible o que ha hecho algo terrible, es manifiestamente machista (insulta a la madre, nunca al padre) y además estigmatiza (todavía más) al colectivo de trabajadoras sexuales. 

Me está costando todavía más dejar de utilizar las palabras loco, locura, demencial, chiflado, tarado, majareta, demente, chalado… en sentido peyorativo. Porque deriva de referencias al colectivo de personas con diagnóstico psiquiátrico. Un ejemplo: cuando se hace referencia a la presidenta de la Comunidad de Madrid llamándola IDA (porque esas son las siglas de su nombre y apellidos), de paso también se está insultando a las personas psiquiatrizadas. Llámala política nefasta, incompetente, faltona, prepotente y hasta mala persona si quieres, pero hacer referencia a su salud mental dice peores cosas de ti que de ella.

Así que si subnormal, retrasado, mongol, anormal, deficiente y todas sus variantes forman parte de tu vocabulario, haz por favor un esfuerzo por eliminarlas. 

Ah, tampoco se insulta aludiendo a la capacidad intelectual de nadie. Porque es algo que no se elige. Y, sobre todo, porque ser mala persona o hacer algo malo, nada tiene que ver con el cociente intelectual de una persona, sino con su calidad humana.

 

Captura de pantalla del diccionario online de la Real Academia Española con la entrada "subnormal": Dicho de una persona: Que tiene una capacidad intelectual inferior a la considerada normal. Insulto o en sentido despectivo.

 

Portada de un artículo:
Juan Antonio Sardina-Páramo (Santiago de Compostela).
LOS DERECHOS DEL SUBNORMAL.
Problemas fundamentales del estatuto jurídico del subnormal en el derecho español.

 

Orden del 13 de mayo de 1986 de desarrollo del Real Decreto 348/1986, de 10 de febrero, por el que se sustituyen los términos subnormalidad y subnormal, contenidos en las disposiciones reglamentarias vigentes.

Sobre el lenguaje creado para designar no-personas

La Constitución ha necesitado de 46 años para nombrar a las personas en situación de discapacidad con un lenguaje digno y respetuoso. Para la señalética, por lo que se ve, va a hacer falta un siglo.

Señal vertical que identifica una plaza de aparcamiento accesible. Bajo el icono internacional de accesibilidad aparece una placa donde puede leerse: “RESERVADO MINUSVÁLIDOS”.

«Hay algunas personas que para referirse a determinados colectivos no utilizan precisamente un lenguaje apropiado. Otros, que, sin más, utilizan insultos inadecuados, pero que estoy seguro de que no lo dicen pensando bien en lo que significa esa palabra, porque de todos los insultos que hay, el insulto que más veces dicen es “subnormal” y/o “retrasado”. En los casos que oigo eso, a mí me molesta y me enfada un montón. En algunos casos mi hermana se me acerca y me dice “no se lo tengas en cuenta”. Luego me arrepiento de no decirle nada, porque hay confianza, pero es un ser querido y el ambiente es muy bueno, y no lo quiero joder; y otras veces lo dice una persona con la que no tengo confianza, y entonces no le digo nada.

Los del primer caso, no quieren ofender a nadie, lo dicen para hablar de ellos, lo dicen como otra palabra cualquiera, y sin saberlo están utilizando un lenguaje inapropiado. Por ejemplo, “minusvalía” (el corrector del ordenador no me lo subraya). Me jode mucho que digan eso, porque hay que pararse a pensar solo un momento, y yo te monto la explicación en menos que canta un gallo, aunque puede que me pegue una inventada del tamaño como desde la Tierra a la Luna. La palabra “minusválido” viene del latín: “minus” que significa menos, y “válido” que significa obviamente válido. Es decir, que esa palabra quiere decir menos válido, ¿y vosotros creéis que una persona con algún tipo de discapacidad es menos válida que otra persona sin una discapacidad? Pues yo mismo lo respondo: NO.

Otro ejemplo, la palabra “problema” cuando se refieren a personas con una discapacidad. Eso también me jode mucho. Esta palabra yo creía que ya no había gente que la diría, pero se ve que sí. La única definición de “problema” es, por poner algún ejemplo, los que viven en la calle, esos sí que tiene un grandísimo problema. Con la solución de que los problemas se pueden arreglar, pero las personas con una discapacidad la tenemos para siempre, y en mi caso, con mucho orgullo. Aunque hay personas, ya pocas por fortuna, que piensan que las personas con algún tipo de discapacidad necesitamos “curarnos”, y la verdad que me río por no llorar de la auténtica pena. Así que, en resumen, se dice personas con discapacidad, o mejor dicho, con diversidad funcional.

Como tampoco me gusta cuando se insulta con frases la mayoría de veces como “te faltan dos neuronas”, “tiene la mente cerrada”, “eres un subnormal/anormal”…; porque me jode que se insulte muchas de las veces refiriéndose a la intelectualidad.»

(ANTÓN FONTAO)

Seguimos en modo tisquismiquismo 😩

Sobre la potestad de interrogar/inquirir/husmear desde la mirada paternalista y capacitista

Comparto este extracto de una reciente entrevista a Inés Rodríguez (@unusua_al) porque me ha dado la clave del porqué a las personas nombradas por la discapacidad se les hacen ciertas preguntas que jamás nos atreveríamos a hacer a alguien con una funcionalidad acorde a la media estadística.

He perdido la cuenta de las veces que alguien me ha preguntado qué le pasaba a mi hijo. Muchas, muchísimas veces, esas preguntas han procedido incluso de absolutos extraños. Cuando era pequeño, tan empecinada estaba yo con «normalizar» la situación y tan guay me creía hablando de ello con cualquiera, que daba todas las explicaciones habidas y por haber. Más adelante, tuve la infinita suerte de leer «Disability is natural» de Kathie Snow. Seguramente ya aburra de las veces que hago referencia a la importancia de esta lectura en mi vida, pero es que para mí fue como ver la luz y me causó el mismo impacto que pueda provocar en otros la biblia. Bien, pues entre las muchas «iluminaciones» de esta lectura, hubo una que fue como un bofetón (o más bien una hostia con la mano abierta): lo terrible de hablar de detalles del historial clínico de nuestros hijos y además delante de ellos. Por dos cuestiones: primero, porque es algo que pertenece a su intimidad y es una situación que jamás toleraríamos respecto a nuestros hijos sin discapacidad o a cualquier otra persona de nuestra familia. Y segundo, porque ese niño crece escuchando como continuamente se hace referencia a su salud, o más bien a su funcionalidad tratada como un problema de salud, de forma que implica que algo está «mal» en él y es necesario «curarle».

Recuerdo perfectamente cuando fue la primera vez que no respondí a esa pregunta. O, para ser más exactos, la detuve brevemente. Había acompañado a Anton a una actividad extraescolar y estábamos junto a la puerta esperando a que saliera el grupo anterior. Una de las madres que también esperaba con su hija y estaba junto a mí, alguien a quien no conocía más que de verla en esta situación un día a la semana, me preguntó mirando a Antón: «¿Qué es lo que le pasa?». Delante de mi hijo y, además, también delante de la suya. Yo le dije por lo bajito y con cierta incomodidad: “Después te lo digo”.

Y eso hice, esperar a que su hija y el mío entraran a la actividad y no pudieran escucharnos. Ni ellos, ni el resto de niñas y niños y madres que esperaban junto a nosotras. Le dije entonces el nombre de la etiqueta de Antón y le hice un breve resumen de sus características. Y ella, como quizás había percibido cierto malestar al realizarme la pregunta, va y me dice que es que ella se había educado en otro país y que allí estas cosas se hablaban con naturalidad. Y ahí sí que me enfadé. Pero sólo por dentro, claro. Porque yo sí respeto los convencionalismos que nos impiden ir diciendo lo primero que nos pasa por la cabeza y también porque no tenía nada apropiado con que contestar semejante idiotez. Era la coartada que además me culpabilizaba por haber manifestado mi incomodidad en su mínima expresión, haber dejado su pregunta botando y no rematarla hasta que nadie más pudiera escuchar algo que debería pertenecer a nuestra intimidad.

No son preguntas que se deban hacer a quien no conoces más que de vista, ni explicaciones que haya obligación de dar a un absoluto desconocido.

En el caso de Anton, percibo que esa pregunta se debe a la curiosidad por saber en qué cajón meterle. A veces entramos en sitios donde las miradas se centran en él al unísono y que más que mirar, le examinan. Hay veces en que casi puedo escucharles pensar: Down no, que no tiene los rasgos, parálisis cerebral tampoco parece… Es decir, que es una cuestión de curiosidad y la curiosidad sobre la vida e intimidad de los demás nos la guardamos. Yo no voy preguntándole a nadie cuánto dinero tiene en el banco, ni cuántas relaciones sexuales ha mantenido en el último mes. Es algo que sólo puedes hacer si sales por la tele en horario de máxima audiencia y, a veces, ni así.

Expresaba Antón en uno de sus posts: 

«No me acuerdo del día exacto en que supe que tenía una discapacidad, aunque en realidad desde pequeño, en cierto modo, ya me di cuenta por las miraditas. Y es que hay dos cosas que no llevo nada bien, que son las miradas y, ahora, los tratos infantilizadores. Las miradas son algo que tuve que sufrir desde bien pequeño. Las típicas escenas en las que niños me señalaban sin ningún tipo de pudor y después decían, aunque yo les oyera, que tenía un párpado caído o que veían algo raro en mí. Para mí no era, ni es, nada agradable, pero entiendo que son niños pequeños y aún no saben las “normas” de la sociedad en la que vivimos y todavía les queda mucho por aprender.»

Así es, la infancia aprende por imitación o a base de preguntas. Pero llega un momento, en que descifran los códigos culturales del entorno que les ha tocado —y que son distintos en Murcia que en el Kalahari— y así llegan a ser conscientes de que las preguntas, o ciertas preguntas, no se hacen. Bien, pues esto parece valer para todas las personas, excepto para aquellas en situación de discapacidad. Esa circunstancia parece que les convierta en personajes públicos y, por tanto, se ve que con la obligación de satisfacer nuestra curiosidad.

El problema no es una pregunta ni una mirada. El problema son varias al día, todos los días de tu vida, desde que naces hasta que mueres. Haced la suma para entender lo que puede molestar y hasta doler.

Quizás aquel día, junto a aquella puerta, debería haber dicho:

¿Le ha venido ya la regla a tu hija? ¿Ese sofoco que te está entrando es por la menopausia?

Por supuesto, nunca lo voy a hacer. Porque respeto los códigos sociales que otros se saltan con nosotros.

Capacitismo concentrado en minuto y medio en la cola del súper

Capacitismo concentrado en minuto y medio en la cola del súper:

El otro día vi a Antón en la parada del bus y le dije… porque siempre hablo con él, que me tiene mucho cariño… ¿A quién estás esperando? ¿a papi? Y me dijo que no, que estaba esperando el bus para ir a Coruña. ¿Pero vas tú solito? Y ya me dijo que sí, que va solito y que iba a ver a una amiguita… Muy bien, muy bien… Ves, así se hace independiente… Si a Martincito [he cambiado el nombre real de este hombre de cuarenta años largos] le hubieran enseñado desde pequeño, no estaría como está ahora… y bla blá, bla blá, bla blá…

Y así, amigos, es como demuestro al mundo mi paciencia infinita en forma de sonrisa congelada 😩

Se admiten consejos para la próxima embestida más allá de explosionar 🙏🏽

pd: La foto es pa compensar tanta mierda.

Perfil de árboles recortados contra el cielo rojo de un atardecer

A vueltas con las palabras

Las palabras importan. Y mucho. Porque condicionan nuestras actitudes.

En un país donde se normalizaba el uso de «mariquita» o «desviado» jamás hubieran sido posibles los cambios en la legislación que ha vivido el colectivo LGTBIQ+

La realidad empieza a cambiarse por la forma en que la nombramos.

Afirmar que no importa cómo nos refiramos a las personas discriminadas por la discapacidad, es no entender esto.

En un país donde se legitimaba el uso de mariquita, desviado, marimacho, bollera… las agresiones homófobas ni se condenaban ni eran noticia, de pura normalidad aceptada.

Este ya no es aquel país.

Y algún día dejará de ser también este. El que normaliza, asume y ejecuta una cultura profundamente capacitista que decide que hay personas subhumanas y, por tanto, sin derechos.

A vueltas con las palabras. Otra vez. Y las que hagan falta.

Comparto de nuevo este post que en unos días cumplirá 11 años pero que sigue tan vigente como si lo hubiese redactado ayer. Tristemente.

EL PODER DE LAS PALABRAS (enlace aquí)

Nacer mal

Pues primera noticia de la mañana que abro y ya empiezo la semana fibrilando…

Captura de pantalla del texto de la noticia donde una investigadora habla de una enfermedad poco frecuente y para describir la evolución de la misma dice: "Nacen bien pero... "

Imagino que lo contrario a NACER BIEN debe ser NACER MAL.

¿Cómo puede construirse una persona que escucha / lee / percibe sobre sí misma y durante toda su vida que ha nacido mal?

Señores y señoras profesionales de la medicina y de la investigación y de todas esas consultas que pueblan: por favor, aprendan a HABLAR BIEN.

Estoy segura de que pueden conseguirlo. Han aprendido ustedes miles de palabras que las familias no somos capaces de entender cuando nos las sueltan en sus despachos.

Desgraciadamente, a veces sólo emplean el lenguaje llano para soltar cosas como NACER MAL. Eso sí que lo entendemos.

Y el problema es que nos lo creemos. Al menos por un tiempo.

Menos mal que están nuestros hijos y nuestras hijas para enseñarnos que ningún ser humano nace mal.

Las palabras hacen daño. Y destrozan. Y condenan. De por vida.

La mirada de las familias se construye a partir de la de quienes ponen una etiqueta médica a nuestros hijos. Y el puñetero modelo médico-rehabilitador todavía se mezcla entre esos profesionales con el de prescindencia. Y si no, que se lo pregunten a todas esas madres a las que algún médico ha llamado irresponsables por negarse a abortar.

Una joven subnormal vive atada a un limonero

En 1985 andaba yo por 3º de BUP. Aquel año estaba en la única clase —de las nueve que había en ese curso— que agrupaba en “letras puras” a los parias huidos de las matemáticas. Los dieciséis de aquella clase ni siquiera nos sentábamos por parejas, sino que formamos dos hileras: ocho delante y ocho detrás. Puede no parecer un número tan bajo, pero es que veníamos de cursos donde el último de la lista llevaba el número cuarenta y pico. Éramos además los que elaborábamos la revista del insti, “El vuelo de la corneja”, y algún día aquella clase se parecía más a la redacción de un periódico que a un aula de secundaria. Nos dirigía el de Lengua, que también parecía más tu jefe que tu profesor. Tanto, que a final de curso me ofreció un trato y me hizo prometer que obligaría a mi hermano (dos cursos más abajo) a estudiar su asignatura durante el verano, a cambio de no dejarle para septiembre. Lo acepté por la estabilidad emocional de mi madre pero, por supuesto, no me hizo ni caso. Mi hermano, no el de Lengua.

Aquel año no pudimos sacar la gabarra, como el anterior o el otro más. De hecho, no hemos vuelto a sacarla y seguimos esperando a que ocurra un milagro en la Catedral. Pero pesar de no iniciar el verano celebrando el triunfo del Atleti como acostumbrábamos, fue aquel un verano arrebatado. Casi todos en la cuadrilla libramos de ir a septiembre y “un día es un día” se convirtió en nuestro mantra.

Fui a un concierto de Kortatu que me confirmó que lo mío eran más Wham o Bananarama que el ska vasco. Nos despendolamos tanto la noche que acampamos para asegurarnos sitio para la txozna de “paellas”, que al día siguiente el arroz ni siquiera salió del paquete. Fue también el verano que Paty casi se despeña desde la cornisa por la que nos colamos en “Casa Franco”, un palacete ruinoso y abandonado donde se decía que había veraneado el caudillo. Le organizamos una fiesta de despedida a Ignacio G. que se iba a vivir su aventura americana en COU. Iñaki se pasó medio verano castigado porque la hicimos en su casa y no tuvimos energía para limpiarla como era debido antes de que volvieran sus padres. 

Grupo de adolescentes tumbados de espaldas viendo el atardecer en la play

Escuchábamos cintas de Les Luthiers en la playa y nos quedábamos allí hasta ver cómo se escondía el sol por detrás del mar. Volvíamos a casa para ducharnos y cuando nos reencontrábamos en el fotomatón de la estación para ir a las fiestas, o lo que se terciara esa noche, lucíamos todos un rojo fosforito. Esto llevó a Ignacio U. a desarrollar la teoría de que lo que en realidad ponía moreno era la ducha. Tuve que volver tres veces andando desde Plencia. Las mismas que la Ertzaintza me pilló de paquete y sin casco en la vespino de Ana.

En el momento en que yo vivía todo esto —y más de lo que ya ni me acuerdo— una chica de mi misma edad y hasta de mi mismo nombre, pasaba sus días atada a un árbol.

“UNA JOVEN SUBNORMAL DE 15 AÑOS VIVE ATADA A UN LIMONERO EN LAS AFUERAS DE CASTELLÓN” (Enlace a la noticia publicada en El País en 1985 pinchando en la imagen)


 

Pampa García Molina @pampanilla me hizo llegar ayer el podcast elaborado a partir de esta noticia que tanto me ha impactado.

Llevo todo el día preguntándome si podría haber sido yo la chica atada a ese árbol, de haber sido otros mis genes.

Porque eso era seguramente casi lo único que separaba nuestros presentes de entonces y nuestros destinos de ahora: la genética. Y la complicidad de la cultura capacitista, claro está

En un momento del podcast se escuchan los testimonios de algunos de los vecinos de entonces: 

«La tenían que tener atadita.”

“Estaba muy bien cuidada.”

«Pero vamos, eran gente normal, eh.”

Me dice Pampa que le gusta la parte en que Belén Remacha se pregunta si dentro de veinte años el discurso actual será válido.

Las dos sabemos que no. Que seguimos normalizando el maltrato, la exclusión y la falta de derechos en base a la etiqueta “discapacidad” que le ponemos a algunas personas. Y que seguramente hagan falta más de veinte años, muchos más, para que quienes vienen detrás cambien su percepción, su mirada, sus palabras y su actitud. Para que las personas en situación de discapacidad dejen de estar oprimidas por aquellos que nos consideramos “normales”.

Podéis escuchar este episodio del podcast “Hoy en El País” en el siguiente enlace: «De “una niña subnormal” a la dignidad: un viaje de 40 años por las palabras»

Subnormales: ayúdenos a hacerlos felices

Portada de un calendario antiguo con el dibujo de un niño sobre el que aparece resaltada la palabra SUBNORMALES. Pueden leerse también estos textos: ASPAPROS. Asociación Protectora de Subnormales // Ayúdenos a hacerlos felices // Feliz año 1976 // Una buena acción en favor de un subnormal // Ejemplar 100 pesetas.

Este calendario es real. Los adultos de mi infancia normalizaron estos productos. A muchos de los de ahora nos sangran los ojos viéndolo.

Quizás hayamos superado estas formas, sin embargo, el fondo de estas iniciativas sigue siendo el mismo: pensar que determinadas personas son objetos de caridad y no sujetos de derechos.

Sigo encontrándomelos cada año por estas fechas y, de entre las imágenes de todos esos niños-ángel o niños perpetuos (a pesar de sus treinta, cuarenta o cincuenta años), escucho lo mismo que lanzaban las de 1976: pena, caridad, lástima… 

Cada vez que afeo a alguien que utilice la palabra subnormal como insulto (sólo me atrevo a hacerlo con quien tengo confianza y siento aprecio) siempre, siempre, siempre me responden lo mismo: que no lo hacen pensando en personas con discapacidad. Y seguro que es cierto. Pero ese insulto, venir viene de ahí. Porque esa era no hace tantos años la denominación oficial y hasta médica del colectivo. Y, precisamente porque hacía referencia a esas personas, es por lo que se acabó convirtiendo en insulto. Lo mismo que retrasado o mongol*.

Así que, cada vez que sueltas un subnormal, estás contribuyendo a la estigmatización y deshumanización de un grupo de personas que, le pese a quien le pese, son tan humanas y normales como tú.

~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~

*Hace algunas semanas, una política le llamó mongola a otra en la Asamblea de Madrid. La que recibió el insulto días después llamó hijodep**a al presidente del gobierno y se lió. A la que dijo lo de mongola la han convertido en ministra de Sanidad. El capacitismo y la discafobia de la izquierda es tan atroz como el de la derecha.

20.000 especies de abejas

Hace algunos meses, mi amiga Indira me dijo: “Carmen, tienes que ver ‘20.000 especies de abejas’. Hazme caso.” 

Pero me despisté, se me olvidó o lo que fuera, y resulta que no le hice caso a Indira.

Desde que hace ya un par de semanas se hicieran públicas las candidaturas a los Goya, tengo a mi hijo dándome la tabarra:

“Mamá, tenemos que ver 20.000 especies de abejas.”

“¿Cuándo vamos a ver 20.000 especies de abejas?”

“De este fin de semana no pasa que vemos 20.000 especies de abejas.”

Hoy, por fin, la hemos visto.

Qué preciosa historia.

Me ha parecido que trata, especialmente, sobre las fronteras.

~ ~ ~ ~ ~ 

Cuando Antón empezó a estudiar cuestiones de geografía política en los primeros cursos de Primaria, me costó un mundo hacerle entender lo que eran las fronteras. Mirábamos juntos el mapa del territorio español y trazaba una línea con mi dedo desde Galicia hasta Euskadi, para que identificara los distintos ayuntamientos, provincias y comunidades que atravesábamos cuando hacíamos ese trayecto por Navidad. Pero él insistía en saber en qué parte precisa del camino estaban esas líneas (casi siempre negras) que separaban Asturias de Cantabria, Santander de Vizcaya o Getxo de Berango.

¿Cómo iba a entender algo que en realidad no existe?. Que hemos creado nosotros. Hemos creado todo tipo de fronteras y fronteras para todo.

~ ~ ~ ~ ~

A ciertas personas incluso les asignamos prefijos para especificar en qué dirección las cruzan, para señalar que las transitan, o para indicar que las descienden.

In(migrante) / Trans(género) / Sub(normal)

Cada vez tengo más claro que la realidad de una persona es la que es y que somos los demás los que debemos transformarnos para verla. Somos el resto quienes en realidad debemos cruzar esas fronteras. La frontera de los prejuicios, la de la norma, la de lo convencional, la del qué-dirán…

Gracias, Indi. Gracias, Antón. Por empujarme hacia esta historia.

Y gracias, sobre todo, por resistiros a ser lo que otros habían decidido que debíais ser. Gracias por obligarnos al resto a transformarnos para poder ver lo que realmente sois.

~ ~ ~ ~ ~

No, la peli no cuenta la historia de ninguna persona nombrada por la discapacidad, aunque lo parezca por este post. O en realidad, sí. Porque va de ser quien uno es. Aunque el resto del mundo se empeñe en no dejarte.

No hagáis como yo y vedla en cuanto podáis. Hoy. Ahora. Ya.

Un adolescente abrazando a su abuela.

A Antón sigue costándole ver las fronteras. Afortunadamente. Y yo tengo la suerte de verlas cada vez más difuminadas gracias a él.

En la foto, junto a otra persona que siempre ha tenido dificultades para identificarlas.

#20000EspeciesDeAbejas