Su casa no es la mía (Sobre héroes y referentes)

Os voy a invitar a que veáis (y sobre todos, escuchéis) la conversación que tiene lugar en el vídeo enlazado en la siguiente imagen (sólo tenéis que pinchar sobre ella).

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En otro capítulo de este mismo programa, nos indignábamos con las palabras de Bertín Osborne al calificar a los niños con autismo como “entes” y que, no contento, afirmaba además que carecían de sentimientos. [Para quien no sepa de qué va el asunto: “Bertín Osborne, nuestros niños con autismo no son ‘un ente distinto’, sin empatía. Y ser sus padres no es algo ‘terrible’ ” por Melisa Tuya]

Pues bien, aunque la conversación que tiene lugar en esos cuatro minutos que menciono, parezca totalmente inocente, debería escandalizarnos de igual forma que las palabras de Mr. Ente. Ya que, así como existe eso que denominamos micromachismos (que no son tan micros), también existen microprejuicios respecto a las personas con diversidad funcional, que tampoco son tan micros y que sumados, uno detrás de otro, nos llevan a interpretar “a estas personas como no humanas. Las convertimos en cosas, por el miedo a que nos afecte, y en este proceso de cosificarles desactivamos su poder transformador: ya no podemos ser ellas“ (Ignacio Calderón Almendros).

Las familias no podemos reclamar los derechos que les corresponden a nuestros hijos como seres humanos que son y, al mismo tiempo, convertir en referentes de nuestro colectivo a dos personas que son capaces  de soltar, en menos de cuatro minutos, una sarta de expresiones paternalistas y discriminatorias (microprejuicios) que siguen afianzando la exclusión y la segregación en nuestra sociedad. Y lo hacen porque están basadas en la pena y en la idea de que nosotros (los no diversos), estamos “por encima” y ellos (los que funcionan de forma distinta a nosotros), “por debajo”:

Aquí, lo que me rechinó de la conversación:

– Lo que aportan “estos” niños…

– En “estas” familias…

– Miles de cosas que te “enseñan” “estos” niños…

– Los padres de “niños discapacitados”…

– Hay muchísima gente que tiene “niños con problemas”…

– Nosotros, que podemos ayudar a que la gente se acerque a estos niños, que sepa que existen, y que sean integrados en la vida del día a día, que no te vayas cuando veas a un niño discapacitado, sino que te acerques, que le abraces, que le toques… A estos sí me gusta abrazarlos, fíjate.

– Los niños nuestros tienen una capacidad de demostrar cariño y amar que no la tenemos nosotros, esa capacidad sí la tienen diferente de nosotros.

Aquí, lo que mi cabeza replicó:

Los niños no se dividen en “estos” (con diversidad funcional) y “aquellos” (los que funcionan de acuerdo a la mayoría estadística de la población): todos son NIÑOS, sólo niños.

No hay “estas” familias y, en contraposición, “aquellas” familias: sólo FAMILIAS.

Mi hijo con diversidad funcional me ha “enseñado” y “aportado” miles de cosas. Mi hija, sin discapacidad, también.

El prefijo “dis-“ implica negación, por tanto “discapacitado” significa “no capacitado”. Me entristece (y cabrea) que la Sra. Vallejo-Nágera entienda que su hijo o el mío “no están capacitados”.

Lo que pienso de quienes utilizan la expresión “niños con problemas”, mejor no lo digo públicamente…

Mi hijo con diversidad funcional tiene una capacidad inmensa de demostrar cariño y amar (exactamente igual que mi hija sin discapacidad), pero también de encabronarse y armar unos pollos de mil narices que te dan ganas de (como dice su hermana) “venderlo y pagar a quien se lo lleve”.

A mí me encanta abrazar, achuchar y estrujar a los niños. A todos los niños achuchables y estrujables, independientemente de su funcionalidad.

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Dice Samantha Vallejo-Nágera, además, en un momento de la entrevista en que entre los dos intentan buscar una terminología adecuada para hacer referencia a “estos niños” (adecuada a su perfil social, mentalidad e ideología, claro está): “Bueno yo… soy bastante… Me parece todo bien, yo no tengo prejuicios.”

Pues sí señora, usted tiene prejuicios, los tiene todos. Exactamente igual que su interlocutor. (Respecto a éste, lo explica así de claro Ignacio Calderón Almendros en este artículo: “Ese ‘ente’ distinto”)

Pues yo sí que tengo prejuicios en contra de las palabras y las expresiones que despojen a mi hijo de su dignidad y hasta de su humanidad. Lo contaba aquí hace cuatro años: “El poder de las palabras”.

Como reconozco al principio de ese post, cuando inicié este viaje tampoco tenía prejuicios en contra de la terminología irrespetuosa, pero el camino recorrido desde que nació mi hijo me ha enseñado a tenerlos todos. Siento mucho que usted, que ha tenido exactamente la misma oportunidad para entender también la importancia que tienen las palabras, no lo haya aprendido. Siento más todavía que su altavoz sea más grande que el mío y que sirva de excusa a quien le escucha, para seguir utilizando expresiones que deberíamos haber desterrado de nuestro vocabulario hace mucho tiempo.

Por último, quiero decir que entiendo lo tentador que puede resultar querer reflejarse en ciertas figuras públicas que comparten con nosotros la circunstancia de ser padres/madres de niños con diversidad funcional. Sin embargo, el hecho de conducir programas de televisión con éxito de audiencia, no puede convertir a esas personas en una autoridad en nuestra comunidad. Les convertirá en autoridad en el mundo de la televisión o de la cocina, pero no más allá. ¿O es que acaso la fama y la popularidad le dotan a uno de forma instantánea de sabiduría y sensatez?

La actitud de estas personas, su enfoque, su defensa acérrima de Mundoterapia, sus expresiones respecto a la diversidad de sus hijos, pueden ser respetables, pero nunca pueden convertirles en un referente por el sólo hecho de… ¡ser famosos!

Yo no quiero que los Bertín, las Fabiola o las Samantha sean los héroes y el referente de la minoría a la que pertenezco desde hace doce años. Si el tipo de mirada hacia la discapacidad que ellos tienen, si su pensamiento, sus palabras y la terminología que emplean, se convierten en válidas para el resto de la sociedad por el hecho de tener un estrado más alto que el de quienes defendemos otras miradas, otras actitudes y otras palabras, el futuro de nuestros hijos nunca va a ser el que muchos de nosotros deseamos y esperamos. Nunca jamás.

Desterremos las palabras desfasadas, irrespetuosas e injustas

Hace unas semanas visitamos el Mupega (Museo Pedagóxico de Galicia). Un espacio maravilloso y muy recomendable para mostrar a nuestros niños (y a nosotros mismos) la evolución de la enseñanza pública en nuestro país. Aunque haya aspectos en los que resulta muy sorprendente comprobar que no se ha evolucionado en absoluto. La mayor parte de esa transformación parece haberse producido tan sólo en el aspecto material (pupitres, muebles, material escolar). La pedagogía seguramente sea la misma hoy en día que hace un siglo (o varios). Se ha modificado el aspecto externo de los manuales y libros de texto pero no su contenido ni la forma en que se trabajan.

Entendí entonces esa cita tan conocida que explica cómo un cirujano del siglo XIX estaría completamente perdido en un quirófano del siglo XXI, mientras que un docente de esa misma época podría ejercer cómodamente su profesión en las aulas del presente.

Cita: Antonio Battro - Percival Den Ham

Cita: Antonio Battro – Percival Den Ham

Al margen de esta reflexión, en esta visita me di de bruces con algo que me indignó al principio y entristeció después. El discurso expositivo incluye una sección dedicada a la Educación Especial, algo que me parece interesante y positivo. Mi crítica se refiere al texto del cartel que introduce dicha sección y concretamente a este fragmento: “Tradicionalmente apartados de los beneficios de la instrucción, la infancia ciega, sordomuda y retrasada quedaba al cuidado de sus familias…”.

Lo que me indignó es que un museo diseñado con tanta delicadeza y sensibilidad, no haya mostrado la más mínima a la hora de utilizar una terminología respetuosa para referirse a los niños con diversidad funcional. Y tristeza por el número de escolares que hayan podido visitar esta exposición y aprendido a referirse a sus compañeros con discapacidad intelectual como “retrasados”. Tristeza de pensar que en un futuro mi propio hijo pudiera visitar este museo con su clase y leer o escuchar que las limitaciones en su funcionalidad le convierten en “retrasado“.

Una vez más, se demuestra que nuestra sociedad no se plantea mirar al mundo de la discapacidad con el mismo respeto y sensibilidad que lo hace hacia otros mundos.

cartel mupega

Todos estos sentimientos me llevaron a publicar esta imagen en la página de Facebook del blog. La experiencia en todos estos años me ha demostrado que, desgraciadamente, las reclamaciones/denuncias/observaciones que se realizan a través de medios públicos, reciben una respuesta más inmediata que aquellas que dejan plasmadas en través de formularios oficiales y por la vía tradicional. E incido en lo de desgraciadamente, porque ésta última debería ser la vía más indicada y correcta para solventar este tipo de situaciones.

Esta es la respuesta oficial que recibí por parte del Mupega en ese hilo de Facebook:

«Sentimos mucho su malestar. Esta denominación hace referencia a la Ley de 1857, que no fue hasta 1922 cuando crea una escuela para atender “la educación de los menores atrasados mentales” dependiente del Patronato Nacional de sordomudos, ciegos y anormales. Entendemos que para que hoy en día no exista confusión debería ir entrecomillado, y así lo haremos, para diferenciar un término utilizado en otro siglo.»

Dado que esta explicación y su posible solución, a mi modo de ver, resultaban insuficientes, les trasladé la siguiente respuesta:

«Le agradezco la respuesta.

Sin embargo creo que la acción debería ir más allá de un simple entrecomillado. Le daría rigurosidad al texto pero no justicia para con los alumnos con diversidad funcional que puedan visitar el museo, a la vez que seguiría incidiendo ante el resto de niños en una visión de la discapacidad que muchos luchamos por desterrar.

Si el vinilo contiene un texto que sirve de introducción y explicación a la sección de Educación Especial, debería incluir una redacción acorde al momento en que estamos y desterrar ese lenguaje que, como usted bien apunta, es decimonónico. El resto de vinilos del museo no basan sus explicaciones en extractos de textos de la época (ejem: la escuela franquista). 

De la misma forma que, estoy convencida, ninguna exposición que hiciera referencia al colectivo homosexual incluiría vinilos con las expresiones “invertidos sexuales”, “degenerados”, “afeminados” o “desviados” por mucho que fueran las utilizadas en textos de la época y por muy entrecomilladas que estuvieran. 

Es precisamente eso lo que yo critico: que la mirada hacia la discapacidad siga siendo tan injusta, errónea, desfasada e irrespetuosa. Esto no ocurre con ninguna otra minoría y ustedes no son los únicos que, desgraciadamente, descuidan el lenguaje para referirse a este colectivo. Así que también yo continuaré denunciando esta terminología cada vez que me tope con ella. Espero así que, en el futuro, mi hijo no tenga que verse descrito con este tipo de palabras.

Honestamente, la solución que usted ofrece (entrecomillar el texto) no creo que sea la acertada. ¿Cree que esto puede ser comprendido por alumnos de 10 años, que es la edad de los compañeros de mi hijo? Hay niños que visitan la muestra y leen ese texto, el hecho de ver allí escrita la palabra “retrasado” le otorga una enorme legitimidad a ese término. ¿Entenderían que se les recriminara que lo utilizaran para, por ejemplo, hacer referencia a mi hijo?

Creo que es grave que un Museo Pedagógico cometa este tipo de errores. 

Gracias de nuevo por su respuesta.»

Nueva respuesta oficial del Museo Pedagóxico de Galicia:

«El museo, de la misma forma que con otras secciones, intenta dar a conocer cómo era la educación en otras épocas de la historia, siendo conscientes de lo delicado que son algunos temas y con algunos símbolos.

En el texto fotografiado, intentamos que con la terminología anterior, el visitante haga una reflexión de cómo ha cambiado la Educación Especial. Podemos entender que no está bien expresado, tomando las medidas oportunas. Un saludo.»

Yo, desde aquí, animo a todo aquel que se tope con este tipo de terminología desfasada, irrespetuosa e injusta, a dejar constancia del daño que causa la utilización de este lenguaje, para que así se pueda rectificar y, poco a poco, podamos ir eliminando todas esas palabras que tanto contribuyen a mantener y reforzar los mitos sobre las personas con diversidad funcional.

Desde aquí también agradezco enormemente a los responsables del Mupega el haber sido receptivos ante esta denuncia y su disposición a rectificar esa desafortunada frase. Y desde luego animo a todos aquellos que pasen por Santiago de Compostela a visitar este maravilloso museo.

Termino este post planteándome un interrogante: ¿cómo puede ser que ninguna persona (entre las miles que han visitado este museo desde su inauguración en 2004) haya realizado en todo este tiempo una reclamación reprochando la utilización de esta terminología y solicitando su rectificación? ¿Acaso tenemos este lenguaje tan integrado que ya ni nos choca?

Este incidente del Mupega demuestra, una vez más, lo asumido que está en nuestra sociedad el lenguaje inadecuado e irrespetuoso para con el colectivo diverso, mientras que, hoy en día y al menos de forma pública/oficial, sería impensable la utilización de términos con una carga y connotaciones similares respecto a otro tipo de minorías (étnicas, culturales, religiosas…).

©Integrame Down

©Integrame Down

Nuestro objetivo. Nuestra lucha

Como indico en la presentación de este blog, el objetivo inicial de Cappaces fue reseñar aquellas apps que a mi hijo le habían resultado más útiles, educativas o divertidas. También explico cómo, con el paso del tiempo, se me fue escapando de las manos para convertirse en un lugar donde compartir mis experiencias y reflexiones sobre la Diversidad.

El caso es que, a día de hoy, mi objetivo con Cappaces es una labor que casi podría calificarse como de evangelizadora: convencer al mundo de esta verdad irrefutable, expresada aquí con las palabras de Araceli Arellano:

«Las personas con discapacidad no son menos personas, ni menos humanas, ni menos merecedoras de una vida digna.

No están enfermas.

No tienen un problema.

Tienen derechos.

Merecen respeto.»

Y lo que resulta realmente vergonzoso, es tener que salir al mundo a gritar este tipo de mensajes en pleno siglo XXI.

Aprender a luchar sin ira ni odio 

Un mundo que entiende que, dado que nuestros hijos tienen una discapacidad, viene en el lote todo ese añadido de dificultades. Parece que se diera por hecho que, una vez aceptado el diagnóstico de nuestros hijos, parte de esta aceptación consiste en asumir la falta de derechos, el rechazo y la exclusión. Pues no, tampoco funciona así: el hecho de que sepamos que nuestros hijos van a tener que enfrentarse a infinitas dificultades, no significa que duela menos. Ni deja de doler con el tiempo. Es más, a medida que crecen, cada vez se vuelve más y más doloroso. Y, desde luego, no implica aceptar que deben renunciar a sus derechos.

Hay días en que ese dolor es tan grande que nos paraliza y detiene esta lucha. Así que uno de nuestros objetivos es aprender a convivir con el dolor (qué difícil) y conseguir que esas punzadas sean cada vez menos intensas, para así poder seguir adelante. Y seguir hacia adelante, además, sin la rabia y la ira que ese dolor nos inocula.

Porque también hay días en que ese sentimiento tan poderoso (el dolor que sentimos por el maltrato continuo que reciben nuestros hijos) de lo que da ganas es de salir al mundo con la escopeta cargada. Y aquí es cuando tenemos que pararnos a pensar en lo peligrosas que son las armas y en que muchas, tantas veces, se vuelven contra quien las sujeta o sobre quienes intentamos proteger y defender.

Nuestras armas son la razón que tenemos, el peso de nuestros argumentos y nuestra batalla es salir al mundo a contrarrestar esos otros mensajes pero hacerlo siempre con respeto. Con ese respeto que a nosotros y a nuestros niños nos niegan, porque tenemos razón, tenemos LA razón. Sé que es una táctica difícil de llevar a la práctica pero creo, de corazón, que es la única vía: que nos vean convencidas, serenas y firmes, porque tenemos razón y no hace falta gritar, insultar, ni perder las formas para combatir la sinrazón de quienes nos argumentan en contra. Por muchas ganas que tengamos de hacerlo y por muchas razones que nos den para proceder así.

La Legislación

Y nuestra lucha está también en ese otro frente que es la legislación. Yo creo mucho en las normas y en las leyes. Creo que a veces, muchas veces, son el único camino.  A pesar de que escaseen tanto los gestores políticos valientes que se atrevan a redactar leyes vitales para una minoría, aunque vayan en contra de los intereses o de la ideología de la mayoría.

La legislación que obligó a los niños blancos a compartir pupitre con Ruby Bridges en los años 60, es un ejemplo.

Al igual que la legislación a favor del matrimonio igualitario que tantos autobuses de personas intolerantes movilizó. La ley sobre el matrimonio igualitario no obligaba a nadie a aceptar la homosexualidad como algo natural y legítimo, trata de derechos, de que las personas tienen los mismos derechos independientemente de su orientación sexual.

Y creo que ese es también nuestro camino: conseguir leyes que aseguren a nuestros hijos sus derechos y vigilar y luchar por su aplicación y cumplimiento.

Así que, aquellos que, por muchos argumentos que se les den, no consigan aceptar que la discapacidad de nuestros hijos no puede ser excusa para privarles de derechos, pues tendrán que aceptarlo por la vía legal. Mi hijo tiene derecho a sentarse en un pupitre junto al tuyo porque lo dice la ley. Y punto.

Nuestros argumentos y unas leyes justas que se cumplan, son las herramientas que asegurarán a nuestros niños el lugar al que tienen derecho en el mundo.

Antón tiene su lugar en el mundo.

… al igual que Ruí.. y Andrés… y Olivia… y Héctor…. y Lucía… y Mateo… y Ares… y Juan… y Silvia…

lucha derechos civiles personas con discapacidad

 

Nuestros niños van a tener su lugar en el mundo. Vaya si lo van a tener.

 

Dinosaurios y dioses

En uno de mis paseos matutinos por Facebook me encuentro con esta foto:

dinosaurios, religión y creacionismo

Ese alumno no sólo no responde a lo que se le pide en el examen (relacionar nombres de dinosaurios con la imagen correspondiente), sino que alecciona al profesor sobre la incorrección de considerar a los dinosaurios como criaturas reales:¡Los dinosaurios NO existen!!! ¡Lea la biblia!!!.

La persona que compartió dicha imagen en un grupo reivindicativo de la Educación Laica la acompañaba del siguiente texto:

dinosaurios, religión, creacionismo, educación laica

Por supuesto, sé que es una anécdota y que no todos los niños a quienes se introduce en la religión niegan la existencia de los dinosaurios, ni son defensores del creacionismo, pero el caso es que esta imagen me llevó a continuación a ciertos pensamientos y reflexiones mientras ejecutaba tareas más mecánicas como pasar la aspiradora o limpiar el baño (resulta increíble el entretenimiento inagotable y gratuito que nos proporcionan las neuronas).

Y todos esos pensamientos volaron hacia…

… pienso que en mi maternidad he cometido infinitos errores. Cómo de muchos de ellos he llegado a ser consciente con el paso del tiempo y las veces en que deseo con todas mis fuerzas poder retroceder en el tiempo y ser capaz de rectificarlos. Pienso en que, seguramente, haya muchos otros de los que ni ahora ni en el futuro seré consciente. Pero pienso también en los aciertos y entre estos últimos coloco, y en uno de los primeros puestos, el haberles ahorrado a mis hijos un dios y un dogma religioso. Una cuestión que en su día me planteó enormes dudas pero que, transcurrido el tiempo, he acabado estando orgullosa de haber llevado a la práctica. Estoy convencida de que los ha hecho mucho más libres de lo que yo (niña profundamente religiosa hasta los 15 años) era. De lo que era y de lo que soy, porque siempre quedan ciertas secuelas de aquello que te imprimen en la infancia, por mucho tiempo y esfuerzo que hayas invertido en desprenderte de ello. Y eso que la religión que yo viví era infinitamente menos castrante y traumática que la que otros a mi alrededor practican o han practicado.

Pienso sobre todo esto y me planteo la conveniencia o no de compartirlo por aquí. Enseguida desecho la idea. Puede herir la sensibilidad de la gente que cree. Y me lleva a más pensamientos y reflexiones: ¿por qué somos siempre los no creyentes los que debemos autocensurarnos y evitar mostrar abiertamente nuestras posturas por miedo a ofender a los que sí creen y practican una religión? ¿por qué, cuando hay tantas personas creyentes que no se paran ni por un momento a pensar si pueden ofendernos o no a quienes no creemos?

Así que decido que sí, que voy a compartir estas reflexiones. Y, precisamente, uno de los motivos que me lleva a hacerlo es haber leído hace unos días un post que me ofendió profundamente. Se trata de un texto donde se expone el nuevo proyecto de una conocida bloguera (a quien escándalos pasados por haber plagiado todo lo habido y por haber, parecen no haber hecho mella en su legión de seguidoras).

Dicho proyecto consiste en diseñar carteles acompañados de textos bíblicos. Algo evidentemente respetable y que sólo tiene que ver con su fe y con sus creencias íntimas. El problema viene de lo que expone en el texto donde relata cómo nació la idea: “Mi Historia”.

Cuenta cómo, estando embarazada de mellizos, le notifican que uno de los bebés “podría nacer con malformaciones y con ‘graves’ defectos a nivel cognitivo”. Describe su lógica angustia ante esta noticia y cómo unas palabras pronunciadas por el Papa durante el ángelus, le transforman y le hacen ver que “había llegado la hora de cargar y abrazar mi cruz, de no tener miedo, de confiar plenamente en Él. (…) Y fue un sueño el que me convenció que todo iba a ir bien si no perdía la esperanza, si me entregaba completamente a Él y a Su infinita Misericordia”.

La autora tiene este sueño el día previo a someterse a una amniocentesis. Resumo la historia contando que ninguno de los bebés nació con aquello que se les había pronosticado a sus padres, así que esta bloguera llegó al convencimiento de que su hijo había nacido libre de esa malformación congénita gracias a su fe en dios.

De Su Historia deduzco que el hecho de que mi hijo haya nacido sin un órgano del cerebelo no se debe a ese azar que es la caprichosa combinación de nuestro material genético, sino a mi falta de fe y a mi descreimiento.

Me sentí tentada a dirigirme a ella y preguntarle si había caído en la cuenta de que, para halagar a su dios, nos había ofendido a mí y a mi hijo (y creo que, por extensión, a todas las familias diversas). Concluí que no merecía la pena meterme en ese charco y arriesgarme a recibir cachiporrazos y recriminaciones de su legión de adeptas. Y las califico así porque, cuando estalló el escándalo de los plagios hace un par de años, me quedé perpleja ante la defensa a ultranza que muchas hicieron, aún admitiendo esas defensoras la veracidad de las acusaciones (las pruebas eran incontestables). Con el agravante del beneficio económico obtenido ya que, en el caso de esta bloguera, el espacio en el que publicaba como propio el trabajo de otros, era una plataforma para comercializar sus productos (que no eran precisamente baratos).

Así que, es por todo esto que me desahogo hoy y aquí.

 

Cruz islas cies, illas cies

No sólo estoy harta de esa línea de pensamiento que asocia discapacidad-castigo divino (o retribución del karma, o cualquier otra variante mística), sino que creo, incluso, que debería constituir un delito seguir alimentando este tipo de ideas que yo creía superadas en nuestro aquí y ahora. Harta de que se siga considerando la discapacidad como un castigo divino. Por suerte, a mi hijo no le va a afectar porque no ha sido adoctrinado en ninguna fe, ni en la existencia de ningún dios. Pero pienso en todos aquellos niños a quienes sí les puede dañar. Y me acuerdo de una niña sorda de diez años que vino un día llorando a mi casa convencida de que su discapacidad (y todo lo que implicaba en su vida y las dificultades que le hacía vivir cada día) era consecuencia de algo malo que ella había hecho. Así se lo había hecho creer una de aquellas monjas que regentaban el colegio para niños sordos donde estudiaba. Esto ocurrió hace treinta años y pensaba que ningún niño con discapacidad podría tener pensamientos semejantes hoy en día. Creo que, desgraciadamente, me equivoco.

Y pienso también en cuando, hace algunos meses, decidí llevar a Antón a la Catedral de Santiago aprovechando una consulta médica que teníamos en esa ciudad. Quería que contemplara la magnitud de esa obra humana. Porque no hace falta ser religioso para admirar el arte, la arquitectura, la belleza y la grandeza. Bajamos a la cripta: no para contemplar el sarcófago de una persona que nunca estuvo realmente allí, sino por la emoción de recorrer las entrañas de la catedral. También hicimos cola para “dar el abrazo al santo”: porque contemplar la basílica desde aquella perspectiva resulta increíble. Aprovechamos el medio minuto que nos correspondía para asomar por entre los hombros de la estatua y, cuando ya iniciábamos nuestra salida, el cura (o sacristán, o lo que quiera que fuera aquella persona con hábito que controlaba a los visitantes en ese punto) hizo retroceder a Antón, volver a subirse detrás de la estatua del apóstol y le explicó cómo tenía que dar el abrazo al santo correctamente. Yo contemplé la escena con una sonrisa, porque tampoco le iba a hacer daño el rito e incluso lo disfrutaría como algo exótico. La sonrisa se me congeló en cuando oí cómo esa persona le decía a mi hijo: “Ahora reza y pídele al señor para que te cure”. Ni lo pensé. Le interrumpí en ese mismo momento y cogí a Antón para llevármelo mientras le aclaraba, con educación pero con firmeza, que mi hijo no estaba enfermo y que no tenía nada de qué curarse. Se ofendió muchísimo y creo que llegó a decirme alguna barbaridad que ni siquiera me paré a escuchar, tal fue la precipitación con la que salimos de allí. Fue una escena horrible que debí haber evitado porque afectó muchísimo a Antón.

Ese día cometí un error porque desde entonces, cada vez que cruzamos la Plaza del Obradoiro y le propongo a Antón entrar en la catedral, no quiere ni oír hablar del tema. Y el caso es que soy yo quien se siente responsable de la especie de fobia que le tiene a esa maravilla hecha piedra. Ha pasado un tiempo y ahora pienso que tendría que haberme callado y haberle explicado más tarde a Antón que no hiciera ni caso a lo que acababan de decirle. Como he tenido que hacer tantas veces. Todos esos momentos en que debe escuchar de boca de alguien ideas equivocadas, desconsideradas e injustas respecto a su discapacidad. Todas esas veces en que he tenido que callarme y disimular mi enfado, no por no violentar al interlocutor, sino por ahorrarle situaciones desagradables o incómodas a mi hijo.

Nunca jamás voy a consentir que nadie le haga creer a Antón que las limitaciones en su funcionalidad tengan que ver con lo que él haga o haya dejado de hacer. No pienso tolerar que le hagan llorar a él, como en su día sucedió con mi prima pequeña por culpa de una religiosa que, para halagar a su dios, cometió una crueldad inmisericorde sobre una niña de diez años.

 

mosteiro caaveiro

Sé que, a raíz de este post, voy a recibir comentarios de creyentes diciendo que la religión no es esto. Bien, yo he sentido la necesidad de escribir sobre ello aquí y ahora. Y sí, puede que para muchas personas la religión tenga otras connotaciones que nada tienen que ver con lo que aquí denuncio pero, en cualquier caso, la religión también es esto.

Termino con unas palabras del escritor Elio Quiroga extraídas de una entrevista que escuché hace unos días a propósito de la publicación de su obra Los que sueñan:

«Hay que distinguir entre hombre religioso (todos lo somos y todos tenemos derecho a serlo) y las religiones institucionales, o de libro, que en este momento empiezan a ser un problema para la humanidad como especie. Creo que nos han ayudado durante mucho tiempo pero tenemos que empezar a comportarnos como adultos y decidir que, a lo mejor, ya no es tan necesario que controlen nuestras vidas.»

Amén.