¡Abajo la pena!

No Pity DisabilityLa pena es un sentimiento muy poderoso, capaz de espolear otros sentimientos igual de intensos que bien nos ponen en movimiento y nos empujan a actuar o, por el contrario, nos paralizan y alejan. Cuando este recurso se utiliza para movilizar a una sociedad, es necesario elegir muy bien la causa y saber gestionarlo adecuadamente, porque puede ser un arma de creación pero también de destrucción.

Sentimos pena por las personas que se han quedado sin casa por culpa de una inundación, por los niños huérfanos a causa de un tsunami, por los seres que quedan desamparados como consecuencia de un terremoto… Así que, seguramente sea necesario recurrir a la pena en el caso de las emergencias humanitarias, para impulsar nuestra solidaridad y movilizarnos en ayuda de esas comunidades.

Sin embargo, creo firmemente que no se deberían provocar sentimientos de pena o compasión hacia las personas que se comunican con las manos o con pictogramas en lugar de con la voz, hacia las que utilizan una silla de ruedas para desplazarse y no las piernas, hacia quienes funcionan de forma diferente. La pena es un sentimiento que nos entristece, y lo lógico y lo natural es rehuir aquellas situaciones o sujetos que nos provocan esos sentimientos tan negativos.

Desde luego que la discapacidad no es un plato de gusto, pero tampoco es una desgracia que invalide la existencia, tal y como nos inculcan en lo más profundo de nuestro ser desde que nacemos. Y gran parte de la responsabilidad la tienen las campañas, maratones y eventos varios que se celebran en determinadas fechas. Al menos es así como yo lo siento.

Cuando se produce una catástrofe natural es necesario recaudar financiación para reconstruir casas, escuelas, hospitales, para procurar alimentos y potabilizar agua. El dinero no sirve para comprar respeto, dignidad, sensibilización y normalización para las personas con diversidad funcional. La pena no sirve para incluir a un niño con discapacidad en nuestra vida, sino para que, cuando nos crucemos con alguno en nuestro camino, se nos encoja el corazón y queramos estar lo más alejados posible de esa fuente de angustia y tristeza.

La compasión en estos casos sólo sirve también para crear una especie de aureola de mistificación alrededor de esas personas. Y, cuando a la primera de cambio, nos decepcionen sus gestos o sus palabras, es decir cuando se muestren humanas, las bajemos del pedestal y pasen de ángel a demonio. Ni lo uno, ni lo otro: simplemente personas, con todos los defectos y virtudes que ello implica. La discapacidad no las hace ni mejores ni peores, y el modo de funcionar de una persona no impide que tenga derecho a ser egoísta, impertinente o desconsiderada, como tantas.

A veces tengo la impresión de que del colectivo con diversidad funcional se esperan más y mejores cualidades que del resto de personas, como si, de alguna forma, tuvieran que justificar o compensar su existencia… Cuando sale a debate la diversidad, se repiten siempre ciertos nombres: genios de la intelectualidad, el arte o el deporte, cuya discapacidad no fue obstáculo para sobresalir en esos campos. Los niños con discapacidad no son protagonistas de los anuncios de la tele, a no ser que practiquen deportes de riesgo. Todo esto delata una enorme desconsideración hacia el tratamiento de la discapacidad. Pareciera que este colectivo sólo pueda provocar sentimientos de pena o de admiración, blanco o negro, cuando la realidad está conformada por infinidad de colores.

Esa misma pantalla que tanta importancia tiene para crear y difundir pensamiento, sólo nos suele mostrar a niños con discapacidad para conmovernos y provocar nuestra pena con el fin de recaudar un dinero que quizás compre ciertas ayudas técnicas (esas que debiera procurar la administración, al igual que proporciona vacunas, bibliotecas, carreteras o escuelas), pero el daño que provoca a la causa de la diversidad es enorme. Y por cada euro recaudado a través de la pena para adquirir un andador o financiar determinada terapia, harán falta cientos más para combatir esa idea de la discapacidad y crear otra nueva basada en la normalidad, la dignidad y el respeto. Si es que fuera posible comprar esto con dinero, algo bastante dudoso.

La calidad de vida de los niños con diversidad funcional radica fundamentalmente en un cambio de actitud y de valores, en una transformación del enfoque que, hasta ahora, ha venido moldeando la visión de la discapacidad. Para ello resulta imprescindible dejar atrás las iniciativas que inciden en el viejo modelo que tantos queremos cambiar, un modelo anclado en la pena, la compasión y la lástima: pobres niños, pobres padres, pobres familias…

Promovamos, pues, otro tipo de campañas cuando sea necesario recabar fondos para esos recursos que la administración nos niega. Campañas diseñadas desde el respeto y la normalidad y donde se destierre la pena y la compasión. Apaguemos la tele cuando un programa recurra a las lágrimas de la familia de un niño con discapacidad porque sabe que eso elevará sus índices de audiencia. Da la impresión de que la obligación de pixelar las imágenes de los menores de edad cuando aparecen en los medios de comunicación, no rige cuando se aplica a niños con discapacidad.

La idea de la discapacidad como una desgracia también estaba arraigada en lo más profundo de mí cuando recibí el diagnóstico de mi hijo. Yo también sentí que era el fin de nuestro mundo y del suyo. Fue él quien cambió esa idea, él y los niños que compartían sus circunstancias quienes me rompieron los esquemas y me enseñaron tantas, tantísimas cosas… Y también algunas voces como la de Katie Snow de cuyo pensamiento y forma de enfocar la discapacidad de su hijo tanto aprendí. Su libro Disability is Natural se ha convertido en mi biblia particular. Precisamente su hijo, Benjamin Snow, ganó un concurso de documentales con un corto titulado “Thumbs Down to Pity”, que podría traducirse como “¡Abajo la pena!” (aunque quizás la traducción más correcta sería en realidad: ¡A la mierda con la pena!).

En este corto, Benjamin Snow denuncia el hecho de que, desde siempre, el cine haya perpetuado un estereotipo muy negativo de la discapacidad. Las películas protagonizadas por personajes con discapacidad, nos han mostrado casi siempre a seres fracasados e improductivos con vidas malogradas. Recurriendo a ejemplos de su propia existencia, Benjamin muestra como su parálisis cerebral no ha sido impedimento para llevar una vida rica y plena: “Tengo una discapacidad pero mi vida no tiene nada que ver con el estereotipo de Hollywood”. Termina su exposición abogando por desterrar la pena cuando se aplica a las personas con discapacidad y al grito de: “¡Abajo la pena!”

Actividades para trabajar los €uros con niños: billetes

Ayer analizábamos diferentes actividades que hemos utilizado para que a Antón le resultara más fácil comprender el lioso tema de las  monedas. Hoy mostramos el mercadillo que hemos montado en casa para trabajar los billetes de euro. Hemos asignado un valor en euros a diferentes objetos de casa y hemos jugado a las tiendas para darle dinamismo y enmascarar un poco el trabajo y esfuerzo que conlleva. Las cifras asignadas son cantidades redondas que se puedan construir utilizando y combinando diferentes billetes. En el juego hemos manejado inicialmente billetes y, una vez dominados, hemos añadido también algunas monedas de euro.

Esta actividad la realizamos tiempo antes de ponernos a trabajar con las monedas porque el de los billetes resulta un tema mucho más sencillo de entender. La dificultad reside en combinar de forma acertada los billetes y dominar la numeración saltando de 5 en 5, de 10 en 10, de 20 en 20, etc. para obtener la cantidad necesaria para determinado artículo.

El juego nos ha permitido también manejar la suma y la resta, a través del cambio. La caja registradora de juguete nos ha venido genial para esta tarea.

Actividades con billetes de euro para niños

Actividades con billetes de euro para niños

Actividades con billetes de euro para niños

Actividades con billetes de euro para niños

Actividades con billetes de euro para niños

Como hemos utilizado este juego durante varios días, nos han quedado los carteles con el precio ya casi como parte de la decoración de casa. El otro día se le ocurrió a mi santo aparecer sin avisar con un colega del trabajo (=poca o nula confianza). El hombre ha debido alucinar. No ha comentado nada y yo tampoco. A veces resulta mejor callar que dar explicaciones 😉

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Aplicaciones para facilitar el aprendizaje de las monedas

Actividades con €uros: monedas

Actividades para trabajar los €uros con niños: monedas

monedas de euro y céntimosResulta bastante complicado introducir a los niños en nuestro complejo sistema monetario: el sistema de céntimos, el reconocimiento y discriminación de las diferentes monedas y billetes, las equivalencias entre ellos, la combinación euros-céntimos, monedas-billetes, etc. Resulta un tema enormemente complejo y yo, como buenamente he podido, he ideado una serie de actividades para intentar que mi hijo lo comprenda sin generarle la ansiedad y frustración que la cuestión conlleva. Creo que hemos avanzado bastante y es por ello que comparto aquí nuestra experiencia. A ver si consigo hacerme entender ;)

Lo primero que hemos hecho, ha sido trabajar la identificación y diferenciación de las diferentes monedas. Las hemos agrupado y diferenciado por cajas. Hemos ordenado y dispuesto esas cajitas en función de su valor: de 1, 2, 5, 10, 20 y 50 céntimos, así como de 1 y 2 euros.

Una de las actividades que hemos realizado, consiste en anotar distintas cifras en papelitos bajo los cuales el niño debe colocar las monedas necesarias para componer el valor que se señala. Vamos aumentando el nivel de dificultad de forma gradual.

Intentamos hacer bien clara la distinción Euro/Céntimo utilizando un sistema de columnas. Esta visualización facilitará la comprensión/diferenciación entre ambos valores.

1-Monedas euro

monedas de euro y céntimos

3-Monedas euro

monedas de euro y centimos

En la siguiente actividad, invertimos el proceso: disponemos las monedas ya agrupadas en diferentes cantidades y ahora es el niño quien debe asociar las cifras representadas en los papeles con el montón correspondiente.

monedas de euro y centimos

Una vez dominado este tipo de ejercicios, organizamos una nueva actividad donde las monedas aparecen amontonadas y desordenadas. El objetivo del juego es que el niño haga grupos de 100 céntimos con esas monedas y los sustituya por una moneda de 1 euro. Así entenderá cómo se compone el valor correspondiente a los euros y el por qué los céntimos sobrantes se anotan detrás de estos y precedidos por una coma (,).

Anota en la pizarra la cantidad resultante para visualizar la cifra e integrar los conceptos.

monedas de euro y centimos

 monedas de euro y centimos

monedas de euro y centimos

monedas de euro y centimos

monedas de euro y céntimos

Aunque mi hijo escribe habitualmente utilizando el teclado del iPad/PC debido a sus enormes dificultades respecto a la grafomotricidad, en esta actividad hemos echado mano de la pizarra (cortesía de los Reyes Magos) ya que, y a pesar de sus impedimentos motrices, le motiva enormemente y nos ayuda a dar dinamismo a la actividad. Sirve para convertirlo en un juego ya que tiene muy asociado el iPad a deberes/trabajo. Imagino que cada familia puede recurrir a su propio recurso para que el niño se convenza de que está jugando y no trabajando.

En esta actividad yo le muestro un grupo de monedas en la palma de mi mano y el debe interpretar la cifra y trasladarla a la pizarra, sumando euros por un lado y céntimos por el otro.

monedas de euro y centimos

Espero que estas actividades os puedan ser de utilidad. Lo suyo sería hacer una excursión al súper y experimentarlo en vivo y en directo pero, con esta sucesión de ciclogénesis explosivas que parece infinita, cualquiera pone un pie en la calle…

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Aplicaciones para facilitar el aprendizaje de las monedas

Actividades con €uros: billetes

Ladolescente

Adolescencia: Cuando los niños se nos escapanLadolescente se me escapa. Qué pena… Cada vez resulta más difícil engancharla en aquellos planes que tanto le gustaban de «sólo nosotros cuatro«. Conseguir ponernos de acuerdo para ver una peli en familia resulta ahora misión imposible.  Pero estoy decidida a encontrarle ventajas a esta transición. La mejor: poder ver todas esas películas que había estado reservando para «más adelante». Acostamos a su hermano, convencemos al padre para que disfrute de los colegas, nos arrebujamos en la manta y, a soñar juntas.

La de ayer, la película que más veces he visto después de Tal como éramos: The Commitments. Esta mañana se ha levantado y me ha preguntado si no tendría por un casual el CD con la banda sonora. Lleva toda la mañana sonando… Creo que ya ha ingresado en la secta commitmentiana.

Ya hemos llegado a «Más adelante». Rosa Brillantina se ha convertido en Solo-Negro-Marrón y he dejado de ser su heroína. Ahora cierra la puerta de su habitación para hablar por teléfono y ya no suspira por hacerse un hueco en nuestra cama. Los besos y muestras de cariño en plena calle están completamente prohibidos y he pasado de “estar guapísima” a “vestir hortera”.

Sin embargo, ”Más adelante» no está tan mal. Es un lugar diferente y se añora muchísimo «Más atrás», pero no está mal del todo… Estoy tratando de centrarme en descubrir sus ventajas y asumir que, aquella niña, ya no existe. Ahora tengo que ganarme a esta.

 

LUTO PARA LA DIVERSIDAD

Sentencia TC: luto para la discapacidadEl 27 de enero de 2014 fue un día de desolación y derrota no sólo para la familia de Daniel sino para todas las familias de este país que viven la circunstancia de amar, educar y criar a un niño con discapacidad.

Ese día se hizo pública la sentencia del Tribunal Constitucional que echó por tierra los cuatro años de lucha de esta familia. Cuatro años de pelea en los tribunales para conseguir que su hijo con autismo pudiera ser escolarizado en un centro ordinario.

El Tribunal Constitucional que se supone representa, interpreta y defiende la Constitución, las normas que rigen nuestra convivencia, afirmaba en su auto que entiende que la ley obliga a la Administración a promover la escolarización de los menores con discapacidad en centros ordinarios proporcionándoles los apoyos necesarios para su integración, siempre y cuando “no sean desproporcionados o no razonables”….

El Tribunal Constitucional no sólo dictó una sentencia que vulnera los derechos y la libertad de la familia de Daniel, sino que también atentó contra todas las familias de este país que opten por una escuela ordinaria para sus hijos con diversidad. A partir de ahora, centros y administración tendrán vía libre para rechazar a un alumnado que no es recibido precisamente con los brazos abiertos. Tendrán amparo legal para hacerlo gracias a los señores (¿jueces?) del Tribunal Constitucional.

Y yo me pregunto: si abominamos de la segregación en función de sexo, raza o religión, ¿por qué no aplicamos esos mismos criterios a la diversidad?

Creo, además, que es también una noticia nefasta para el sistema educativo y para todo el conjunto de la sociedad. Si los señores que interpretan la Constitución alegan que cuando los medios “sean desproporcionados o poco razonables”, el Estado tiene vía libre para dejarnos desamparados, ¿qué impide que esta misma doctrina no se aplique a otros ámbitos? La salud, por ejemplo…

Mientras, un sector del mundo de la diversidad (que es tan amplio como heterogéneo), se frota las manos porque esta sentencia avala su apuesta por los centros de educación específicos. Algunos, porque creen de corazón que es la mejor opción. Otros, por motivos puramente pecuniarios.

Independientemente de lo que piense y sienta cada padre/madre de niños y niñas con diversidad funcional, de lo que cada familia considere que es mejor para su hijo o hija, lo que se ha puesto en juego es la libertad de elección.

La legalización del aborto no obliga a nadie a abortar. La legislación en favor del matrimonio para las parejas homosexuales, no nos fuerza a unirnos a alguien de nuestro mismo sexo. La regulación del derecho a morir dignamente, no obligaría a acogerse a él a quien no lo desee. El objetivo de las normas que se autoimpone una sociedad debería ser el de garantizar la libre elección. La libertad individual en función de las características, el pensamiento y la situación vital de cada uno. Quien no quiera hacer uso de la alternativa, simplemente que no lo haga. Pero que nos deje elegir al resto.

Lo expresó muy bien el ministro Fernández Ordóñez cuando, a principios de los años 80, una parte importante de la sociedad de este país se enfureció a causa de la aprobación de la Ley del Divorcio: “A quien no le duela la cabeza, que no tome aspirina”.

Quienes hemos apostado por la escuela ordinaria para nuestros hijos e hijas, no estamos ni más ni menos llenos de razón que quienes han optado por centros específicos. Son nuestras circunstancias y las de nuestros niños las que moldean la decisión final. Y lo haremos en función de infinitas variables que no se podrán extrapolar a otras familias. Es más, quizás quienes hoy estamos en el régimen ordinario, puede que mañana consideremos que lo mejor para nuestros hijos sea acudir a una escuela especial. Pero es imprescindible tener la opción de poder elegir y decidir libremente, sin imposiciones.

Yo misma me he cuestionado muchas veces si fue acertada o no la decisión que tomamos al matricular a nuestro hijo en una escuela ordinaria. La misma a la que acudía su hermana, como sería lo natural para cualquier hermano en cualquier familia. Y por supuesto que me he cuestionado muchas veces la inclusión a lo largo de estos años: cuando he visto cómo se masificaba su aula, cuando nadie se ha molestado en organizar actividades extraescolares que se adaptasen a él y a sus compañeros con diversidad, cuando ha vuelto a casa enfadado porque está “harto de que me digan que estoy enfermo” o triste porque en gimnasia o en el patio prefieren a otros niños como pareja de juegos porque “no sé correr”, cuando le veo tener que esforzarse el triple que el resto de sus compañeros en el plano académico para no alcanzar ni la mitad que ellos… Sobran motivos para haberme cuestionado muchas, muchísimas veces, esta opción.

Pero, muchas otras, también hay momentos que nos hacen inmensamente felices, a él y a mí. Y que me hacen volver a creer que sí, que es posible.

La semana pasada apareció con un fajo de dibujos en la mochila.

El grupo de Pupi

– ¿Y todos estos dibujos, hijo?

– Es que hoy hemos hecho un grupo en el cole

– ¿Un grupo de plástica? Qué bien

– No, mamá ¡un grupo! … Un grupo “secreto” de amigos

– Ah, ¿sí?

– Sí, y ahora tenemos que poner las normas. Esta tarde voy a pensarlas

Ahora quieren hacerse con una cartulina y pegar en ella los dibujos que han hecho a escondidas “los del grupo”. Me pregunta a qué excusa recurrir para poder hacerlo en clase sin que les confisquen su tesoro. Como ninguna de mis sugerencias le ha parecido buena, al rato me lo he encontrado recurriendo a Mr. Google en busca de consejo.

Consultando a Mr. Google

Por supuesto que hay momentos malos, pero también hay otros maravillosos y únicos como éste.

Y es a nosotros, a los padres y madres de ese niño, a quienes corresponde hacer balance y decidir qué es mejor para la felicidad y el desarrollo de nuestro hijo. Y el sistema debería apoyarnos en esta causa, la administración aportar los medios necesarios para completarla con éxito, el cuerpo docente vocación y fe en nuestros niños y el resto de la sociedad esa solidaridad que se supone nos hace humanos. Porque la inclusión escolar no sólo es beneficiosa para el alumnado con discapacidad, sino que también hace mejores al resto de sus compañeros y compañeras. A esos niños y niñas que serán los adultos del mañana y que, gracias al contacto con sus compañeros con diversidad, legislarán de forma diferente en el futuro y abominarán de la sentencia dictada por el Tribunal Constitucional de este país el 27 de enero de 2014.

LemaGrupoPupi

Mi primer trabajo – Mecánico

Enlace descarga en App Store

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Desarrollador: Filimundus AB

Idioma: sin audio voz

Precio: 0,89  €

Categoría: Ocio / Vehículos

Últimamente Antón ya no juega con el iPad. Por supuesto que sigue siendo un elemento imprescindible para su tiempo de ocio: disfruta de actuaciones musicales que busca con soltura en Youtube, visiona sus series y programas favoritos (cuyo horario televisivo suele ser incompatible con el escolar), se «cartea» con amigos y familiares a través del correo-e y de mi facebook (excelente ejercicio para la práctica de la redacción y la ortografía), edita postales y fotografías, busca en google sus ‘preocupaciones existenciales’: «cómo eran los reyes magos cuando existían«, «cómo se llama de verdad Antonio Recio«, «si Bilbao está más lejos que Japón» (es muuu cabezota), «madre de Roc en tu cara me suena«, “para hacer una tarta con chocolate y chuches”, «reservar para ir de crucero» (verídico…)

Así que, además de las actividades puramente académicas o didácticas, el iPad también le sirve como instrumento de ocio. Pero ya no “juega a juegos”. Y la causa es la carencia de juegos (o al menos resulta muy difícil encontrarlos) que se adapten a sus intereses y que, al tiempo, sean compatibles con sus características motrices. Los que sí encajan con estas últimas, suelen tener una temática o estética demasiado infantil porque están orientadas a bebés y sus actividades son extremadamente sencillas (= aburridas).

Y me da una rabia inmensa porque, realmente y con un mínimo de voluntad, no sería tan difícil cambiar esta realidad. No se trata ya de diseñar apps específicas para los niños con diversidad funcional (entiendo que es un sector tan minoritario como heterogéneo) sino, simplemente, de que se dotara a las aplicaciones de cierta accesibilidad a través de sus ajustes. Algo tan sencillo como, por ejemplo, suprimir el limitador de tiempo para ejecutar una acción o completar un nivel; la posibilidad de transitar por los distintos niveles del juego, independientemente de si se ha superado o no el anterior; incluir diversos grados de dificultad/destreza que permitieran adaptar el juego a las características motrices y cognitivas de cada niño.

Cada cierto tiempo mi hijo me pide: «mamá, ¿me bajas un juego?«. Y mamá busca, rebusca y descarga, casi siempre sin éxito. Así que, cuando nos encontramos con algún juego con el que consigue emocionarse, disfrutar y utilizar varios días consecutivos, vengo corriendo a este rincón para contároslo con la esperanza de que pueda divertir también a vuestros niños.

Este es el caso de la aplicación que hoy reseñamos y con la que lleva jugando entusiasmado varias semanas. Es una suerte que tuviera un precio tan asequible (0,89 €) porque, de lo contrario, no creo que me hubiera animado a descargarla. Ha sido mucho el desembolso inútil en apps, así que ahora no me arriesgo fácilmente. Es por ello que me parece tan importante que las aplicaciones (sobre todo las de cierto coste) cuenten con una versión gratuita de prueba o, al menos, con algún vídeo oficial (realista y sin excesiva edición, por favor) que permita visualizar su funcionamiento.

Descripción: Esta app de Filismundus nos sitúa en un taller mecánico al que acuden diferentes y variopintos vehículos. El jugador actúa como mecánico satisfaciendo las demandas de sus clientes: desde un sencillo repostaje, lavado o revisión de la presión de los neumáticos hasta el cambio de aceite, reposición de anticongelante, recambio de ruedas o labores de chapa y pintura.

Cada tarea es remunerada y permite al niño ir acumulando monedas en su caja registradora. Esta resulta una parte muy interesante de la actividad, ya que ofrece la oportunidad de trabajar la numeración de una forma lúdica: reconocimiento de cifras, entender cómo van aumentando progresivamente, proponerles objetivos que den sentido a la numeración. Si, por ejemplo, ha conseguido 320 monedas, podemos animarle diciéndole: “a ver si llegas a 350”; si obtiene 780 proponerle alcanzar las 900, etc. Es una forma útil y amena de aprender a contar de decena en decena o de centena en centena.

Tiogenial

Tiogenial (sup.)Si organizáramos un concurso de genialidad en la familia, todos los niños votarían en masa por mi hermano.

Todos los tíos (o casi todos) suelen ser geniales hasta que son padres. Tiogenial hace ya algún tiempo que es padre y sigue estando en el Top Ten de los tíos.

Es un “tío” genial hasta para su propia hija.

Según han ido llegando niños a la familia, Tiogenial les fue convenciendo de que era un mago. Pero no un mago que hace magia, sino un mago de verdad. Y tal fue el grado de convencimiento al que llegaron, que Sirena acabó, a su vez, catequizando al resto de colegas de Infantil. Se convirtió en una verdad irrefutable.

– ¿Este es tu tío el mago?

– Sí

– ¡Uuaauuu! (exclamaba la manada de niños que acababa rodeando a Tiogenial en el parque)

 

A Tiogenial le encanta hacer cosas “diferentes” con los enanos. Y cuando digo diferentes, me refiero a diferentes de verdad.

– Hoy hemos hecho un “harlem-shake’”

– ¿Un qué?

– ¡Tía! ¿No me digas que no sabes lo que es un “harlem-shake”?

Tiogenial es el más rápido del lugar desenfundando el móvil y disparando Google. Que dudas de la existencia de vida fuera de la Tierra, toma artículo científico en Taringa. Que defiendes con vehemencia la utilidad de las tildes, siempre encontrará en la red algún (pseudo)lingüista que apoye su desacertada opción. Que no piensas volver a votar en la puñetera vida, enlace a la web del Partido X para convencerte de dónde vendrá el cambio definitivo. Que no sabes lo que es un harlem-shake, tandada de vídeos idiotas en Youtube.

Para todos aquellos tan ignorantes como yo que no sepan de qué va esto:

Este es el último que han hecho. Debo reconocer que han ido mejorando con el tiempo. Y que, gracias a sus iniciativas, voy cubriendo mis lagunas culturales: ahora ya sé lo que es un harlem-shake.

 

Aunque, a veces, sólo a veces, sus ideas no son tan geniales. Como el día que llamó a su hija (desde el baño) fingiendo ser la Señorita Rottenmeier y amenazándole con presentarse en su casa si no se acababa la cena de inmediato. No tuvo ningún efecto sobre la no-comensal (está curada de espanto y se ha convertido en la niña de cuatro años más incrédula del mundo) pero su primo, que cenaba tranquilamente a su lado, entró en ataque de pánico. El comunicante anónimo acabó confesando pero, igualmente, Sapito no quiso volver a ver Heidi nunca jamás. Con lo mucho que su madre (yo) estaba disfrutando la revisión.

La afición por las llamadas anónimas le viene de lejos. Con 10 años telefoneó al bar de Tía C. con un trapo en la boca:

– Esto es un aviso para que desalojen el local. Dentro de media hora explotará una bomba. Repito, desalojen el local

Puede parecer una broma tonta. A no ser que vivas en el País Vasco y sean los años 80… Afortunadamente, Tía C. es tan gansa como él y no se lo tuvo demasiado en cuenta. La llamada se repetía puntual cada 28 de diciembre. Formaba ya parte de la tradición familiar navideña: el champán, los regalos, las uvas y la llamada anónima.

– Pero mira que eres pesao… – contestaba Tía C. antes de colgarle

 

Ni que decir lo que ha supuesto para alguien como él la llegada del wasap:

Ya sabéis que no creo en fenómenos paranormales pero grabando un vídeo a M. la cámara captó algo que no puedo explicar

Adjunto prueba:

 

En el grupo de PRIM@S ya nadie le toma en serio. Le va a pasar como a Pedro (el del lobo). De hecho, ya le ha pasado.

 

Hoy es su cumpleaños. Está pelín harto de que siempre le regale un libro

– ¿Otro libro?

O una camiseta

– ¿Otra camiseta?

Así que este año he decidido dedicarle esta entrada. Felicidades, hermanito. Eres el mejor de los tíos y el más grande de los hermanos.

Ah, y que sepas que este cumple cae en par y toca libro 😉

Proyecto Clics (5): LA MÚSICA

El tema propuesto por Proyecto Clics para este mes de enero está centrado en lo que ha sido la gran pasión de Antón desde siempre: la música.

Cuando aún no tenía lenguaje verbal y ni siquiera habían empezado todavía a signar, nos demostró, a través de su principal medio de comunicación que era aquella sonrisa inmensa, cómo era capaz de reconocer sus canciones preferidas con tan sólo escuchar los primeros acordes. Ha seguido siendo así desde entonces. Y lo mejor de todo es su falta absoluta de prejuicios: le gusta todo tipo de música y canciones. Eso sí, mejor si están cantadas en un idioma que él sea capaz de entender 🙂

Enlace a Proyecto Clics: La Música 

 

Proyecto Clics: Música

 

Mi tía es verde

cuento sobre la diversidadTítulo: A miña tía é verde (gal.) / Mi tía es verde (cast.)

 Autor (texto): Xosé Cermeño

Autor (ilustraciones): Avi

Editorial: Ediciones SM, 1999

Antón ha traído hoy un libro chulísimo de la biblioteca del cole.

– ¿Lo has elegido tú, cariño? ¿O te ha ayudado Alexia?

– No, lo he encontrado yo

A Antón, como a su hermana (y como imagino que a la mayoría de los niños a quienes se les da la oportunidad), le apasionan las bibliotecas. Son su lugar preferido del mundo. Con permiso de las salas donde se represente teatro, títeres, magia o actúen orquestas de cámara, bandas de música, grupos folk…. lo que sea.

Si me ha extrañado que haya escogido este libro en concreto, es porque sus gustos suelen ser muy clásicos y con temáticas con los pies pegados a la tierra. Durante años me empeñé en comprar esos cuentos maravillosos que se han venido editando en los últimos años. Originales y diferentes… desde la perspectiva de un adulto que ya ha vivido un tiempo y a quien pueden llegar a hastiar lobos, caperucitas, princesas y zapatos de cristal. Se nos suele olvidar que los niños acaban de aterrizar en el mundo y que todo ese universo resulta absolutamente novedoso para ellos.

No entiendo cómo me costó tanto tiempo darme cuenta de algo tan simple y evidente. Imagino que porque aquellos libros me gustaban a mí y estaba harta de narrar historias de cenicientas y blancanieves.

Con su hermana había ocurrido exactamente lo mismo. Sus gustos se movían entre los clásicos de siempre (Perrault, Hermanos Grimm, H. C. Andersen) y los que contaran historias cotidianas y habituales para un niño: el primer día en la guarde, un diente que se cae, de paseo por el campo, pescando con el abuelo, haciendo la compra en el súper…

Cuando empezaron a leer, fui aún más consciente de lo mal diseñados que estaban aquellos libros que tanto me gustaban a mí, que me habían entrado por los ojos (y no por la razón): sus rebuscadas tipografías, complicadas muchas veces con tintas de mil colores, resultaban imposibles de leer para niños que se estaban iniciando en la lecto-escritura.

Mi conclusión es que, al igual que muchos juguetes para bebés (después ya son ellos mismos quienes deciden), aquellos libros estaban diseñados para los adultos, que somos quienes los compramos… Y creo que la mayoría hemos caído en la trampa. En la trampa de comprarlos para nuestros niños cuando deberíamos comprarlos para nosotros.

Así que, si me ha resultado extraño que Antón eligiera este cuento, es porque no se trata de un clásico ni de una historia anclada en la realidad. O puede que sí… En su realidad. En la nuestra.

Es la historia de una niña que nace verde. Médicos y familia se afanan en buscar remedios para darle un color más “normal”. La historia de una niña que acaba reivindicando su color, que asume sus desventajas pero que también es capaz de encontrarle beneficios. Una niña que se transforma en mujer y que sale al mundo orgullosa de su diferencia.

Después de leerlo esta noche, me he tumbado junto a Antón en la cama y hemos charlado un rato. Como hacemos todas las noches. Es nuestro momento preferido del día. A veces me cuenta cosas alegres y divertidas. Otras comparte conmigo sus pequeñas amarguras.

– Hoy en gimnasia S. me ha dicho otra vez que no sé correr

– ¿Y tú qué le has contestado?

– Que cada uno corre “a su manera”

– Muy bien. Porque no todo el mundo sabe hacer de todo ¿a que no?

– No

– ¿Y qué vas a hacer si te lo vuelve a decir?

(señalando la oreja) Me entra por aquí y me sale por allí…

Ojalá mi pequeño luchador sea algún día capaz de salir al mundo con la misma seguridad que Xuliana.

A miña tía é verde (ediciones sm)

A miña tía é verde (ediciones sm)

A miña tía é verde

A miña tía é verde

Mi tía es verde (ediciones sm)

Mi tía es verde (ediciones sm)

Mi tía es verde (ediciones sm)

Mi tía es verde (ediciones sm)

Mucho más que 3 ruedas

discapacidad / diversidad funcional, infancia, niños, maternidadMe cuesta desprenderme de cosas (aparentemente) inútiles. Mucho. Y como el espacio en nuestra casa es limitado, he acabado transformando la bodega de mis suegros en “la habitación de Diógenes”.

Estas navidades mi marido me dio un ultimátum: o colaboraba voluntariamente con él para desechar entre lo desechado o tiraba todo al contenedor directamente y sin titubeos.

Y todo iba más o menos bien hasta que llegamos al triciclo. ¿¿Tirar el triciclo?? ¡Ni de coña! ¡Por encima de mi cadáver!

Un triciclo de 1.000 pesetas (de las últimas que se usaron) que la abuela le regaló a mi hija mayor cuando tenía dos años y se encaprichó de él en una tienda de juguetes. Un triciclo de plástico que se acabó convirtiendo con el tiempo en las piernas de su (aún inexistente) hermano.

En los primeros años de vida de Antón, nosotros también nos centramos en intentar “arreglarlo”. Así que mi hijo pasó sus tres primeros años de terapia en terapia. Unas terapias cuyo objetivo era que ese niño funcionase de forma convencional: del modo en que lo hacían los niños que no habían nacido con una discapacidad. Los niños que sí tenían ese trocito de cerebro que a él le faltaba. Qué locura. Todo ese tiempo hizo falta para que yo (su padre llegó mucho antes) pudiera entender que lo que mi hijo necesitaba era que le proporcionara formas, estrategias, herramientas, instrumentos para poder ejecutar determinadas acciones o funciones. Caminos diferentes para llegar a un mismo destino. Antón hizo ese recorrido por sí solo, gracias a su esfuerzo, a su voluntad y a su tenacidad. Nuestra función consistió en ir apartándole los obstáculos que le salían al paso.

Y ese triciclo fue una de las vías principales con las que transitó por ese camino. Antón necesitaba explorar y descubrir el mundo por sí mismo, solo, así que intentamos que se desplazase de forma autónoma: primero arrastrándose y más tarde “culeteando” (se movía sentado e impulsándose con las manos). Antón culeteó por los pasillos de casas, aulas y hospitales, bibliotecas y prados, parques y calles… Depuró tanto la técnica que llegó a culetear sin la ayuda de los brazos, para así tener las manos libres y transportar cosas. Y cuando su hermana organizaba carreras en el parque en esta modalidad, él resultaba imbatible 🙂

Yo ponía rodilleras en la parte posterior de sus pantalones antes siquiera de estrenarlos. Y me convertí también en experta en morderme la lengua (no sé cómo aún la conservo): cada vez que algún espontáneo se me acercaba para recriminarme que el niño se estaba manchando o que se iba a enfriar. De verdad, nunca entenderé a este perfil de señora (porque siempre son féminas) convencidas de que esos niños les duelen más a ellas que a sus propias madres. En fin…

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El caso es que un buen día mi santo recuperó ese triciclo convencido de que su hijo, que era incapaz de mantenerse en pie, sí iba a conseguir pedalear. En serio, después de tantos años aún no he conseguido saber si es un optimista o un completo iluso.

A Antón le resultó imposible mantener siquiera los pies sobre los pedales… evidentemente. Pero lo que sucedió a continuación fue extraordinario: empezó a propulsarse con las piernas y consiguió avanzar. Y encima resultaba que llegaba a lugares de casa que no había podido explorar jamás desde su limitado alcance de medio metro sobre el suelo. No se apeó de aquel triciclo desde ese día.

Su padre acabó serrándole aquellos pedales que no servían más que para amoratarle las piernas y empezamos a llevarlo a todas partes. Y también nos tropezamos con bastante incomprensión: aún recuerdo mi discusión con un empleado de la recepción en Faunia. No le cabía en la cabeza que ese triciclo equivaliera a la silla de ruedas de mi hijo, por más explicaciones que yo le diera. Que ya es humillante tener que explicar en público, rodeada de extraños y con el niño delante escuchando, que tu hijo tiene una discapacidad, que no puede andar y que usa ese triciclo para desplazarse. “Las sillas de ruedas sí están permitidas, los triciclos no”. Ese triciclo me ayudó también a conocer la magnitud de los “cabezas cuadriculadas” que hay por el mundo.

También se convirtió en un detector de «buena gente». Antón fue el único niño del pueblo a quien se le permitió entrar motorizado en la tienda de chuches de Pura: «las bicis me las dejáis fuera, aquí el único que puede entrar sobre ruedas es Antón» (Pura dixit). Gracias también al personal del Gadis por permitirle deambular por los pasillos del súper.

Ese triciclo se convirtió por mucho tiempo en sus piernas (y me ahorró, de paso, muchas mordeduras de lengua). Y digo “ese” porque, precisamente por su simpleza, nos empeñamos en hacernos con otros más sofisticados y también más costosos. Pero Antón no quiso saber nada de ellos. Ni siquiera cuando las piernas le crecieron tanto que las rodillas le daban en la cara. Compramos triciclos más grandes. Tampoco. Ni verlos. Y no me extraña, porque «el suyo» era absolutamente perfecto.

Si pudiera, enmarcaría ese triciclo y lo colgaría de la pared del salón.

¿¿Cómo voy a tirarlo?? ¡Ni de coña! ¡Por encima de mi cadáver!

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El precursor de «el triciclo»

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Buscando un impermeable

Imagen extraída de All Slightly Estudiantes U.S.A

Imagen extraída de All Slightly Estudiantes U.S.A

Hace unos meses, me reencontré con una amiga que llegó a Holanda algún tiempo antes que yo. Es una de las personas más generosas, amables y menos rencorosas que he conocido. Y aunque desde que se mudó de nuestro vecindario nos vemos con poca frecuencia, pienso a menudo en ella cada vez que debo enfrentar ciertas situaciones relacionadas con Antón. En su día, me admiró su capacidad de aceptación respecto a las circunstancias de su hijo, no sólo a causa de su discapacidad sino también por las múltiples complicaciones médicas que trajo asociadas. El camino que emprendió en la búsqueda de información y formación para lograr la mayor autonomía posible de su hijo y su inclusión social. Todavía faltaban algunos años para que Antón llegara al mundo y debo decir que mi proceso de aceptación y reacción fue mucho más prolongado que el suyo.

Cuando uno aterriza en este mundo y pasa por todas esas etapas necesarias hasta la aceptación de las circunstancias de su hijo -o, mejor dicho, hasta la demolición de la idea de discapacidad que te ha sido enseñada y la construcción de otra más justa y digna-, se imagina que es un proceso lineal, con un final de etapa que, una vez se alcanza, significa que ese duelo se ha superado.

Hace ya algún tiempo que yo creía haber llegado por fin a ese final del camino cuando, de nuevo,  me vuelvo a encontrar inmersa en el inicio. En un proceso de regresión. En un círculo vicioso infernal. De nuevo el duelo, el dolor, el enfado, la rabia, el desconsuelo… y todo lo que creía ya superado.

Un dolor provocado, principalmente, no por las limitaciones en las capacidades de Antón sino por sus dificultades para ser aceptado como un igual. El dolor por su dolor. El dolor por su frustración. El dolor por su tristeza. Dolor que se acaba transformando en rencor. Contra todo y contra todos.

Así que, cuando me reuní con la mamá de J. pensé, tonta de mí , que me iba a dar la fórmula mágica para alcanzar esa estabilidad emocional que ella transmite siempre. Pero me encontré con una madre llena también de dolor, de alguna rabia y de cierto resentimiento (no llegaba a mi grado de rencor). Hablamos de lo duro que resulta contemplar ciertas actitudes que sufren nuestros hijos por parte de otros niños, más aún cuando muchas veces resultan ser hijos de conocidos, familiares e incluso de algún amigo. Cuánto duelen ciertas palabras que te atraviesan como cuchillos: “niño que no sabes hablar ni hacer nada”, “no vales para nada”, “aquí no te puedes sentar que está fulanito, ahí tampoco que está menganita”, “tú no puedes jugar a esto que no sabes”, “eres mi más peor amigo”, “te odio”…. Duelen palabras y actitudes pero duele, sobre todo, la desidia de algunos padres que parecen volverse sordos y ciegos.

Y no son “cosas de niños”. A Antón le ha precedido una hermana, así que sé perfectamente lo que es que a tu hija le pegue otro niño en el parque, que le hagan el vacío de vez en cuando o que no le inviten a algún cumpleaños. En su caso nunca me dolió o, al menos, no de esta forma. Sentía pena por ella pero sabía que era algo puntual y transitorio. Porque a cada “te odio” le seguía un “eres mi mejor amiga” y a cada patada, un abrazo. Y porque tenía capacidades con las que hacer frente a estas situaciones y superarlas. Entonces sí eran “cosas de niños” porque estaba en igualdad de condiciones. Es crueldad cuando la desproporción de las condiciones, las habilidades y los instrumentos es inmensa. Y cuando el daño resulta muchas veces irreparable.

Lo siento pero no, no es lo mismo. Cuando un niño sólo recibe cal y nunca arena, no es lo mismo.

Así que, una se va aislando y encerrándose en una concha hasta convertirse en uno de esos bichos ermitaños. Por no sufrir. Por no odiar a quienes se ha apreciado e incluso querido. Y, sobre todo, por evitar el sufrimiento de tu hijo.

Y me replanteo convicciones que creía ya incuestionables. Si la inclusión no será otra de esas motos que nos han querido vender. Si, a pesar de mi aversión hacia los guetos que para mí suponían hasta ahora los centros de educación especial, las actividades orientadas en exclusiva a niños con discapacidad, si quizás, si tal vez… mi hijo no sería más feliz rodeado por niños con sus mismas circunstancias.

La mamá de J. me hizo ese día la siguiente reflexión: Si nuestros hijos siguen viviendo este tipo de situaciones a día de hoy, en una época en la que creemos superados los prejuicios hacia las personas con discapacidad, ¿cómo no serían las vivencias de aquellos padres en nuestras mismas circunstancias antes de esta teórica “normalización” de la discapacidad?. “Antes me parecía horrible pensar que escondían a esos niños, pero ahora pienso ¿y si no era por vergüenza? ¿y si, en realidad, era por evitarles dolor?”. Y me pregunto cuánto puede haber de cierto en esta reflexión de mi amiga y “hermana”. Y cuánto de injusto en las apreciaciones que hemos podido sentir respecto de esas familias.

Ella, al contrario que yo, ha buscado una alternativa al aislamiento. Dice que hace años se echó encima un “impermeable”. Un impermeable que le ayuda a que le resbale todo aquello que pueda hacerle daño. Desde ese día estoy buscando mi propio impermeable, pero los que he probado hasta ahora hacen aguas por todos lados…

Para vosotras, mis hermanas (por Maureen K. Higgins)

Para vosotras, hermanas (Maureen K. Higgins)A muchas de vosotras jamás os he visto en persona, pero os he buscado todos los días. Os he buscado en internet, en parques y en tiendas.

Me he convertido en una experta en identificaros. Habéis hecho un largo recorrido. Y sois más fuertes de lo que nunca hubierais querido ser. Vuestras palabras rezuman experiencia, una experiencia que habéis forjado desde vuestro cuerpo y vuestra alma. Mostráis compasión más allá de lo razonable. Sois “mis hermanas”.

Sí, vosotras y yo, amigas, pertenecemos a una misma hermandad. Una hermandad muy exclusiva. Somos especiales. Y, como en cualquier otra hermandad, fuimos elegidas para formar parte de ella. A algunas de nosotras nos invitaron a unirnos casi inmediatamente, otras tardaron meses e incluso años en hacerlo. Algunas intentaron incluso rechazar el ingreso, pero sin éxito.

Nos iniciamos en consultas de neurología, en la unidad de neonatos, en revisiones ginecológicas, en salas de urgencias o realizando ecografías. Nos iniciamos a través de  demoledoras llamadas de teléfono, consultas, revisiones, analíticas, resonancias magnéticas y operaciones de corazón.

Pero todas tenemos algo en común. Un día todo iba bien. Estábamos embarazadas, o acabábamos de dar a luz, o cuidábamos de nuestro recién nacido, o jugábamos con nuestro niño. Sí, por un momento todo iba bien. De repente, da igual si sucedió en un instante (como casi siempre suele ocurrir) o a lo largo de varias semanas o meses, nuestras vidas cambiaron por completo. Algo ya no iba bien. Y nos convertimos en madres de niños con necesidades especiales.

Estamos unidas, somos hermanas, a pesar de lo diversas que puedan ser las necesidades de nuestros hijos. Algunos debe someterse a quimioterapia. Otros precisan de respiradores. Algunos no pueden hablar, otros no pueden andar. Algunos se alimentan a través de sondas nasogástricas. Muchos perciben el mundo de forma distinta. No discriminamos a otras madres cuyos niños no tienen unas necesidades tan “especiales” como las de nuestros hijos. Sentimos respeto mutuo y compasión por todas aquellas mujeres que están en nuestra misma piel.

Nos mantenemos informadas. Somos autodidactas y nos hemos formado a través de todos los medios que hemos tenido al alcance. Sabemos quienes son “los” especialistas en cada campo. Conocemos a “los” neurólogos, “los” hospitales, “las” medicinas milagrosas, ”los” tratamientos. Sabemos cuáles son “las” pruebas que deben hacerse, cuáles “las” patologías degenerativas y contenemos el aliento mientras les hacen pruebas a nuestros hijos para saber si las padecen. A pesar de carecer de titulación académica, podríamos pertenecer a comités de expertos en neurología, endocrinología o fisioterapia.

Hemos presionado a seguros médicos y directivas escolares para conseguir todo aquello que nuestros hijos necesitaban para sobrevivir y para avanzar. Nos hemos impuesto a la administración estatal para introducir en las aulas dispositivos de comunicación aumentativa para nuestros niños con parálisis cerebral. Hemos luchado por conseguir que nuestros seguros médicos nos proporcionaran andadores y otros materiales ortopédicos para nuestros hijos con afecciones medulares. Hemos demandado a las administraciones locales para lograr que nuestros hijos recibieran aquellos certificados que les aseguraran la educación y adaptaciones necesarias, vinculadas a su diagnóstico.

Hemos aprendido a lidiar con el resto del mundo, aunque esto muchas veces signifique apartarse de él. Hemos soportado miradas de desdén cuando hacíamos la compra si estallaba alguna “rabieta” y apretado los dientes cuando alguien en la cola recomendaba más disciplina en voz alta. Hemos soportado sugerencias absurdas y remedios caseros de extraños bienintencionados. Hemos soportado que madres de niños sin necesidades especiales se quejaran sobre otitis o varicelas. Nos hemos dado cuenta de que muchas de nuestras amigas más cercanas no son capaces de entender lo que significa pertenecer a esta hermandad y de que, a veces, ni siquiera quieren intentarlo.

Tenemos ejemplares de “Bienvenidos a Holanda” de Emily Perl Kingsley y de “La madre especial” de Erma Bombeck. Los guardamos en la mesilla de noche y los leemos y releemos en los momentos más difíciles.

Hemos conseguido sobrevivir a las celebraciones. Hemos encontrado formas de que la discapacidad motora de nuestros hijos no les impidiese recorrer las casas de los vecinos en Halloween, y hemos ideado maneras de ayudar a nuestros niños sordos a formar las palabras “truco o trato”. Hemos asumido que nuestros niños con problemas de integración sensorial no podrán lucir nunca terciopelos o encajes por Navidad. Hemos triturado el pavo por Acción de Gracias. Hemos comprado conejitos de chocolate blanco por Pascua. Y durante todo ese tiempo, hemos tratado de crear un ambiente festivo para el resto de la familia.

Desde que nuestro viaje comenzó, nos hemos levantado cada mañana preguntándonos si seríamos capaces de encarar otro nuevo día. Y nos hemos acostado cada noche sin saber muy bien cómo lo habíamos conseguido.

Hemos transitado el duelo de saber que nunca llegaríamos a relajarnos y a disfrutar de esa copa de vino en Italia. Nos hemos lamentado porque nuestro viaje a Holanda precisaba de mucho más equipaje del que habíamos imaginado la primera vez que visitamos la agencia de viajes. Y también hemos sufrido porque salimos camino del aeropuerto sin gran parte de las cosas que necesitábamos para este viaje.

Pero nosotras, hermanas, mantenemos siempre la fe. Nunca dejamos de creer. El amor por nuestros hijos y nuestra confianza en todo lo que pueden alcanzar en la vida, no conoce  límites.

Soñamos que meten goles y anotan canastas. Los imaginamos corriendo maratones y cruzando metas. Soñamos que plantan semillas en el jardín y cabalgan sobre caballos. Escuchamos sus dulces voces cantando villancicos. Vemos sus paletas embadurnadas de colores y sus dedos desplazándose sobre teclados de marfil en salas de conciertos. Nos maravillamos ante la elegancia de sus piruetas. Nunca, nunca dejamos de creer en todo lo que podrán alcanzar mientras transiten por el mundo.

Pero mientras tanto, hermanas, lo más importante de cuanto hacemos, es coger fuertemente sus manitas para que así juntos (nosotras madres especiales y ellos nuestros niños especiales) podamos alcanzar las estrellas.

Maureen K. Higgins

(Traducción: Carmen Saavedra)

Para vosotras, hermanas (Maureen K. Higgins)

Gracias a mi hermana Corrine Lynch por descubrirme este texto

 

Nochevieja, champán, pinchos y chuches

Nuestra Nochevieja comienza en una tienda de chuches.

Sergio invita a toda la cuadrilla a champán y pinchos en el local que regenta su familia “Chuches Oti”. Los niños tienen barra libre ese día, así que os podéis imaginar donde radica el principal interés de Antontxu y Ladolescente por ir a celebrar el fin de año a Euskadi.

 

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Las juergas nocturnas con los primos son geniales, ir al PIN es lo más, la tradicional visita a San Mamés emocionante hasta para los no-futboleros, los regalos del Olentzero nunca decepcionan pero… ay, “la tienda de chuches”. El paraíso de todo niño. Porque además, no contentos con jartarse allí, cuando se oye el primer “Venga, que hay que marcharse”, empiezan todos a correr como posesos por la tienda, bolsa en mano, haciendo acopio de provisiones pa’ después. Es el día del año que más vergüenza paso. Palabra.

Cuando vuelven y lo cuentan entre los amigos, estoy segura de que nadie les cree 😊

Ni que decir tiene que algún año la cosa ha acabado en vomitona, además del monumental (y ya tan clásico como las uvas) enfado de Tía Crucita, que ve como el “menú infantil” que ocupa media mesa ni se toca.

Este año casi acaba en tragedia porque a punto a puntito hemos estado de no poder venir… Pero, finalmente, aquí estamos, a escasos metros de la tienda de Oti, intentando contener la embestida de las fieras y conseguir que al menos la entrada la hagan con un mínimo de dignidad y parezcan hasta criaturas humanas.

Sé que Sergio se lo perdona todo.

Como sé que les ha regalado el que será el recuerdo más mágico de su infancia.

 

Notxevieja Txutxera

 

¡¡¡FELIZ AÑO NUEVO, CAPPACIANOS!!!

URTE BERRI ON – FELIZ ANO NOVO – BON ANY NOU

 

 

Actualización (diciembre de 2016):

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Lola, Luz de Luna

Planchando los vestidos de la Nancy

Planchando los vestidos de la Nancy

Mi hijo tiene una amiga muy especial. Ni los 150 kilómetros de distancia que les separan ni los casi 60 años que se llevan, son obstáculo para su relación.

Antón le envía correos donde le enseña su nuevo corte de pelo, le manda besos de chocolate y le llama Luz de Luna.

Lola le explica cómo cazar grillos (en tiempos era la mejor cazadora de grillos de la zona!), le confiesa que pone huevos y le pide consejo sobre los nuevos juegos que ha inventado para sus nietos.

Se intercambian vídeos donde ella le canta “eres tú mi príncipe azul”, mientras Antón ejerce de improvisado cantautor para dedicarle el vals “eres tú mi corazón”. Se remiten paquetes con regalos: dibujos para ella y modelos exclusivos para la Nancy (que son la envidia de las Barbies vecinas) para él.

 

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Y yo tengo la inmensa suerte de ser testigo directo de esta mágica amistad.

Postale

Postal virtual para Lola creada con «Postale»

¡Buenos días, excursionistas!

El día de la marmotaHoy he hecho el cálculo: 175 días lectivos x 10 cursos (más lo que va de este) x 5 veces/mañana (o más) x 2 niños = 17.500 veces que he repetido «Espabila que hoy perdemos el bus» (léase en tono pelín (bastante) vociferante).

Utilizo diversas variantes:

Hoy sí que sí que perdemos el bus

Como pierdas el bus, no sé qué te hago…

– ¿Qué quieres? ¿perder el bus? ¿¿sí??

Como perdamos el bus, vas andando al cole

¡¡¡¡¡Vamos a perder el buuuuuus!!!!!!!

Dos elementos comunes e indispensables a todas ellas que admiten múltiples combinaciones: perder y bus.

Cada mañana hacemos los 100 metros lisos. Es la distancia que separa nuestro portal de la parada. Aunque en realidad no son lisos, sino cuesta abajo. Teniendo en cuenta que el enano tiene múltiples habilidades pero la velocidad y el equilibrio no se cuentan entre ellas (menos aún si van combinadas), el peligro de despeñamiento mañanero es importante.

Los datos están en realidad un poco inflados porque, desde el curso pasado, Sirena va al instituto que está a unos razonables 2 kilómetros de distancia. Así que, si pierde el bus, allá ella… He decidido desentenderme.

Los 2 km. a pie no le hacen ningún daño. Como buena atleta que es hasta puede aprovecharlos como entrenamiento (intento autoconvencerme para resistir la tentación de lanzar algún que-vas-a-perder-el-bus). De todos modos, me fastidia verla pueblo abajo haciendo de sherpa con el pedazo mochilón que carga a la espalda. Que en vez de entrenar los 2.000 metros, más bien pareciera que está realizando maniobras.

Y, como una es animal de costumbres y aún le queda algún vestigio de instinto materno-busil, pues sí, se me acaba escapando alguna de esas frases de “por un lado me entran, por el otro me salen”.

Seguimos, pues, reproduciendo cada mañana nuestro particular “Día de la marmota”:

– ¡Bien, excursionistas, arriba!

I got you, babe!!

 

Y lo más increíble del asunto es las pocas veces que hemos perdido realmente el puñetero autobús 🙂