Para vosotras, mis hermanas (por Maureen K. Higgins)

Para vosotras, hermanas (Maureen K. Higgins)A muchas de vosotras jamás os he visto en persona, pero os he buscado todos los días. Os he buscado en internet, en parques y en tiendas.

Me he convertido en una experta en identificaros. Habéis hecho un largo recorrido. Y sois más fuertes de lo que nunca hubierais querido ser. Vuestras palabras rezuman experiencia, una experiencia que habéis forjado desde vuestro cuerpo y vuestra alma. Mostráis compasión más allá de lo razonable. Sois “mis hermanas”.

Sí, vosotras y yo, amigas, pertenecemos a una misma hermandad. Una hermandad muy exclusiva. Somos especiales. Y, como en cualquier otra hermandad, fuimos elegidas para formar parte de ella. A algunas de nosotras nos invitaron a unirnos casi inmediatamente, otras tardaron meses e incluso años en hacerlo. Algunas intentaron incluso rechazar el ingreso, pero sin éxito.

Nos iniciamos en consultas de neurología, en la unidad de neonatos, en revisiones ginecológicas, en salas de urgencias o realizando ecografías. Nos iniciamos a través de  demoledoras llamadas de teléfono, consultas, revisiones, analíticas, resonancias magnéticas y operaciones de corazón.

Pero todas tenemos algo en común. Un día todo iba bien. Estábamos embarazadas, o acabábamos de dar a luz, o cuidábamos de nuestro recién nacido, o jugábamos con nuestro niño. Sí, por un momento todo iba bien. De repente, da igual si sucedió en un instante (como casi siempre suele ocurrir) o a lo largo de varias semanas o meses, nuestras vidas cambiaron por completo. Algo ya no iba bien. Y nos convertimos en madres de niños con necesidades especiales.

Estamos unidas, somos hermanas, a pesar de lo diversas que puedan ser las necesidades de nuestros hijos. Algunos debe someterse a quimioterapia. Otros precisan de respiradores. Algunos no pueden hablar, otros no pueden andar. Algunos se alimentan a través de sondas nasogástricas. Muchos perciben el mundo de forma distinta. No discriminamos a otras madres cuyos niños no tienen unas necesidades tan “especiales” como las de nuestros hijos. Sentimos respeto mutuo y compasión por todas aquellas mujeres que están en nuestra misma piel.

Nos mantenemos informadas. Somos autodidactas y nos hemos formado a través de todos los medios que hemos tenido al alcance. Sabemos quienes son “los” especialistas en cada campo. Conocemos a “los” neurólogos, “los” hospitales, “las” medicinas milagrosas, ”los” tratamientos. Sabemos cuáles son “las” pruebas que deben hacerse, cuáles “las” patologías degenerativas y contenemos el aliento mientras les hacen pruebas a nuestros hijos para saber si las padecen. A pesar de carecer de titulación académica, podríamos pertenecer a comités de expertos en neurología, endocrinología o fisioterapia.

Hemos presionado a seguros médicos y directivas escolares para conseguir todo aquello que nuestros hijos necesitaban para sobrevivir y para avanzar. Nos hemos impuesto a la administración estatal para introducir en las aulas dispositivos de comunicación aumentativa para nuestros niños con parálisis cerebral. Hemos luchado por conseguir que nuestros seguros médicos nos proporcionaran andadores y otros materiales ortopédicos para nuestros hijos con afecciones medulares. Hemos demandado a las administraciones locales para lograr que nuestros hijos recibieran aquellos certificados que les aseguraran la educación y adaptaciones necesarias, vinculadas a su diagnóstico.

Hemos aprendido a lidiar con el resto del mundo, aunque esto muchas veces signifique apartarse de él. Hemos soportado miradas de desdén cuando hacíamos la compra si estallaba alguna “rabieta” y apretado los dientes cuando alguien en la cola recomendaba más disciplina en voz alta. Hemos soportado sugerencias absurdas y remedios caseros de extraños bienintencionados. Hemos soportado que madres de niños sin necesidades especiales se quejaran sobre otitis o varicelas. Nos hemos dado cuenta de que muchas de nuestras amigas más cercanas no son capaces de entender lo que significa pertenecer a esta hermandad y de que, a veces, ni siquiera quieren intentarlo.

Tenemos ejemplares de “Bienvenidos a Holanda” de Emily Perl Kingsley y de “La madre especial” de Erma Bombeck. Los guardamos en la mesilla de noche y los leemos y releemos en los momentos más difíciles.

Hemos conseguido sobrevivir a las celebraciones. Hemos encontrado formas de que la discapacidad motora de nuestros hijos no les impidiese recorrer las casas de los vecinos en Halloween, y hemos ideado maneras de ayudar a nuestros niños sordos a formar las palabras “truco o trato”. Hemos asumido que nuestros niños con problemas de integración sensorial no podrán lucir nunca terciopelos o encajes por Navidad. Hemos triturado el pavo por Acción de Gracias. Hemos comprado conejitos de chocolate blanco por Pascua. Y durante todo ese tiempo, hemos tratado de crear un ambiente festivo para el resto de la familia.

Desde que nuestro viaje comenzó, nos hemos levantado cada mañana preguntándonos si seríamos capaces de encarar otro nuevo día. Y nos hemos acostado cada noche sin saber muy bien cómo lo habíamos conseguido.

Hemos transitado el duelo de saber que nunca llegaríamos a relajarnos y a disfrutar de esa copa de vino en Italia. Nos hemos lamentado porque nuestro viaje a Holanda precisaba de mucho más equipaje del que habíamos imaginado la primera vez que visitamos la agencia de viajes. Y también hemos sufrido porque salimos camino del aeropuerto sin gran parte de las cosas que necesitábamos para este viaje.

Pero nosotras, hermanas, mantenemos siempre la fe. Nunca dejamos de creer. El amor por nuestros hijos y nuestra confianza en todo lo que pueden alcanzar en la vida, no conoce  límites.

Soñamos que meten goles y anotan canastas. Los imaginamos corriendo maratones y cruzando metas. Soñamos que plantan semillas en el jardín y cabalgan sobre caballos. Escuchamos sus dulces voces cantando villancicos. Vemos sus paletas embadurnadas de colores y sus dedos desplazándose sobre teclados de marfil en salas de conciertos. Nos maravillamos ante la elegancia de sus piruetas. Nunca, nunca dejamos de creer en todo lo que podrán alcanzar mientras transiten por el mundo.

Pero mientras tanto, hermanas, lo más importante de cuanto hacemos, es coger fuertemente sus manitas para que así juntos (nosotras madres especiales y ellos nuestros niños especiales) podamos alcanzar las estrellas.

Maureen K. Higgins

(Traducción: Carmen Saavedra)

Para vosotras, hermanas (Maureen K. Higgins)

Gracias a mi hermana Corrine Lynch por descubrirme este texto

 

3 de diciembre: Día Internacional de la Diversidad Funcional / Discapacidad

Significado de Discapacidad / Diversidad FuncionalEl 3 de diciembre se celebra el día mundial de la concienciación sobre la Diversidad Funcional (Discapacidad). Y aunque me horrorizan los “Día de”, también es cierto que es necesario aprovechar la importancia que sí le dan los medios de comunicación a estas conmemoraciones, para reivindicar y exigir el respeto de los derechos de las personas con diversidad funcional. Empezando por el derecho a una inclusión social plena y la práctica de una vida independiente.

Me gustaría rescatar durante esta semana algunas de las entradas que hemos dedicado en Cappaces al mundo de la diversidad. Empezamos por una reflexión acerca de lo que significa realmente tener una discapacidad: Significado de Discapacidad

Inclusión Escolar: todos ganamos

ayuda-al-estudianteQuiero agradecer a Carlos Arroyo que me haya permitido compartir experiencias y reflexiones en su espacio “Ayuda al Estudiante” dentro de la sección de Blogs de El País.

Podéis leer la colaboración de Cappaces en el siguiente enlace: Todos ganamos con la inclusión escolar

Deberes vs Actividades Extraescolares

Deberes versus Actividades ExtraescolaresYa hemos llegado a 3º de Primaria. La vida nos está cambiando bastante debido a ese empeño del sistema en sobrecargar el temario en el primer curso de cada ciclo (especialmente 1º y 3º), para después convertir el segundo en un repaso del anterior. ¿No sería más sensato y menos estresante para los niños (y padres) repartir esos contenidos entre los dos cursos que componen cada ciclo?

En fin, es lo que toca y en esas estamos…. Sin apenas tiempo para nada, porque la carga de deberes y de cuestiones a analizar, comprender y memorizar ha aumentado notablemente y me niego a que renuncie a las actividades extraescolares. Estoy bastante harta de escuchar y leer acerca de la demonización que se viene realizando sobre las actividades extraescolares. Pocas veces se habla sobre ellas de forma positiva y se insiste en ciertos calificativos y estigmas para definirnos a los padres partidarios de estas actividades complementarias.

No, señores, no aspiramos a convertir a nuestros hijos en Einsteins, Mozarts, Messis o ejecutivos de Inditex. No queremos que sean extraordinarios o que nos saquen de pobres. Simplemente pretendemos cubrir las inmensas carencias del sistema educativo oficial respecto al arte, la música, la danza o el deporte. A cultivar todas esas áreas tanto o más importantes para su formación como personas, como los conocimientos académicos en matemáticas, biología, historia, física o filosofía. No queremos sobrecargar a nuestros hijos. Nuestros hijos están sobrecargados porque el sistema se ha empeñado en que cinco horas lectivas diarias no son suficientes y deben llegar a casa y hacer más de lo mismo durante dos, tres, cuatro o las horas extras que el sistema (a través de algunos docentes) estime necesarias. Resulta absolutamente demencial.

Antón es todavía pequeño y hasta ahora la carga lectiva extraescolar ha sido sensata, pero mucho me temo que tengamos que reproducir la situación por la que transitó su hermana mayor. Cada vez que pienso en todas las horas y energías que le he visto desperdiciar durante estos últimos cursos, me hierve la sangre… Por el contrario, no me arrepiento en absoluto de todas las actividades complementarias en que la hemos inscrito desde los 4 años: pintura, barro, baile (popular y moderno), pandereta, patinaje, fútbol, voleibol, piano, teatro…

Actividades Extraescolares

Gracias a Julio, Miguel, Marta, Sandra, Clara, Ruth, Carmina, Esther, Pedro, Alberto… y el resto de fantásticos monitores/profesores de los que ha disfrutado mi hija en estos años

En algunas actividades ha disfrutado más que en otras pero todas, absolutamente todas, le han servido para aprender, formarse y relacionarse, al tiempo que le han permitido experimentar en diversos mundos hasta conducirle a su actual pasión: el atletismo. Mi hija disfruta con este deporte y ha descubierto un mundo que, seguramente, le pueda ayudar a superar esa difícil prueba que es la adolescencia. Espero (ojalá) que le ayude a tener un aliciente, una pasión en su vida, a ampliar su círculo social a través de entrenamientos, viajes y competiciones, a ser consciente de que debe cuidar su cuerpo y a aspirar a algo más que la llegada del “momento botellón” durante el fin de semana.

Sin embargo, y hasta llegar a dar con esta afición, ha necesitado de un largo recorrido y del contacto con diferentes actividades y disciplinas. Resulta muy triste ver cómo a medida que los niños van creciendo y avanzando cursos, la mayoría de padres sacrifica el deporte, la música, el arte o cualquier otra actividad, a causa de la sobrecarga que sus hijos llevan a casa en forma de deberes.

Sé que las circunstancias de Antón son diferentes a las de su hermana y que su discapacidad sí exige ciertas tareas de refuerzo en casa, dado que los recursos de la escuela pública son muchas veces insuficientes para atenderle con el tiempo y en la forma que necesita. Resulta imposible dedicarle la atención que precisa en un aula donde comparte espacio con otros 23 niños (otra aberración del sistema), cada uno de ellos con sus propias y particulares necesidades, al tiempo que las horas de apoyo se reducen cada curso que pasa. Así que, no nos va a quedar más remedio que trabajar en casa y ampliar la jornada académica pero insisto en que es un caso muy particular. No se debería obligar a la mayoría de los niños a prolongar su jornada académica.

Tampoco es que yo tenga especial prisa en que mi hijo aprenda lo que la programación dicta cada curso. Pero parece que el sistema sí. Y, desgraciadamente, es ese sistema el que moldea nuestra vida social porque, llegados al final de cada ciclo, si el alumno no ha alcanzado los objetivos que se han determinado, se le obliga a repetir curso. Y eso, para cualquier niño, pero más aún para un niño con diversidad funcional, significa destruir todas sus referencias, al separarlo del grupo dentro del cual ha podido lograr una cierta inclusión social.

La alternativa en forma de adaptación curricular también resulta peligrosa, porque ese niño ya es lo bastante diferente a sus compañeros, como para añadir que en clase realice otras actividades y tareas distintas a las del resto o que deba salir continuamente del aula para recibir una atención diferenciada.

La solución sería que el sistema no tuviera tanta prisa y, sobre todo, que los niños recibieran una Educación individualizada que respetara sus características y particularidades. No todos los niños deberían estar realizando las mismas tareas ni al mismo ritmo. El “niño-tipo” NO existe. Ahora mismo, quien no alcanza ese prototipo de alumno se queda atrás. Y quien lo rebasa (y se aburre), también. Es el sistema el que debería adaptarse al niño y no el niño al sistema. Lo único que se consigue por esta vía es que muchos alumnos se queden por el camino.

Todas estas connotaciones negativas del sistema educativo y de los deberes, no repercuten tan sólo en el alumnado condicionado por alguna discapacidad. Estoy convencida de que los deberes generan grandes desigualdades sociales en la escuela. No todos los alumnos pueden recibir en sus casas el apoyo necesario, bien porque sus padres están ausentes trabajando, porque carecen de los recursos culturales necesarios para ayudarles o de medios económicos para pagar a quien lo haga por ellos.

Sin embargo, y a pesar de todas esas circunstancias que rodean a Antón, no quiero sacrificar la felicidad y todo cuanto le aportan las actividades extraescolares. Son su mayor motivación a lo largo del curso. Lo primero que dice al despertarse los martes es: “¡qué bien, hoy tengo teatro!”. Mientras desayunamos los jueves, se emociona al acordarse de que esa tarde Javier le va a enseñar a tocar la batería. La clase de solfeo no le gusta tanto, pero ha asumido que tiene que aprender a leer la música para poder interpretarla. Llegado el fin de semana, no le importa que llueva o truene y la perspectiva de montarse en la piragua y luchar contra las olas de la ría, le convierte en un niño alegre, motivado y feliz. Ninguna de estas actividades le va a ayudar a comprender lo que son las decenas de millar o cómo funciona el aparato excretor, pero el placer y la autoestima que le aportan son infinitas. Y no, no vamos a renunciar a ello…

Actividades Extraescolares

Gracias en nombre de Antón a: Rebeca, Iria, Ramiro, Keke, Sandra, Javier, Lauren, Ricardo, Karin, Jonathan y a todos los monitores/profesores que le quedan por disfrutar

A este afán porque mis hijos encontraran una pasión particular que les sirviera de motor en la vida, se une el horario tan demencial que la escuela pública ha adoptado en algunas comunidades como la nuestra. La jornada continua (de 9:00 a 14:00), además de suponer (a mi entender) una aberración pedagógica, deja a los niños con una larga tarde por delante que suele ocuparse en alguna de estas opciones: televisión, videojuegos y redes sociales. Ojalá el mundo de ahora se pareciera al de antes, porque lo suyo sería que después de comer y descansar un rato, bajaran a jugar a la calle o al descampado como hicimos nosotros. Pero la sociedad que hemos creado exige padres/madres a su lado en el parque y eso, muchas veces y a causa de la incompatibilidad entre horarios laborales y escolares, resulta imposible.

La inclusión social de los niños con diversidad funcional suele ser más compleja fuera que dentro del aula. El “momento patio” evidencia ese fracaso. Como también el entorno del parque. Ha sido mucho más fácil normalizar la vida de mi hijo a través de las actividades extraescolares que jugando en la calle, ya que sus características no le permiten jugar al fútbol, a la pilla-pilla ni subirse solo a los columpios. Las actividades extraescolares, regladas y dirigidas por un adulto, le permiten estar en igualdad de condiciones respecto al resto. Y este es un motivo más para defenderlas.

Yo, desde luego, no encuentro más que beneficios en las extraescolares, mientras que los deberes porque sí y sin sentido, me parecen cada día más perjudiciales. Estoy convencida de que lo único que consiguen es que los niños aborrezcan la escuela, además de matar su curiosidad y anular sus ganas de aprender.

Por cierto, aconsejo leer este artículo para comprobar una vez más que, en cuanto a Educación se refiere, no es necesario inventar la rueda, bastaría con imitar a quienes lo hacen bien: Finlandia destruye 8 soluciones por las que ha optado la educación española

Nuevo curso, nuevos sueños: PROYECTO CLICS

Cuando surgió la idea de crear Cappaces, fueron tres básicamente los motivos que me empujaron a ello:

Salida laboral: mi situación de desempleo y el hecho de ser consciente de que el terreno en el que me había estado moviendo hasta entonces (la gestión cultural) tenía un futuro muy negro, me llevaron a la necesidad de replantearme mi futuro laboral y reorientarlo en otra dirección. Fue así cómo surgió la idea de intentar canalizar todo ese tiempo y energía que había dedicado a la búsqueda de aplicaciones para Antón y reconvertirlo en una profesión o que, al menos, pudiera propiciar alguna oportunidad laboral vinculada a este campo.

Convencer y Retribuir: Convencer de la necesidad del uso de este tipo de dispositivos para niños con diversidad funcional y ayudar a su generalización. Dado que la administración se mueve tan sumamente despacio, me parecía importante llegar a las familias e impulsar el cambio desde abajo. Devolver parte de lo recibido: desde el diagnóstico de Antón, ha sido infinita la ayuda que he recibido vía internet de otras familias con las que compartía diagnóstico y circunstancias. Sus experiencias y consejos me sirvieron para ayudarle a él y para encontrar consuelo emocional. Había recibido tanta ayuda de tantas familias de distintas partes del mundo, que me sentía obligada a devolver, al menos, una pequeña parte de lo recibido.

Vía de evasión: necesitaba contar con un proyecto que me ayudara a oxigenarme y distraer mi mente, engañarla para que dejara de rumiar todos los días y a todas horas los diferentes motivos de angustia derivados de las circunstancias de Antón. Necesidad personal de centrar mi cabeza en algo que no fuera los problemas que habían ido surgiendo respecto a la integración social de Antón, que se hacía cada vez más difícil a medida que él iba creciendo y que tanto dolor me provocaba. Era urgente que me volcara en alguna actividad que me aportara ilusión y me ayudara a desviar todos esos pensamientos. Un proyecto que sirviera para canalizar toda esa energía en construir algo positivo, en lugar de autodestruirme.

No hace falta decir que mi ingenuidad en el «Punto 1» fue inmensa y que el blog ha sido un auténtico fiasco como hipotética fuente de ingresos o de ofertas laborales. Y, aunque no me ha ayudado a conseguir ninguna ventaja material, sí que han sido incontables los beneficios emocionales que me ha proporcionado. Sumergirme en el universo de la “blogosfera de la diversidad” me ha permitido intercambiar experiencias, aprender muchísimo y obtener información que me ha servido para facilitarle un poco la vida a mi hijo. Y, sobre todo, me ha permitido encontrarme en el camino a personas (especialmente madres) fantásticas, a quienes, a pesar de no conocer físicamente, he abrazado y junto a las que he llorado y reído, de forma tan intensa como si las tuviera al lado.

Así que, esto es lo que Cappaces me ha proporcionado sin haberlo buscado:

– Una vía de desahogo: aunque pareciera contradictorio con uno de esos objetivos iniciales (evasión), se ha mostrado, sin embargo, complementario. El hecho de trasladar a palabras experiencias y situaciones difíciles, me ha servido como terapia particular. Porque, aunque la razón principal del nacimiento de Cappaces fuese la de trasladar al mundo de la infancia con diversidad funcional, las inmensas ventajas que implicaba la utilización del iPad, así como la reseña de aquellas aplicaciones que nos habían sido más útiles para ahorrar tiempo y dinero a otras familias, con el tiempo el blog se me ha ido escapando de las manos. Se ha convertido cada vez más en un espacio donde compartir experiencias vitales y reflexiones sobre la diversidad, y cada vez menos en el lugar de reseñas de apps que fue inicialmente concebido.

Amistad: El poder compartir mis experiencias de forma pública, me ha permitido conocer y conectar con otras madres en circunstancias similares a las nuestras. Compartir las alegrías y también el dolor… Me ha ayudado a sentirme menos sola y eso es algo impagable.

Rosa es una de esas madres con las que me he encontrado en este particular universo. Y, aunque nunca nos hemos visto ni hablado de forma física, es una de las personas que más me han ayudado emocionalmente en los últimos tiempos. Y es Rosa quien ha ideado y quien capitanea este hermoso sueño llamado Proyecto Clics en el que Antón y yo nos hemos embarcado y que promete darnos muchas satisfacciones y la posibilidad de conocer a niños, padres, docentes y terapeutas increíbles. Gracias Rosa.

Proyecto Clics

Proyecto Clics

 

Nadie mejor que su creadora para explicar en qué consiste Proyecto Clics:

EXPLICACIÓN DEL PROYECTO Desde hace tiempo trabajamos con personas con diversidad funcional. Por un lado, Felipe lidera el proyecto @NosWhyNot, la primera agencia de fotógrafos con diversidad funcional. Por el otro, Rosa, @iPadsyAutismo desarrolla el proyecto iPads y Autismo en una escuela. Abordamos la diversidad funcional a diferentes niveles pero con un objetivo en común, mejorar la inclusión de las personas con diversidad funcional a nivel escolar, profesional y social.

En este tiempo hemos tenido contacto con profesores, familias y diferentes profesionales que también trabajan con personas con diversidad funcional y hemos compartido la necesidad de crear proyectos que impulsen por un lado la inclusión digital y por el otro el trabajo de habilidades para reforzar su inclusión escolar, laboral y social.

El Proyecto Clics nace con esa filosofía, facilitar el acceso a una herramienta de expresión plástica como es la fotografía para potenciar la comunicación y la interacción de personas con diversidad funcional como medio para tender puentes que nos ayuden a conocerlos mejor y establecer nuevas vías de comunicación.

Debido a la edad de los niños que participarán, en principio se ha pensado que las fotos se realicen con dispositivos móviles ya que son herramientas muy sencillas de utilizar y al alcance de muchos niños, aunque también se pueden realizar con cámaras fotográficas. La finalidad no es trabajar la técnica fotográfica sino utilizar la fotografía como medio de expresión, así que estos dispositivos nos ayudarán a captar las imágenes y a compartirlas con facilidad, eliminando barreras y potenciando la autonomía de los usuarios.

Hemos abierto las puertas a escuelas, familias y asociaciones para poder contar con diferentes entornos que aportarán grandes experiencias y diferentes puntos de vista con el objetivo de enriquecer el proyecto entre todos.

OBJETIVOS:

1.- Promover la utilización de la fotografía como medio de expresión de las personas con diversidad funcional para facilitar su comunicación, la expresión de gustos, emociones, etc. y conocer de este modo algunas de sus inquietudes.

2.- Favorecer el intercambio de sinergias creando una plataforma para compartir sus fotografías, en la que puedan mostrar sus creaciones y conocer las realizadas por el resto de niños participantes.

3.-Facilitar la comunicación, la interacción, la socialización y el trabajo en equipo de los niños participantes desde diferentes puntos geográficos.

4.- Crear un espacio de encuentro para profesionales y padres de personas con diversidad funcional, para conocer otras experiencias, intercambiar opiniones, recursos y aportar ideas.

 

La participación en esta iniciativa me ha permitido comprobar hasta qué punto le entusiasma a Antón el tema de la fotografía. Esta es nuestra primera colaboración en Proyecto Clics: UN NUEVO “PRIMER DÍA”

 

Proyecto Clics

Fotografía, Internet, Tabletas, Nuevas Tecnologías… A pesar de las limitaciones impuestas por la diversidad funcional de los niños que participan en el proyecto, no puedo evitar pensar la inmensa suerte que tienen de haber nacido en una época en la que cuentan con todas estas herramientas que, no sólo les facilitan la vida diaria, sino que también les aportan enormes satisfacciones. Es por ello, que me gustaría aprovechar este inicio de curso para republicar la semana que viene algunas entradas dedicadas al modo en que se utilizan (o se podrían utilizar) las nuevas tecnologías en el ámbito educativo, esperando que nos ayuden a reflexionar sobre este tema de cara al nuevo curso.

 

Enlaces relacionados:

Razón de ser de Cappaces

La pantalla mágica

Feliz día, Sirena

hermanos de niños con discapacidadPor estas mismas fechas, hace ya algunos años (más de la mitad de la vida para ti), nos pediste que te regaláramos para tu 6º cumpleaños un libro escrito por sirenas, para poder demostrar que realmente existían.

Has sido siempre única y especial. Y aunque creas que este blog es por y para Antón, y porque seguramente muchas veces también sientas que mi vida gira sólo entorno a él, quiero que sepas que los dos sois lo más grande de mi existencia. Que nunca ha existido una niña tan generosa como tú, que desde el día en que tu hermano llegó a casa, supiste entender sus circunstancias, quererle, apoyarle y demostrar una generosidad infinita para cederle el protagonismo principal en nuestra familia. Te quiero, mi vida.

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Palabras

palabras y lenguaje, discapacidad, diversidad funcionalAyer estábamos en la playa y Antón me hizo una observación sobre los chicos de al lado: habían arrojado a la arena las colillas de los cigarrillos que acababan de fumar.

Qué maleducados…”, dijo. Y, a continuación, se desarrolló la siguiente conversación:

– Pues sí, cariño. Además, si no están bien apagadas, alguien podría pisarlas y quemarse.

– Yo de mayor no voy a fumar.

– Pues haces bien porque es una porquería. Yo antes fumaba y siempre estaba malita: tosía, no podía respirar bien y me cansaba mucho cuando subía las escaleras.

– Pues yo no pienso fumar porque ya tengo una enfermedad y no quiero tener más.

(Y es en ese momento, cuando se me hace un nudo en la boca del estómago)

– ¿Qué enfermedad tienes tú, cariño?

– Una que no me acuerdo cómo se llama.

– Eso no es una enfermedad, mi vida, es una discapacidad. Significa que hay algunas cosas que las haces de forma distinta a otras personas, pero no es una enfermedad. Ya lo hemos hablado muchas veces. La tía Rosi no oye y habla con las manos.  ¿A ti te parece que está enferma?

– No.

– Pues tú tampoco. Enfermedad es eso que tuviste con aquel nombre tan raro, mononucleosis, y que no pudiste ir al cole durante un montón de días. Estabas muy cansadito y te encontrabas mal, ¿te acuerdas?

– Sí.

– ¿Y lo entiendes ahora?

– Sí.

Pero mucho me temo que sólo durará hasta la próxima vez que escuche a alguien decir, refiriéndose a él, que “está enfermo” o “tiene una enfermedad”. Niños o adultos que emplean ese tipo de expresiones, casi siempre con la mejor de la intenciones, para justificar algunas de sus limitaciones. Ha escuchado estas frases tantas veces que, independientemente de lo que insistimos en transmitirle en casa, ha acabado convencido de que realmente es así.

Y hay quien sigue defendiendo que las palabras no son importantes si no se emplean con mala intención. Las palabras sí son importantes y hacen daño independientemente de la intención con que se utilicen.

Resulta paradójico que esta situación la viviéramos ayer, cuando fui a la playa buscando un poco de paz para olvidarme de la horrible situación que habíamos vivido un grupo de madres en Facebook, a raíz de las palabras utilizadas por una editorial. Una editorial especializada en Educación Especial que describía como “deficientes” a los niños con diversidad funcional, mientras que a los alumnos sin discapacidad los denominaba “niños normales».

Las palabras son importantes. Vaya si son importantes.

La revolución pendiente

Si hacemos un repaso por lo que ha sido el comportamiento respecto a la discapacidad a lo largo de la historia de la humanidad, no cabe duda de que, en la mayor parte de épocas y sociedades, se ha sometido a las personas con discapacidad a un trato terrible. Nuestra sociedad ya no esconde, ni encierra, ni se avergüenza de la personas con diversidad funcional. Y aunque aquí y ahora se haya progresado hacia el respeto de este colectivo, no podemos conformarnos con tan poco. Las dificultades que impiden su inclusión plena en la sociedad y la normalización de sus vidas, sigue siendo una forma de maltrato. La integración en todos los ámbitos (escolar, social, familiar, laboral) queda muy lejos de ser una realidad y sigue existiendo una tendencia a encerrarles en guetos, que puede que no sean físicos pero sí mentales y sociales.

Rosa Parks

Rosa Parks

El mundo occidental ha llevado a cabo importantes revoluciones sociales en diferentes contextos históricos: la abolición de la esclavitud, la lucha de las sufragistas del siglo XIX por la igualdad de la mujer, el movimiento por los derechos civiles para los afroamericanos en los EEUU de los años 50 o en la Sudáfrica de Mandela, el movimiento por la normalización social y la equiparación de los derechos del movimiento LGTBI… Diferentes colectivos minoritarios han llevado a cabo en los últimos tiempos pequeñas revoluciones en defensa de los derechos de sus comunidades. Paradójicamente, el colectivo de las personas con discapacidad, el más importante cuantitativamente si se acepta la estimación de que un 10% de la población tiene algún tipo de discapacidad, tiene todavía pendiente su propia revolución.

Discapacidad, diversidad funcional

La sociología establece ciertos criterios para baremar el nivel de bienestar de las sociedades: educación, sanidad, cultura, servicios sociales, etc. Yo considero que uno de los factores que mejor describe a una sociedad es la forma en que ha sido capaz de integrar a las personas con diversidad funcional y si les ha permitido un acceso real a la socialización, al mercado laboral y a la posibilidad de convertirse en seres autónomos.

En las actuales circunstancias, cuando las medidas políticas que se están adoptando atentan contra todo lo conseguido hasta ahora, todos, absolutamente todos, independientemente de si la Ley de Dependencia nos afecta directamente o no, deberíamos ponernos en pie y clamar contra el atentado que suponen para toda la sociedad esos recortes. La lucha de este colectivo es la lucha de toda la sociedad. Es mucho el sufrimiento y el esfuerzo colectivo invertido en llegar hasta donde estamos. No deberíamos permitir ni un solo paso atrás.

Movimiento Vida Independiente (FVI)

Movimiento Vida Independiente (FVI)

La diversidad funcional como elemento transformador de la sociedad

Definitiva razon discapacidadEstoy convencida de que en la naturaleza todo, o casi todo, tiene una razón de ser. Incluso la discapacidad. Desde mi perspectiva personal (y agnóstica) considero que, si llegados a este punto, la selección natural no ha eliminado por completo la posibilidad de que nazcan personas con discapacidad, obedece a alguna razón. La máxima con que Darwin definía el proceso de selección natural es que sólo sobreviven los mejor adaptados (no el más fuerte, como se ha traducido tantas veces erróneamente).

El ser humano es un animal gregario. Vivimos en sociedad para poder subsistir. Todos necesitamos de los demás. TODOS tenemos un lugar en el mundo, un papel en la sociedad.

Algunos estudios sobre el proceso evolutivo señalan que muchas especies animales han evolucionado hacia la cooperación y la asistencia mutua porque, a menudo, este es el camino más eficaz para que una especie pueda subsistir y progresar. La cooperación es una parte fundamental de la evolución humana, quizás incluso más indispensable que la competición. Nuestra sociedad parece fomentar cada vez más la competencia ya desde la infancia, cuando lo más razonable es pensar que la humanidad avanzaría más y mejor si se potenciara la cohesión social y la solidaridad.

Cuando mi hijo era más pequeño, me torturaba la idea de pensar lo cruel e injusta que la naturaleza había sido con él. El convencimiento de que cada cual tiene su sitio y su función en el ciclo de la vida, me llevó a reflexionar sobre cuál era el de mi hijo, y el de los niños y niñas que han nacido en sus mismas circunstancias. Llegué a la conclusión de que si la naturaleza les ha hecho así, ha sido para ayudar a sacar lo mejor de todos nosotros. Tenerlos a nuestro lado nos ofrece la oportunidad de aplicar la discriminación positiva de forma radical, de extraer lo mejor de la sociedad. Todo aquello que se supone convierte a nuestra especie en humana.

Y sin perder nunca la perspectiva de que me gustaría que mi hijo no tuviera las limitaciones que tiene, lo cierto es que su situación ha enriquecido enormemente mi vida, la de mi familia y la de todos cuantos estamos a su alrededor. Somos afortunados de tener a nuestro lado a alguien que todos y cada uno de los días de su vida tiene que hacer un esfuerzo mayor al nuestro. Que nos enseña a valorar absolutamente todo y a discriminar lo importante de lo insignificante.

©Paula Verde Francisco ("Mi mirada te hace grande")

©Paula Verde Francisco («Mi mirada te hace grande»)

Benjamina

En la historia de la evolución humana, los científicos han documentado la existencia de distintas especies de homínidos. Los criterios de arqueólogos, paleontólogos o antropólogos para considerar la “humanidad” de un grupo de primates se basan en cuestiones como la posibilidad de fabricar objetos, dar sepultura a sus muertos, crear expresiones artísticas… Sin embargo, si de mí dependiera, sé sin lugar a dudas cuál sería el criterio que elegiría: el momento en que un grupo de homínidos decide no deshacerse de los congéneres afectados por alguna discapacidad, sino cuidarlos como un miembro natural de esa comunidad.

Benjamina

Benjamina

Esta imagen intenta reconstruir uno de los fósiles hallados en las excavaciones de Atapuerca. Se le ha llamado Benjamina y corresponde a una niña nacida con una grave deformación craneal, que pudo vivir hasta los diez años gracias a los cuidados de su comunidad. Benjamina es el primer ser humano con discapacidad documentado del que cuidó su grupo.

Aún sabiendo que se trata tan sólo de una reconstrucción, el rostro de Benjamina me emociona y enternece. Me hace sentir cuánto de grandioso se encierra tantas veces en el ser humano y me resulta infinitamente más conmovedor que cualquier obra o logro realizados por el hombre. Las pirámides de Egipto, las catedrales del Barroco, la carrera espacial… todo resulta diminuto al lado de esa escena donde imaginamos a este grupo de homínidos, en las condiciones más adversas imaginables y cuando la supervivencia estaba tan comprometida, que fueron capaces de asumir el cuidado y la protección de esta niña.

Este es el rasgo que realmente nos convierte en seres humanos, más allá del fuego, el lenguaje o el caminar erguidos…

Los arqueólogos no encuentran una explicación razonable del por qué este grupo desafió las leyes del darwinismo cuando decidió cuidar de una niña que podía comprometer la supervivencia de la propia comunidad. Yo encuentro una explicación en la propia teoría de Darwin, que no afirmaba que sobreviviera el más fuerte sino el mejor adaptado. Y, en ese sentido, ocuparse de los miembros más frágiles del grupo supuso una forma de adaptación y evolución: significó un modo de impulsar la cooperación y la solidaridad, que han sido los elementos fundamentales para la evolución y pervivencia de nuestra especie.

Es cierto que el ser humano también ha sido quien de crear campos de exterminio, tortura, bombas nucleares… Y a eso sí que no le encuentro explicación. Seguramente en la balanza global esto último pese menos que todo lo bueno que ha sido capaz de crear. De lo contrario puede que ya no siguiéramos aquí.

Hominidos-Benjamina

ESE NO ES EL DEBATE

ese no es el debateHoy he vuelto a leer en la prensa otro de esos artículos con los que nos bombardean últimamente sobre el derecho al aborto en los casos de “malformación del feto”, como si en esta palabra cupiera todo: ceguera, parálisis cerebral, autismo, síndrome de Down, sordera…

Soy atea. No creo en Dios. Mis ideas y mi conducta no se rigen por un dogma o un código de conducta que otros han elaborado para regir mi vida. Creo en el derecho a decidir y reniego del adjetivo que define mi opción como “pro-abortista”. Creo que cualquier mujer tiene derecho a decidir si quiere ser madre. Y, si no es así, defiendo su legítimo derecho a recurrir al aborto, independientemente de las razones que le lleven a tomar esta decisión. Son suyas y no debería justificarlo ante nadie.

Ahora bien, estoy harta de tener que leer y escuchar como mi hijo y los que son como él son “abortables”. Estoy harta de leer artículos de especialistas o testimonios personales que, para defender el derecho a decidir, utilizan el tema de las malformaciones. No señores, el debate no es ese. ¿Quién decide qué vida es digna de ser vivida? ¿En función de qué se tiene o no derecho a vivir? Ni Hitler, Franco, Stalin o cientos de nombres más responsables de las grandes atrocidades vividas por la Humanidad tenían una discapacidad. ¿Fueron sus vidas dignas de existir?

Y también me molesta enormemente que se recurra a nombres como Goya, Beethoven, Roosevelt, Frida Kahlo o Stephen Hawkings para justificar el derecho a existir de las personas con diversidad funcional. Yo no he descubierto agujeros negros en el universo, no tengo ni idea de cómo componer una sinfonía ni está en mis planes resolver enigmas matemáticos… ¿no es mi vida digna de ser vivida por ello? ¿Acaso mi hijo y todas las personas con diversidad funcional deben realizar grandes descubrimientos o alcanzar grandes metas para justificar su existencia????

Son muchos los deseos y sueños que he querido alcanzar en mi vida. El principal entre todos ellos el de ser madre. Así que, cuando se dieron las circunstancias para poder cumplirlo quise serlo sin condiciones. Mi pareja y yo nos negamos a realizar la amniocentesis y cambié de ginecólogo cuando al que acudía me llamó “irresponsable” por mi decisión. ¿Acaso la amniocentesis me iba a informar de si mi hijo tendría un tumor cerebral a los 2 años, si le aplastaría un muro jugando en el jardín a los 5, si moriría a causa de una leucemia a los 12 o de un accidente de tráfico a los 20? No. Y, desgraciadamente, todos estos son casos que he vivido en mi entorno. Vivir implica riesgos y ningún test genético ni prueba médica nos va a garantizar que nuestros hijos vayan a estar exentos de ellos.

¿Acaso si un padre ve como su hijo pierde la facultad de oír, andar o hablar a los 2, 5, 12 ó 30 años, lo va a querer menos? ¿Desearía por ello que su hijo dejara de existir? ¿De qué demonios estamos hablando entonces? ¡Basta ya! El debate es el que es y no es este. Existen argumentos suficientes para defender el derecho a decidir sin ofender a las personas con diversidad funcional y a sus familias. Además, si generalizamos este argumento, ¿cuál sería la conclusión? ¿defenderemos el “aborto postnatal” cuando una persona sufra un accidente o una enfermedad que le lleven a formar parte del colectivo con discapacidad?

Y, aunque no lo comparto, respeto a quien decida practicar pruebas prenatales y abortar en función del resultado. Pero no pienso por un momento que esa actuación sea más legítima que la de quien decide abortar a causa de sus circunstancias sociales, económicas o vitales. Me opongo a que se generalice la idea de que el primero es un acto responsable, legítimo y apropiado y el segundo no. Estoy harta de este discurso que me ofende profundamente. También de que no se pueda alzar la voz para condenarlo sin ser sospechoso de ser un fundamentalista religioso o de la derecha más recalcitrante. Como madre de un niño con una discapacidad, quiero gritar al mundo que mi hijo es lo más grande de mi vida, que la ha enriquecido enormemente y que me ha convertido en un ser mucho más feliz de lo que lo era antes de que naciera.

NOS, WHY NOT ? Enfocando la vida

NWN 1Hace unos días reflexionaba acerca de la preocupación que sentimos los padres de niños con discapacidad acerca del futuro de nuestros hijos. Y dentro de ese futuro, la cuestión laboral nos causa una especial inquietud. Cierto es que hoy en día la incertidumbre laboral no es, por desgracia, una preocupación exclusiva del colectivo con diversidad funcional. Aunque también es verdad que, si en la época de bonanza y cuasi pleno empleo la tasa de paro entre este colectivo superaba el 75%, no quiero imaginar a cuánto habrá ascendido actualmente ese porcentaje.

No se puede negar el avance que implica que nuestra sociedad haya conseguido cubrir las necesidades más básicas de las personas con discapacidad. El recurso a la mendicidad para subsistir, es un recuerdo de épocas pasadas. Sin embargo, resulta también indudable que toda persona que carezca de una obligación por la que levantarse cada mañana, para afrontar una tarea necesaria para su subsistencia, para encarar nuevos retos y hasta para poder valorar los momentos de ocio… acaba convirtiéndose en un ser sin vida. Un niño eterno.

Es lo que en nuestra familia denominamos el “Síndrome de los lémures”, a raíz de una charla didáctica que pudimos disfrutar en el Zoo de Madrid. La cuidadora de los lémures nos explicó cómo debían colocarles la comida de forma poco accesible, de manera que estos pequeños primates se vieran obligados a buscar recursos para acceder a ella. De lo contrario, caían en una apatía que les acababa llevando a la muerte.

El empleo es una necesidad básica. Y aunque esto parezca una obviedad, me refiero a algo que va mucho más allá de la mera subsistencia material. Un empleo no es sólo necesario para garantizarse techo, alimento, educación, confort material, ocio… Es indispensable para mucho más: para sentirse útil, valioso y apreciado, una persona plena.

Parezca que en los últimos años hayamos caído en la cuenta de que el trabajo es algo mucho más que “un mal necesario”. No hay día que no nos levantemos y acostemos con cientos de noticias que giran alrededor de esa tragedia colectiva que estamos viviendo. Vemos cómo el desempleo no sólo expulsa a la gente de sus casas y obliga a recurrir a comedores sociales, sino cómo les destruye también como personas. Pues bien, esta situación ha sido la norma para el colectivo de personas con diversidad funcional.

NWN 2Me preocupa un futuro donde mi hijo no tenga alguna obligación que le empuje a levantarse cada mañana. O que su única salida esté en algún taller ocupacional cuya materia no sea de su interés ni se adapte a sus habilidades. Es por ello que aplaudo inmensamente iniciativas como la realizada por Nós Why Not (NWN), la primera agencia de fotógrafos con discapacidad cognitiva que promueve “una nueva forma de inclusión en la sociedad a través de la fotografía”. Impulsada por el fotógrafo Felipe Alonso, no trata tan sólo de desarrollar un nuevo ocio, con las ventajas terapéuticas que ello implica, sino que abre también a estas personas una nueva vía laboral.

NWN acaba de inaugurar su primera exposición en la sede de la Fundación NovaCaixaGalicia en A Coruña. Esta muestra se inscribe dentro del proyecto Inside Out Project. Se trata de una propuesta artística, grupal y global, que ofrece la oportunidad de compartir retratos a gran escala y, a través de ellos, manifestar los principios que representan. Intenta ser una plataforma global donde cualquier persona pueda compartir su historia íntima y transformar ese mensaje de identidad personal en arte público.

Cada acción de grupo de Inside Out alrededor del mundo se documenta, archiva y expone online. Desde marzo de 2011 se han enviado más de 120.000 pósters a más de un centenar de países (Ecuador, México, Palestina, Sudáfrica, Armenia, Japón, Nepal, etc.). Este proyecto ha inspirado acciones de grupo en torno a temas tan diversos como: la esperanza, el conflicto palestino, la violencia de género, el sida, el cambio climático, la diversidad…

Inside Out es un proyecto artístico, participativo e internacional, que permite a personas de cualquier parte del mundo ser fotografiadas y convertir esos retratos en pósters que sirven para compartir experiencias y respaldar causas e ideas. El hecho de que los retratos se muestren anónimos y no contengan ningún tipo de explicación, permite originar un espacio abierto que propicia el encuentro entre el sujeto/protagonista y el transeúnte/intérprete. Este proyecto intenta transformar el interrogante “¿puede el arte cambiar el mundo?” en “¿puede el arte cambiar la vida de la gente? ”.

NWN TalleresLo que más nos gusta de la muestra de A Coruña es que, cada sábado por la mañana y hasta su clausura el próximo 3 de junio, varios de estos artistas impartirán talleres didácticos donde puede participar todo aquel que quiera aprender de sus conocimientos y experiencia en el mundo de la fotografía. Se trata de talleres abiertos a personas con y sin discapacidad, a amantes de la fotografía… sin etiquetas.

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Sueños de futuro

Sueños de futuroCuando los padres de niños con diversidad funcional pensamos en el futuro de nuestros hijos, nos preocupan grandes interrogantes que tienen que ver, principalmente, con su capacidad de autonomía e independencia en su vida como adultos. A medida que esta aspiración se evidencia más y más difícil, nuestra inquietud se centra en asegurarnos de que, una vez que nosotros no estemos, otros se ocuparán de quererles, cuidarles y protegerles.

Es algo con lo que intentamos aprender a vivir. Por eso me desconcierta que, cuando asoman a mi cabeza otras pequeñas cuestiones (si se comparan con “la gran preocupación”), tales como si mi hijo será capaz de participar en el viaje de fin de curso del cole al acabar la primaria, ir de acampada con los amigos, hacer botellón, aprender a conducir, tener una relación de pareja normalizada o incluso ser padre… se me encoja el corazón. Cada día aparece un nuevo interrogante, una nueva incerteza relacionada con situaciones concretas y en teoría, sólo en teoría, menores.

Si a cualquier padre le comunicaran hoy que su hijo es estéril, la noticia le destrozaría. Para los padres de niños con discapacidad, la improbabilidad de que nuestros niños puedan algún día ser padres, es tan sólo una entre las infinitas imposibilidades que seguramente se les planteen. Los sueños que nosotros teníamos para nuestros hijos ya nacieron rotos. Y día a día vamos acumulando incertidumbre, imposibilidades y más sueños rotos.

Intentamos aprender a vivir con ello pero son tantas las horas, días, semanas, meses, años de lucha contra pensamientos negativos, que son muchas las veces en que consiguen ganar e imponerse sobre nuestras esperanzas. Y sí, tenemos que aprender a convivir con esos momentos. Y también a combatirlos, para que no condicionen ni limiten la vida de nuestros niños. Sin descartar nunca nada, por imposible que parezca. Ofreciéndoles siempre una oportunidad para intentarlo, aún a costa del enorme dolor que sus frustraciones y desengaños nos provocan.

Es por todo esto que me ha emocionado tantísimo el dibujo que ha hecho Antón en el cole. Su profesora me lo ha enviado sabiendo, seguramente, lo mucho que me conmovería. Es la ilustración a un ejercicio donde se propuso a los niños de la clase que pensaran acerca del futuro e imaginaran cómo se veían con 30 años.

Así es como mi enano ve su futuro: NORMALIZADO. Resulta un alivio comprobar que todos los miedos, inseguridades e incertezas de su madre no le hayan alcanzado.

"Antón con 30 años"

«Antón con 30 años»

Gracias Teresa por este regalo. Y por esas lágrimas que, por una vez, son de alegría.

Cuando el juego es mucho más

Jugaba con niñas porque ellas hablaban más y corrían menos”. Esta frase, extraída de un maravilloso artículo de Santiago Roncagliolo (Princesas y futbolistas) define a la perfección la naturaleza de las relaciones sociales de mi hijo.

JuegoInclusion_NiñasLo queramos o no, es una evidencia que, en general, los gustos y aficiones de los niños difieren en función del género. Y por mucho que intentemos educarles de igual forma y les ofrezcamos las mismas posibilidades, en general y salvo raras excepciones, sus mundos se separan a partir de los 6 ó 7 años y no vuelven a reencontrarse hasta algún tiempo después.

Yo misma, y antes de ser madre, renegaba de estas generalizaciones y mitos. Sin embargo, desde que nació la mayor he ido observando la naturaleza de sus relaciones sociales y las de sus amigos. Tras doce años de análisis y reflexión (cual entomólogo) he tenido que rendirme a la evidencia. Mi hija ignoró todo el conjunto de grúas, scalextric, barcos, maletines de herramientas y similares que con tanto afán igualitario nos empeñamos en comprarle. Tan sólo le encontró utilidad a un coche, descapotable y lo suficientemente amplio para acomodar a todo su ejército de Barbies. Sí, esa muñeca sexista y odiosa cuya entrada teníamos terminantemente prohibida en casa y que le acabaron proporcionando amigos y familiares desoyendo nuestras órdenes claras, tajantes… e inútiles.

A pesar de nuestros esfuerzos por educarles en la igualdad y huir de los tópicos sexistas, parece existir algo incorporado de fábrica que les lleva a diferenciarse, al menos, en cuanto a ciertas preferencias.

Durante la etapa de Educación Infantil, esas diferencias son pequeñas y sutiles: las chicas adoran el rosa, la purpurina y las barbies (o su sucedáneo actual representado por las Monster High); mientras que los niños se decantan por el azul y les fascina el universo de los superhéroes y dinosaurios. Coincidiendo con el inicio de la Educación Primaria, sus mundos comienzan a divergir. Seguramente el tema fútbol tenga mucho que ver en el origen de esta bifurcación. Así que, a los niños que no les gusta el fútbol, o a quienes no pueden practicarlo como es el caso de mi hijo, no les queda más remedio que buscar a otros “frikis” afines a ellos, más interesados en cazar grillos, coleccionar arañas o jugar a piratas que en pegar patadas al balón a todas horas.

Pintanto y tomando teOtra opción, bastante más excepcional, es la de acoplarse a las niñas. Este es el caso de Antón ya que, debido a las circunstancias derivadas de su discapacidad, también carece de la habilidad necesaria para atrapar bichos o abordar un barco imaginario. Cuando leí esa frase en el artículo de Roncagliolo, entendí que esa definición tan concisa y perfecta (“hablaban más y corrían menos”) resumía en cinco palabras el fundamento del mundo social de Antón: dadas sus dificultades en cuanto a la comunicación expresiva, se le da muy bien escuchar y el movimiento no es precisamente su fuerte.

Así que, los mejores amigos de Antón son chicas. Ha tenido la enorme suerte, además, de encontrarse a niñas increíbles en su camino. Y no sé si se deba a la influencia de estas amistades femeninas o porque ya venía así configurado de fábrica, lo cierto es que es el único niño-chico de la clase cuyo color preferido es el rosa, es más fan de Peppa Pig o Dora Exploradora que de Spiderman y odia el fútbol. Y eso, a pesar de los esfuerzos de toda la familia por lograr que, al menos, disfrutara de este deporte como espectador, dada su innegable relevancia en la vida social.

Lo han intentado su hermana, su tío y sus primos (hinchas a muerte del Athlétic de Bilbao), su abuelo (fanático del Real Madrid), su padre (indefinido oficialmente pero barcelonista de corazón) y hasta yo misma (a pesar de mi animadversión hacia a este deporte, de puro cansina que me resulta su omnipresencia). No ha habido manera… Lo odia. Logramos que se contagiara un poco del entusiasmo de los bilbainistas de la familia hacia el final de la temporada pasada, ante los que se presuponían triunfos históricos que estaban a punto de llegar tras tantos años de sequía. Pero, lo más lejos que llegó fue a llevar la bufanda del Athlétic al cole un par de días. El desánimo absoluto de hermana, tío y primos ante el descalabro monumental de los leones, sólo sirvió para reafirmarle en su convencimiento de que semejante desgaste en energía e ilusión no merecía en absoluto la pena.

De todos modos, y a pesar de lo expuesto, Antón suspira por tener también amigos chicos y poder participar de sus mismas actividades. Algo que, hasta hace poco, parecía imposible.

Su amigo Brais y él nacieron casi a la vez y la amistad que nos une a las familias ha hecho que crecieran juntos. Fueron compañeros de juegos en su primera infancia pero, a medida que crecieron, las diferencias en cuanto a sus habilidades motrices les fueron distanciando. A pesar de compartir género, edad, curso y cole, no pueden ser más distintos en cuanto a gustos, aficiones y habilidades. Alguna tarde les ha unido el visionado de una película o jugar con el iPad. Sin embargo, se limitan a alternarse el dispositivo, lo que no ayuda a compartir ni crear vínculos. Sus habilidades en cuanto a la motricidad fina son tan distintas, que no les interesan los mismos juegos. A Antón le resulta imposible ejecutar los que le entusiasman a Brais y a éste le aburren infinito los que se adaptan a las habilidades de Antón.

El caso es que, tanto yo como la madre de su amigo (y especialmente ella), llevamos años intentando hacer confluir sus mundos. No hemos dejado de darle vueltas a la cabeza y probar juegos y actividades que pudieran compartir y que les divirtiesen a ambos. Ya digo que, tanto sus habilidades como sus gustos, no pueden ser más diferentes. A Brais le encanta moverse (subir, bajar, correr, trepar) y las videoconsolas sofisticadas tipo Play o Wii cuyos juegos son imposibles de ejecutar para Antón.

Parchis-1Parecía misión imposible, hasta que a la maravillosa y tenaz mamá de Brais se le ocurrió probar con el mundo de los juegos de mesa. Aunque inicialmente ambos fueron reacios, la operación acabó resultando un éxito. Y ese ha sido el punto de inflexión que les está volviendo a reunir. Primero fue el parchís, después el Cadoo, el Quien es Quien, dominó, memory… Nuestro último descubrimiento ha sido el ajedrez.

QuienEsQuien (2)Aunque las habilidades motrices y cognitivas de su amigo quizá siempre estén por encima de las suyas, lo importante es que jueguen y participen de la misma actividad. Han aprendido a asociar ciertos juegos a determinados amigos. Brais sigue jugando al fútbol con Jaime, “a luchas” con Mateo y a la Play con Santi. Y a Antón le sigue encantado jugar “a tiendas”, a “mamás y papás” o a disfrazarse con Yasmin, Manuela o Patri. Finalmente, han aprendido a adaptarse el uno al otro y a encontrar un lugar donde disfrutar juntos. Tenemos la esperanza de que eso les ayude a establecer puentes entre ellos, a afianzar lazos y consolidar una amistad que ojalá les lleve a encontrarse también en otros puntos y momentos de la vida.

Al principio del camino, los padres de niños que nacen con alguna discapacidad, nos preocupamos y obsesionamos con interrogantes acerca de si alcanzaran o no determinadas funcionalidades básicas (hablar, andar, controlar de esfínteres, autonomía en la vida diaria), así como objetivos intelectuales también esenciales (leer, escribir, calcular…). Sin embargo, cuando el tiempo pasa y crecen, somos conscientes de lo enormemente importante que resulta para su felicidad la integración social. Así que, sus manifiestas dificultades para establecer relaciones sociales con niños de su misma edad, acaba generándonos enorme angustia y ansiedad. Especialmente en el caso de niños a quienes precede algún hermano mayor, que constituye su referente y cuyas relaciones sociales aspiran a imitar.

La normalización de la vida social implica para la familia una cuota de sufrimiento importante que atraviesa diferentes etapas con distintos motivos de abatimiento. En una primera etapa son inevitables las comparaciones: mortificadoras tardes de parque donde sólo eres capaz de ver lo que otros niños de su edad ya hacen y que tu hijo quizás nunca consiga. Al resto de niños, a aquellos que no nacen con diversidad funcional, no se les somete a la humillación de ser permanentemente comparados. Y no importa que esas reflexiones no se hagan en voz alta ni delante del niño. Son los mayores expertos en comunicación no verbal y absorben esos sentimientos que pueden acabar pasando factura a su autoestima. Debemos sentir orgullo de nuestros niños y valorar como se merecen los esfuerzos que deben realizar todos y cada uno de los días de su vida. Aceptar su forma de ser y funcionar, y disfrutar del ser único y especial que es.

Superada esta etapa, llega otra más dolorosa si cabe: el momento en que buscan ser aceptados como iguales entre los de su edad. Es también enorme el sufrimiento que generan estas dificultades por encajar con los suyos. Eres consciente de cada rechazo físico, de cada mirada de recelo, de cada frase de desdén, de sus esfuerzos ingenuos por alcanzar a quien le rehúye… Estas situaciones provocan un enorme dolor que es necesario apartar para que no ensombrezcan los instantes felices, que probablemente sean mayoría aunque parezcan pesar menos.

Resulta muy loable recoger tapones para ayudar a niños con discapacidad a recaudar fondos para objetivos concretos, participar en maratones y campañas solidarias o compartir en el muro de Facebook la celebración del correspondiente “Día de”. Sin embargo, lo realmente importante es no olvidarse de incluirles y hacerles partícipes de nuestro entorno social: invitarlos a las fiestas de cumpleaños de nuestros hijos, a comer o pasar alguna noche a casa como cualquier otro amiguito o a educar y animar a sus compañeros para que intenten participar en actividades y juegos que se adapten a ellos. Sé que es difícil, pero no imposible. Sobre todo, si se tiene la suerte de tener amigas tan maravillosas como la mamá de Brais.

Dadas las dificultades de trasladar fuera de casa los juegos de mesa (y a pesar de ese agujero negro que parece existir en el fondo del bolso de las madres), resultaría genial poder incorporar a nuestra tableta aplicaciones de este tipo para que nuestros hijos puedan socializarse y compartir juegos con otros niños durante quedadas y reuniones de amigos. Así evitaremos también ese triste espectáculo que resulta de contemplar como un grupo de adultos charla, divertido y animado, mientras en la mesa de al lado sus hijos se vuelcan en sus respectivas consolas, tableta o móvil, ignorándose los unos a los otros.

A eso dedicaremos en Cappaces las próximas entradas. Hemos añadido una subcategoría nueva dentro del apartado Ocio denominada Juegos para compartir. Aquí iremos incluyendo otras aplicaciones que reúnan este tipo de características y permitan la interacción entre dos o más niños.

El poder de las palabras

 

uso respetuoso del lenguaje, discapacidad, diversidad funcional

©Paula Verde Francisco

 

Las palabras moldean el pensamiento

Cuando iniciamos los trámites para lograr el certificado de discapacidad de mi hijo, recuerdo ver a mi marido cabecear contrariado sobre los formularios y cuestionar el empleo del término “minusvalía”. El departamento encargado de aquella gestión llevaba por nombre “Sección de Calificación y Valoración de Minusvalideces”. Era 2005 y ese mismo encabezado se repitió en diferentes trámites y renovaciones posteriores. Hubo que esperar al año 2011 para recibir el primer documento donde la palabra “Minusvalideces” apareciera sustiuída por “Discapacidades”.

– ¿Qué más da? –dije yo indiferente aquel día–  ¿Qué más da una palabra que otra?. Lo que es, es y de nada sirven los eufemismos.

El diagnóstico de Antón había caído sobre mí como una auténtica tragedia y mi percepción sobre la discapacidad estaba muy lejos de lo que hoy ha llegado a ser. Estaba atravesando una de esas fases en las que los expertos dividen el proceso de duelo: la del dolor. Pero no estaba dolida, estaba cabreada, muy muy cabreada. Poco podía imaginar yo entonces lo mucho que iba a cambiar con el tiempo mi perspectiva, mi forma de pensar y de sentir también en este aspecto: el del lenguaje.

Las palabras son enormemente poderosas. No sólo designan objetos o conceptos, sino que también dan forma al pensamiento y este, a su vez, condiciona nuestras actitudes. Así que, para cambiar actitudes inadecuadas, perjudiciales, equivocadas e injustas, es necesario empezar por cambiar la forma en que hablamos y la terminología que empleamos.

La discapacidad como parte de la naturaleza

Existe un conjunto de palabras que se han venido utilizando para hacer referencia a las personas con discapacidad que deberíamos desterrar para siempre de nuestro vocabulario. Son palabras que obedecen a otras épocas y formas de pensamiento. Y son, además, calificativos y expresiones ligadas a una concepción peyorativa, negativa y estigmatizada de la discapacidad. Una concepción que entendía la discapacidad como un castigo o que la interpretaba como una anomalía excepcional de la naturaleza.

Nadie con un mínimo de sentido común y sensibilidad podría sostener a día de hoy la teoría del castigo divino. Respecto a la que percibe la discapacidad como algo excepcional, tampoco se ajusta a la realidad. Se estima que el 10% de la población mundial tiene algún tipo de discapacidad. Con estas cifras no se puede considerar esta circunstancia como algo excepcional en la naturaleza, sino como parte inherente a ella. Las personas con discapacidad son, pues, la minoría más amplia que existe cuantitativamente y, sin duda, también la más heterogénea: se da en todos los continentes, en todas las culturas y grupos étnicos, en ambos géneros y a cualquier edad, en todas las comunidades religiosas, partidos políticos y grupos ideológicos, en cualquier clase social o colectivo profesional… La discapacidad no es una excepcionalidad, es parte de la naturaleza, del mundo y de la sociedad.

Las personas con discapacidad son negras, blancas o asiáticas; altas, bajas, gordas o flacas; rubias, morenas o pelirrojas. Cristianos, musulmanes, judíos, budistas, hindúes y ateos. Heterosexuales u homosexuales. Padres, madres, hijos, sobrinos, tíos, abuelos, suegros, yernos, primos… Pueden ser maestros, peluqueros, abogados, reponedores, arquitectos, transportistas, médicos, ordenanzas, ministros, agricultores, camareros, banqueros o científicos. La discapacidad es inherente al ser humano y puede, además, llegar a afectar de forma transitoria a todas las personas en algún momento de sus vidas.

Cambiar las palabras para transformar las actitudes

Las personas con discapacidad merecen ser tratadas con el mismo respeto que las no nombradas por esta circunstancia. Y ese respeto debe empezar por la forma en que nos referimos a ellas. Desechemos de nuestro vocabulario ciertas palabras que obedecen a formas de pensar injustas, irrespetuosas y crueles: minusválido (¿quién, cómo y en función de qué criterio se decide si un ser humano vale menos que otro?), retrasado, impedido, deficiente, disminuído, inválido, tullido, incapacitado, paralítico, mongólico, discapacitado… La lista de vocablos desafortunados es interminable. La mayoría de ellos, además, ha derivado en insulto o tienen una fuerte carga negativa.

Debemos cambiar también las expresiones que describen esta circunstancia. Una persona no “es discapacitada” sino que “tiene una discapacidad”. Del mismo modo que quien tiene gafas no es un gafoso o a quien padece cáncer no lo definimos como canceroso, ni a los portadores del VIH como sidosos. Si estos términos nos parecen intolerables, ¿por qué no aplicamos las mismas reglas al mundo de la diversidad funcional?.

Las personas no SON sus condiciones, sino que las TIENEN:

Una persona no “es un Down” sino que “tiene Síndrome de Down”.

No es autista, tiene autismo.

No es retrasado mental, tiene una discapacidad cognitiva.

No es paralítico, tiene parálisis cerebral.

No es enano, tiene acondroplasia.

No es tretapléjico, tiene una tetraplegia.

No se padece o sufre una discapacidad, se tiene una discapacidad. O, mejor todavía, se es nombrado por la discapacidad.

No se está atado o confinado a una silla de ruedas. Una silla de ruedas se utiliza para desplazarse.

La inclusión de las personas con discapacidad debe convertirse en una realidad. La necesidad de normalizar sus vidas es urgente, entendida ésta como la existencia plena y activa dentro de la sociedad. Debemos considerar, ver y entender la discapacidad como parte inherente de la condición humana. Y nada de esto será posible, si no empezamos por cambiar las palabras y expresiones con que hacemos referencia a sus circunstancias y su forma de funcionar.

Definir a las personas por lo que son y no por sus diagnósticos

PoderPalabrasYa hemos visto cómo las palabras pueden crear o destruir porque, muchas veces, elaboran el pensamiento y le dan forma. Los términos llevan asociados ideas, valores y prejuicios que se transmiten en el tiempo. Si queremos cambiar esos conceptos y valores, debemos empezar por cambiar las palabras. La utilización de cierta terminología anticuada y poco apropiada, puede perpetuar estereotipos negativos y reforzar barreras de comportamiento muy importantes. Y son estas barreras las que suponen el principal obstáculo en la vida de las personas con diversidad funcional.

Determinados diagnósticos médicos parecen apoderarse por completo de los individuos a quienes se asignan. La mayor parte de las personas no son definidas por sus diagnósticos. Antes que nada son personas, que pueden estar o no afectadas por determinadas condiciones médicas: dermatitis, reumatismo, diabetes… No anteponemos ninguna de estas clasificaciones médicas a la persona. Son Alberto, Marta, Irene o Martín y no “el asmático”, “la miope” o “el celíaco”.

Sin embargo, esto no es así para las personas con discapacidad: anteponemos su diagnóstico (autismo, parálisis cerebral, síndrome de Down) a su persona. Pocas veces conseguimos percibir otras muchas características que también forman parte de su personalidad: talento musical, pasión por los automóviles, afición a la montaña, consumado repostero, lector voraz, contador de chistes, facultad de oratoria, tímido, extrovertido, antipático, carismático, tierno, huraño, fabulador, honesto, susceptible, alegre, chismoso, idealista, ingenuo, pragmático, pesimista… y todos esos cientos de rasgos que son los que ayudan a conformar lo que una persona es. Todo, absolutamente todo, queda fagocitado, empañado y ocultado bajo un diagnóstico. La utilización de este tipo de terminología debería quedar reducida al mundo de la medicina, único ámbito donde la etiqueta médica de una persona puede tener algún sentido. No deberíamos permitir que en el ámbito social esos términos definan lo que una persona es.

Cuando vemos el diagnóstico como la característica más importante de una persona, la estamos despreciando como ser humano. No podemos permitir que el diagnóstico de una persona acabe definiéndola.

Diversidad funcional

Hemos concluído que las personas no son su discapacidad sino que la tienen. Sin embargo, la expresión “tener una discapacidad” tampoco me convence plenamente. Aunque la palabra “discapacidad” resulte, desde luego, más apropiada que los calificativos y expresiones que se han venido usando hasta ahora, sigo percibiendo en ella una cierta carga negativa.

Hemos reflexionado también acerca de lo que significa realmente tener una discapacidad: supone tener unas características biofísicas diferentes a las de la mayoría cuantitativa de la población y que llevan a funcionar de forma distinta. Es por ello que la expresión “diversidad funcional” se ajusta mejor a la realidad y, a diferencia de los adjetivos y expresiones empleados hasta ahora, no lleva implícita ninguna connotación negativa.

Existe un movimiento de personas adultas con discapacidad del que he aprendido muchísimo: Foro de Vida Independiente (FVI). Este colectivo defiende el modelo de vida que yo quiero para mi hijo cuando alcance la etapa adulta. Es aquí donde se gestó la expresión diversidad funcional  y desde donde se está luchando por lograr su implantación. Representa, sin ninguna duda, una expresión mucho más respetuosa, justa y adecuada a la realidad. Entendiendo que en esto, precisamente, consiste tener una discapacidad: en funcionar de un modo diferente. Bien sea desplazarse en una silla de ruedas (en lugar de andar con las piernas), comunicarse con lengua de signos o pictogramas (y no con lenguaje oral), escribir empleando un teclado en vez de un bolígrafo o sustituir el tacto por la vista (braille) para leer un texto.

Entiendo que es un término que puede resultar largo y complejo, pero creo que deberíamos hacer el esfuerzo porque cuajara y se popularizara. Hemos sido capaces de incorporar a nuestro vocabulario términos, nombres y hasta expresiones imposibles, sin ningún problema: Ratzinger, Schwarzenegger, Guggenheim, Azerbaiján, Al-Qaeda, pen-drive… Últimamente ni siquiera nos molestamos en traducir los títulos de series de televisión. La lista de ejemplos resulta interminable y respecto al ‘mundo niños’, parece imposible que puedan manejar con tanta soltura las denominaciones de todos los Pokemon y sus evoluciones o la compleja lista de dinosaurios y, sin embargo, lo hacen.

Hagamos, pues, el esfuerzo colectivo de cambiar también las palabras y expresiones que utilizamos para hacer referencia a un colectivo tan importante como marginado. Nunca podrán alcanzar una inclusión real, si no empezamos por referirnos a ellos de forma digna, correcta y justa.

uso respetuoso del lenguaje, discapacidad, diversidad funcional

©Paula Verde Francisco

 

Frases y expresiones que construyen barreras mentales

“De cerca, nadie es normal”

Todos y cada uno de nosotros, en algún momento de nuestras vidas, nos hemos sentido “diferentes” al resto. Estoy segura de que es un sentimiento común a todos los seres humanos. Pero, de forma paradójica, consideramos “normales” a la mayoría de personas que nos rodean. Sin embargo, cuando tenemos la oportunidad de conocerles algo más a fondo, llegamos a darnos cuenta de que no son todo lo normales que parecían a primera vista. La frase de Caetano Veloso que encabeza este párrafo, no puede definir mejor y de forma más concisa esta sensación.

La “normalidad” parece envolverlo todo y a todos. Pero, ¿que significa “ser normal”? ¿Se ajusta todo a una única norma? ¿Respondemos todos a una forma normal de ser, estar o vivir? No. ¿Por qué, entonces, existe esa idea colectiva de normalidad? La respuesta constituye para mí un misterio. A no ser que confundamos normal con convencional. Puede que la mayoría de nosotros llevemos vidas más o menos convencionales, pero lo cierto es que ninguno somos en realidad normales y casi nadie, en su fuero interno, se sentiría completamente identificado con este adjetivo.

Problema, ¿qué problema?

Perder a un ser querido, ser diagnosticado de cáncer, quedarse sin empleo, divorciarse, caer en la drogodependencia o la ludopatía, distanciarse de un amigo, sufrir un accidente de tráfico…. Todas estas circunstancias y cientos de situaciones más constituyen “tener un problema”. Tener características biológicas diferentes y funcionar de forma distinta a como lo hace la mayoría cuantitativa de la población, no debería calificarse como problema.

Se ha venido utilizando esta expresión como una alternativa a todos esos otros términos tan contundentes y cargados de negatividad como disminuido, inválido o discapacitado. Parece representar (de forma completamente errónea) una forma más delicada de designar a las personas con diversidad funcional. Muchas veces somos las propias familias quienes empleamos esta expresión, porque la forma en que se nos ha educado respecto a la discapacidad, nos ha convencido de que tener un niño con estas características significa realmente tener un problema y vivimos su llegada al mundo como una tragedia.

No podemos permitir que nuestros hijos escuchen continuamente a su alrededor referirse a ellos como “el niño del problema”. Acabará convirtiéndose en una profecía autocumplida porque, si se les designa así, acabaremos convenciéndoles de que realmente tienen un problema. Y ese, y no otro, será su auténtico problema.

Ser especial

A veces pasamos al extremo contrario y sustituimos “tener un problema” por “ser especial”. El problema reside en que cuando empleamos la palabra “especial” nuestra actitud y expresión no verbal sigue queriendo decir realmente “problema”. Así que pervertimos un término en principio positivo, para acabar convirtiéndolo en algo también negativo.

La primera vez que fui consciente de ello fue el día en que mi hija, que por entonces tenía seis años, vino a mí preocupada para que le dijera “la verdad”. Y esa verdad consistía en saber si ella también tenía algún tipo de discapacidad como su hermano y se lo estábamos ocultando porque “a mi Antón me parece normal pero es especial” y porque “Antón es especial pero él no lo sabe”.

Poder palabras especialPara esa niña de seis años, la palabra especial tenía el mismo significado que para los adultos el término problema. La palabra que todos usábamos para referirnos a Antón y que creíamos completamente inocente, había adquirido una carga tremendamente negativa.

Esa conversación también me hizo reflexionar sobre cómo nuestra actitud y nuestras expresiones habían acabado convenciendo a esa misma niña de que su hermano, a quien ella veía perfectamente normal porque no lo había conocido de otra forma, tenía en realidad un grave problema. Ese sentimiento suyo también decía mucho de cómo le habíamos transmitido las circunstancias de su hermano.

Ella, que había crecido y convivido con él, nunca había visto nada de especial, extraordinario, atípico o negativo en la forma de ser y funcionar de su hermano. Aprendí muchísimo de su actitud. En realidad, lo aprendí TODO. Eran innumerables los campos en los que no le dábamos a Antón ni siquiera la oportunidad de fracasar. Su hermana, sin embargo, lo inició de la forma más natural del mundo.

Resultaba sorprendente observarles y comprobar las estrategias que salieron de ella para que su hermano pudiera participar en determinadas actividades. Cuando Antón aún no andaba ni se comunicaba de forma verbal y sus dificultades motrices eran enormes, le encontré una tarde sentado junto a ella aprendiendo a crear su propia firma. Era un amasijo de garabatos ilegible… como lo son la mayoría de las firmas.

La primera vez que se encaramó a la cima de un tobogán, lo hizo ayudado por su hermana y aprovechando un despiste mío. Después de lanzar un grito de terror y la correspondiente bronca, les pedí que me explicaran cómo habían logrado tal hazaña y todavía hoy sigo perpleja al recordarlo. Fue su hermana quien le enseñó a bajar las escaleras sentado o la mejor técnica para descolgarse de la cama. Durante el tiempo en que Antón sólo podía desplazarse sentado, su hermana puso de moda en el parque las carreras en esta modalidad. Y aquí sí que Antón era imbatible. Y tantas y tantas cosas… Nunca vio ninguna limitación en su hermano y, de forma natural y espontánea, supo percibir que tan sólo necesitaba de otras herramientas o estrategias para hacer lo mismo que el resto de niños. Yo, en cambio, necesité de varios años y toneladas de documentación, bibliografía y pesquisas en internet, para llegar a una nueva forma de pensar, de sentir y de actuar.

Si no somos capaces de utilizar la palabra especial en su sentido real y positivo, sustituyámosla por expresiones más acertadas. ¿Qué pueden tener de especial elementos como el transporte, un aparcamiento, un cuarto de baño o la habitación de un hotel?. Sería más apropiado hablar de transporte adaptado o aparcamientos, baños y habitaciones accesibles.

Los alumnos con autismo o TDAH y los que tienen parálisis cerebral o discapacidad visual no tienen las mismas necesidades, así que tampoco deberíamos englobarlas en un todo. En lugar de “necesidades educativas especiales”, deberíamos hablar de adaptaciones materiales, físicas, curriculares o metodológicas.

“Estos niños”

Cuando escucho frases del estilo: “estos niños son muy cariñosos”, “estos niños esto“ y “estos niños aquello”, tengo que hacer verdaderos esfuerzos por reprimir las ganas de replicar: “¿estos niños quiénes? ¿los que utilizan silla de ruedas? ¿los que tienen síndrome de Asperger? ¿los que tienen los ojos azules? ¿los que devoran espaguetis? ¿los que odian las pelis de miedo? ¿estos niños cuáles? ¿qué niños???!!!

Por supuesto, sé que se están refiriendo a mi hijo y sus colegas, o sea, a todo el conjunto de niños con diversidad funcional, como si este colectivo fuese un todo homogéneo. Ni siquiera los niños agrupados en una misma clasificación médica son un todo homogéneo, ni siquiera los niños que comparten diagnóstico y viven en el mismo país, y ni siquiera los niños definidos con un mismo síndrome y que han sido educados dentro de la misma familia. No, no son todos iguales.

Además del gen que ha definido sus diferencias biofísicas, existen otros cientos de miles de genes más, responsables de todas las características que definen sus rasgos, personalidad, gustos, talentos y aficiones.

Los chinos no son todos iguales. Los musulmanes no son todos iguales. Los vegetarianos no son todos iguales. Los fans de los Beatles no son todos iguales. Los jardineros no son todos iguales. Los asmáticos no son todos iguales. No todos los niños con diversidad funcional son iguales. Tan sólo es igual la mirada y la simpleza de aquellas personas que así lo perciben y la discriminación, los prejuicios y la incomprensión de que son objeto.

Estar “enfermo”

No son pocas las veces en que Antón ha regresado enfadado del colegio lamentando: “estoy harto de que digan que estoy enfermo”. Efectivamente, la discapacidad no es equivalente a enfermedad. La enfermedad es una circunstancia transitoria y cuando un niño enferma puede tener síntomas molestos (fiebre, tos, vómitos, dolor de cabeza, sarpullido, mareos) que le hacen acudir al médico, tomar un medicamento o permanecer en casa/hospitalizado hasta recuperarse. La enfermedad está relacionada con la salud, mientras que la discapacidad tiene que ver con el modo en que una persona funciona. Un niño con discapacidad tiene una forma diferente de funcionar, pero no está enfermo.

No es que sea mejor o peor estar enfermo que tener una discapacidad. Hay enfermedades graves y enfermedades leves; pueden ser crónicas o transitorias; enfermedades para las que existe tratamiento y enfermedades incurables. Por su parte, existen discapacidades que afectan a una o varias funcionalidades de la persona; discapacidades para las que se han desarrollado y generalizado herramientas que permiten a esas personas desenvolverse sin dificultad y que facilitan su inclusión social y otras con las que, en cambio, resulta muy difícil funcionar en el entorno físico y mental que la sociedad ha construido.

Enfermedad y Discapacidad son dos condiciones distintas. Y a nadie le gusta que le califiquen como algo que no es. Tener una discapacidad significa tener una forma diferente de ser y/o funcionar. No equivale a “estar enfermo”. Y Antón está harto de oír a los niños decir que “está enfermo” para explicar su forma de ser y funcionar. Seguramente, esta actitud se deba a la influencia de padres bienintencionados que no han encontrado otra forma mejor de dar respuesta a los interrogantes de sus hijos acerca de las circunstancias de Antón: ¿por qué habla así? ¿por qué anda así? ¿por qué no puede jugar al fútbol? ¿por qué no sabe escribir con el lápiz? ¿por qué se utiliza pañal?… y tantos y tantos porqués.

Y lo más probable es que, además, esos adultos sientan y entiendan realmente su discapacidad como una enfermedad. Porque la forma en que se ha abordado hasta ahora la discapacidad, basada en la exclusión, la marginación o la pena, les ha impedido convivir y conocer a personas de estas características. Y porque el modelo médico está tan generalizado, que ha impregnado toda la sociedad y ha impuesto la definición de las personas con discapacidad como enfermos. Antes de la Era Antón, yo también pensaba así.

Carmen Saavedra

SIGNIFICADO DE DISCAPACIDAD

Bibliografía

– Kathie Snow: Disability is Natural. BraveHeart Press, 2001

– Javier Romañach y Manuel Lobato: Diversidad funcional, nuevo término para la lucha por la dignidad en la diversidad del ser humano.

–  Agustina Palacios y Javier Romañach: El modelo de la diversidad . Diversitas ediciones, 2006